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A 20 años del debut del Kun Agüero en Primera: de las palabras que le dijo Ruggeri al récord que superó a Maradona

El Kun escucha las indicaciones de Ruggeri antes de pisar el campo
El Kun escucha las indicaciones de Ruggeri antes de pisar el campo

Sergio estuvo tranquilo en las horas previas. Pero a medida que se acercaba la hora del comienzo del partido, previsto para el sábado 5 de julio de 2003 a las 21.10 en la Doble Visera de Avellaneda, su ansiedad fue en aumento. Es que no era un día común. Tampoco para Adriana, que a la ansiedad le agregaba una gran emoción. Esa sería la primera vez que iría a ver a su hijo en un partido de fútbol. Nunca antes lo había hecho. Y no vivía eso como algo anormal. Ese rol le correspondía a Leo, mientras ella se quedaba al cuidado de todos sus otros hijos. Había pensado en mantener esa costumbre de no ir, pero finalmente la convencieron. Y allí fue. Junto a Leo y a sus amigos de Los Eucaliptus, Rubén Amarilla y su esposa. Se ubicaron en la platea baja, detrás del banco de suplentes de Independiente, para tener una mejor visión. Le llamó la atención la cantidad de mujeres que había y la forma en que gritaban. «Más que los hombres», pensó. Miró la cancha iluminada, el césped que parecía aún más verde y se acordó de Tucumán, de su adolescencia, del momento en que conoció a Leo y del deseo trunco de su marido de jugar en Primera División. Lo miró y comprendió que a él también se le estaba por cumplir un sueño. Estaba orgulloso. Y se le notaba.

Casi al mismo tiempo, en el vestuario local, el Kun recibía la camiseta que se le había asignado con el número 34 y su apellido Agüero en la espalda. Ya había decidido que, tras el partido, se la regalaría a sus padres. Comenzó a cumplir con el ritual de vendarse que Leo le había enseñado cuando era pequeño. El vendaje, le había dicho entonces, debía hacerse sin que quedara del todo ajustado para que no le dolieran después los pies y para ajustarla debía usar cinta adhesiva, sin engancharla, para que quedara firme. Cuando llegó el momento de colocarse la camiseta, Sergio se percató de que, paradójicamente, le tocaría debutar con su equipo del alma, los Rojos de Avellaneda, con una camiseta blanca. Es que ese día Independiente jugaría con una camiseta alternativa para que no se generaran confusiones con los colores del equipo visitante. Casualidad o no, la camiseta que usaría esa noche —toda blanca y con una banda azul en parte de la manga y sobre los costados— tenía los mismos colores que la que había utilizado en sus primeros pasos en el fútbol con Loma Alegre.

La salida por el túnel lo encontró buscando a su familia en la platea. La mirada que se cruzaron en el momento del encuentro, lo decía todo. Gonzalo Rebasa y Hernán Reguera, los agentes del Kun que también concurrieron a la Doble Visera, fueron testigos de la emoción de Adriana, que no pudo contener las lágrimas. Los corazones de todos ellos se aceleraron en el segundo tiempo cuando vieron al Kun comenzar el calentamiento precompetitivo junto al resto de sus compañeros a un costado de la línea de cal. Las pulsaciones fueron aún mayores en el propio Sergio, que de reojo miraba al técnico Ruggeri a la espera de una seña que le indicara que iba a ingresar. El puntano José Pepe Sosa, el amigo y compañero del Kun en la Octava y que en la Novena le dio el pase para el gol del campeonato en Rosario, estaba de alcanza pelotas esa noche. Se colocó como hacía siempre cerca del banco de suplentes. Si las cámaras de la tele enfocaban para ese lado, sus parientes de San Luis podrían verlo. Pero ese día, tuvo un beneficio extra: fue a él a quien Ruggeri le pidió que le avisara a Sergio que iba a entrar. “El Kun debutó gracias a mí”, recuerda y se ríe Pepe.

