Futuras victorias
Hace pocos días, en el espacio que Susana Curto le da a mis divagues, rondaba el tema del Éxodo Jujeño: era 23 de agosto y se cumplían 223 años de aquel episodio tan intenso del proceso de surgimiento de nuestra Nación.
El éxodo es la migración masiva de personas o de pueblos enteros, yéndose de un lugar, a menudo huyendo de una opresión, mientras que el exilio es un estado de permanencia forzada o voluntaria lejos de la patria. Claro, siempre un éxodo supone un exilio.
Aunque haya sido ya muy contado, siempre vale la pena repetirlo. El Éxodo Jujeño fue la retirada masiva y estratégica de la población de Jujuy en 1812, liderada por Manuel Belgrano, en la Guerra de la Independencia. Ante el avance de las tropas realistas, Belgrano ordenó a los habitantes abandonar la ciudad y llevarse o destruir todo lo que pudiera servir al enemigo, con el objetivo de dejar tierra arrasada y dificultar su avance.
El general invitó, en una proclama magnífica y muy humana que recomiendo leer, a que todos los y las patriotas de Jujuy perdieran todo lo que no pudiesen llevarse o trasladar, con el único propósito de tener chances de ganar más tarde.
Los éxodos como estrategia de guerra son una representación muy acabada de la naturaleza humana: estamos preparados para perder todo lo que tengamos y podamos perder, todo, para tener alguna chance de ganar después. Pero los jujeños no fueron los únicos ni los primeros.
Los seres humanos poblamos el planeta en una sucesión de éxodos, desde África, dando la vuelta al mundo hasta llegar al sur de América. Tribus caminantes que salían en busca de mejores condiciones, para no regresar.
Cada éxodo es el comienzo, necesariamente, de un exilio. Y puede terminar en victoria o no. Belgrano sabía que asumir las pérdidas no le garantizaba la victoria, solo la posibilitaba.
Un éxodo personal
Redactar noticias siempre es muy unidireccional; tiene un retorno muy pobre y distante. Por eso, desde 2016, yo extraño el micrófono, la posibilidad de preguntar y, sobre todo, de repreguntar, del ida y vuelta en el ejercicio periodístico e informativo. Me tomó un tiempo derivar al oficio de la redacción, pero le tomé cariño muy rápido.
Este 29 de agosto es mi último día de trabajo formal en los Servicios de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de Córdoba, lugar donde trabajo desde el 5 de julio de 2010, cuando vio la luz un extraño experimento periodístico llamado “Mirá quién Habla”.
Puede decirse que estoy en pleno éxodo hacia mi jubilación, valorando todo lo que he de perder tratando de enfocarme en que este exilio sirva para poder ganar.
Este es un exilio forzado: me voy porque me retiran. Si por mí fuese, seguiría en mi tarea actual, como redactor en la Cba24n.
Si la jubilación es también un exilio, hacia nuevas costas, hacia nuevos horizontes, este es un exilio sin perspectiva de regreso.
Y a fuer de ser sinceros, me hace bien estar consciente de las cosas que pierdo para poder enfocarme en lo que puedo llegar a ganar. La lista es larga, pero puedo enumerar, al voleo. Seguro que olvido muchas cosas.
Entre lo que pierdo, primero nombro un grupo de colegas y compinches a los que aprecio mucho, con los que he compartido con alegría la tarea que tocó hacer en tiempos muy tristes. Nombro a Guido, a Lautaro, a Sabrina y a Yanina, con quienes el último año nos reímos del mundo, de las noticias y, sobre todo, de nosotros.
Pierdo la interacción cotidiana con personas que desde el primer día que compartí estudio me enseñaron de periodismo y de persona. Nombro a dos porque su cariño siempre fue el soporte de su generosidad y su profesionalidad: Jorge Campos y Susana Curto. Perdón a los que no nombro: este artículo sería interminable.
Pierdo también una suerte de “cordón umbilical universitario”, algo que había recuperado cuando regresé a trabajar en una dependencia universitaria después de un exilio voluntario de más de 20 años.
Con las deficiencias que nuestros lectores y lectoras conocen, pierdo un techo, una casa segura, una cobija, una rutina. Feliz de mí, que pierdo todo esto, teniendo el privilegio de haber sido un empleado registrado o un orgulloso empresario registrado, los 46 años de vida laboral que llevo.
De lo que me queda, también al voleo, me queda el abrazo y el aliento, siempre dispuestos, de las audiencias, a donde quiera que vaya. Esa, sin duda, es una parte importante del jardín de mi orgullo.
Y el sentido de pertenencia periodística, la camiseta que siempre tuve puesta de los medios universitarios, pese al denodado esfuerzo que algunos administradores han hecho para avergonzarnos o para deslucir esa tarea, no se borra más.
Como canto en el tablón de la cancha, te quiero en las buenas y en las malas mucho más: soy fan de la universidad pública, soy fan de la UNC y soy fan de los SRT.
Tampoco se borra el deseo y el compromiso de que este exilio sirva para continuar tratando de ejercer un periodismo de ojos bien abiertos, honesto, curioso y reflexivo. Así que, queridas audiencias, desde el próximo lunes, el jubilado Sabattini comenzará a construir la victoria de su exilio jubilatorio.
¡Gracias por estar siempre ahí!