Córdoba

Escuchar a Cecil Taylor: entrar de costado en el enigma

Todas las cosas tienen un principio, aunque algunos principios con el paso de los años vayan perdiendo la materia inconmovible con la que está hecho el material absurdo de las certezas y empiecen a cubrirse con la lenta bruma del olvido. Nada mejor entonces que la construcción de una memoria ficcional y alternativa que se imponga a ese vacío como una verdad inapelable. Resuelto esto y para establecer un punto de partida, diré que Cecil Taylor era un nombre más entre tantos otros que poblaban las páginas de una gruesa guía de Jazz recibida como regalo de cumpleaños cuando ese género fue ocupando el sitio que por una razón cronológica y de respeto a las nobles tradiciones argentinas, se suponía, debería haber ocupado el tango.

Tiempo después, fue un cuento leído en una antología publicada en Barcelona bajo el título de Buenos Aires; ¿uno de los mejores cuentos argentinos de los últimos veinticinco o treinta años?, puede ser, qué más da. Y ese relato que es de suponer funcionó para su autor como una suerte de posicionamiento frente a las coordenadas que todavía establecía una literatura que bien entrado los años ochenta aún reconocía cierto aire vanguardista en los sedimentos de una novela como “Rayuela”, resultó una puerta de entrada lateral -como se entra en los entresijos de los secretos, en puntas de píe- al mundo de Cecil Taylor. Cambiar entonces el “César” por “Cecil” (al fin de cuentas son cinco letras)y poder aventurar que Cecil Aira anhelaba ser leído de la misma forma en que se escucha a Cecil Taylor, como un artista excéntrico y fuera de regla, raro e insólito y cuyos libros fueran abandonados en las primeras páginas, no ya como novelas aburridas y sin ningún interés aparente, sino como obras puestas en abismo e incomprensibles. Acaso resignadamente, con el correr de los años su prosa y sus libros resultaron más fáciles y transparentes que los acordes que Cecil Taylor atacara en las páginas de su cuento Cecil Taylor.

El pedido de estas líneas, debo confesar, me tomaron por sorpresa y un poco en falta: caí en la cuenta que hacía largo tiempo que no escuchaba a Cecil Taylor y lo que me resultó aún más revelador, que puesto a pensar y a escribir sobre su figura, su trabajo no me remite a otras músicas o a otros músicos que comparten cierta idea radical de la libertad en el arte, como pueden ser Ornette Coleman, Scott Walker o el último Coltrane; lo que me despierta es un alto grado de curiosidad frente a la perplejidad que me provocan algunas obras, no importa a que disciplina pertenezcan y a las cuales personalmente creo, no se pueden enfrentar y descifrar sin un férreo compromiso con la búsqueda de caminos que una vez emprendidos solo nos ofrecen el pobre consuelo de transitar apenas por sus bordes sombríos y a las que, sospecho, poco honor les hacen el facilismo del “me gusta/no me gusta”. Cómo me ocurre con la música de Cecil Taylor, siento cierta fascinación por esas obras que no puedo entender del todo o nada lisa y llanamente, tal como le ocurre al narrador de ese excelente ensayo de Enrique Vila-Matas llamado “Aunque no entendamos nada” donde, entre otras cosas, también confiesa su amor por las obras que no logra entender, hecho que le resulta “extraordinariamente creativo” y cuyo ejemplo más claro es su total incomprensión de “El año pasado en Marienbad”, película de Alain Resnais, que a la edad de quince años vio siete veces en el transcurso de una única semana y a la que todavía hoy, tal como le confesara oportunamente a un satisfecho Alain Robbe-Grillet, guionista del film, sigue sin entender.

Cómo si hiciera falta o fuera necesario, para confirmar la importancia de Cecil Taylor dentro del universo de la música contemporánea (para amedrentarme, en esa categoría imprecisa lo incluyó el dueño de una disquería especializada de cuyo nombre no quiero acordarme) apelé a esa guía imprescindible que es la “Discografía personal del Jazz (1920-2011)” de Carlos Sampayo, ahí se comentan dos de sus discos, “Love For Sale” y “Conquistador!” (que dicho sea de paso junto a “Looking Ahead” y “The World Of Cecil Taylor” fueron la banda de sonido que acompaño la escritura de este laborioso desvarío) y su nombre se menciona unas veintitrés veces en el índice onomástico. Ese número referencial solo es superado por Freddie Hubbard y por los grandes nombres clásicos del Jazz: Louis Armstrong, Count Basie, Clifford Brown, Ornette Coleman, Sonny Rollins, John Coltrane, Miles Davis, Duke Ellington, Bill Evans, Dizzy Gillespie, Charles Mingus, Thelonious Monk y Charlie Parker.

La obra de Cecil Taylor nos recuerda que buena parte de la belleza del mundo se esconde en formas que se nos presentan extrañas, cuando no directamente incomprensibles y que hallarla en este laberinto al que Enrique Vila-Matas en su ensayo definió como un “absurdo cargado de sentido” requiere de la domesticación de esa pareja siempre desganada y algo apresurada que forman la pereza y la impaciencia. Y habiendo batallado contra la tentación de sus encantos, que no son otra cosa más que la confirmación de nuestros prejuicios y denuestos, cuando menos lo esperamos, el milagro de la belleza, de golpe e inesperadamente, ocurre.

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