Sergio, que entre pique y pique estaba atento a todo, vio la seña que hizo Ruggeri con la mano: con la palma hacia abajo hizo el gesto de “el más chiquito”. Corrió hacia la mitad de la cancha y mientras intentaba sacarse la campera azul, el entrenador le pasó el brazo por sus hombros y comenzó a hablarle. Para la mayoría de los que presenciaban el partido, se trataba del debut de un pibe al que todos auguraban un gran futuro. Pero la preocupación de la hinchada era el presente del equipo que terminaba el torneo sin pena ni gloria y que además despedía a uno de sus últimos caudillos, Gabriel Milito, que iba a ser transferido al fútbol español. Sin embargo, para otros pocos, separados entre sí pero unidos por el hilo común de un chico que los conmovía, ese era un tiempo casi sagrado. El mecánico Mario Portinari, se sintió más orgulloso que nunca de ser del Rojo. Dos confesos fanáticos de Racing Club fueron en ese momento más hinchas de Independiente que ninguno: Luigi, el técnico de Sergio en 20 de Junio, esta vez sin el “estorbo” de la cámara de video, estaba junto a sus hijos en la popular del Rojo, y Jorge “el panadero”, el que había llevado al Kun a 1° de Mayo luego de ganarle la apuesta a Leo, frente a la TV en su casa de Bernal no podía contener las lágrimas.

El punta batalla pon el balón con Zabaleta: luego serían compañeros de Selecicón (Foto Baires)
El punta batalla pon el balón con Zabaleta: luego serían compañeros de Selecicón (Foto Baires)

Muy cerca de allí, en Los Eucaliptus, los televisores solo sintonizaban TyC Sports, canal que transmitía el partido en directo. En especial en la casa de Gustavo y Any, quienes habían sido vecinos de los Agüero-Del Castillo, que no podían ocultar el orgullo que sentían por sus amigos. Y más en el fondo de la villa, en la vivienda del lugarteniente del Kun en la infancia, Cristian Formiga tenía que hacer un especial esfuerzo para contener a sus padres que lloraban como si el que fuera a debutar fuera su propio hijo. Más al sur, en Berazategui, Cacho Barreiro, su entrenador en Los Primos, acompañado por sus hijos y sus nietos, se estremeció con la carita que le devolvía la TV de ese pibe al que había ayudado a crecer. A 300 kilómetros al norte de Avellaneda, un chico de 16 años en su casa de Rosario donde estaba de vacaciones con licencia del Barcelona, club donde jugaba en las divisiones menores, se sorprendió al ver por la tele que alguien un año menor que él estaba a punto de debutar en Primera. Lionel Messi, de él se trata, sin saber que sus destinos se cruzarían poco tiempo después, no olvidaría un hecho que le pareció por demás llamativo.

En la otra punta de Buenos Aires, en la zona norte, en Don Torcuato, Jorge Rodríguez, el director técnico en la Novena campeona siguió con atención cuando las cámaras enfocaron el rostro adolescente, agitado y emocionado de Sergio mientras Ruggeri le hablaba antes de ingresar. “Dejá de hablar y poneme que quiero entrar de una vez…”, adivinó Jorge que Sergio estaría pensando. Efectivamente, eso sentía el Kun que solo alcanzó a escuchar cuando el DT le dijo “jugá como en los entrenamientos, como vos sabés y divertite”. Al resto de las palabras ya no le pudo prestar atención. Con la mirada clavada en el partido, asentía con la cabeza pero su foco estaba en la cancha. Solo quería entrar. Pensó en Leo y Adriana y en todos los conocidos que los estaban mirando… Y tras la autorización del árbitro Rafael Furchi, a los 24 minutos y ocho segundos del complemento ingresó por Emanuel Rivas. “Se produce entonces un hecho histórico en el fútbol argentino. Un chico de 15 años recién cumplidos en Primera División”, remarcó el siempre preciso periodista Alejandro Fabbri en la transmisión televisiva. Efectivamente se trataba de un hecho histórico: los archivos del fútbol argentino no registraban a un jugador que con solo 15 años, un mes y tres días, haya debutado en Primera División. El Kun lo había logrado antes que Diego Armando Maradona, que lo había hecho con 15 años, once meses y veinte días. Y más joven que Javier Saviola, Carlos Tevez o Pablo Aimar en el fútbol local o que Pelé y Ronaldo a nivel internacional.

* Extracto de la autobriografía “Serio Kun Agüero, Mi historia”, escrita por Daniel Frescó.

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