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Recuerdos fuera de compás

El escritor obedece, siente que haciendo lo que hace puede entender mejor la ciudad donde vive hace casi treinta años como un extranjero, pegando palabras descubre que su pasado más lejano yace pulverizado en una tierra cada vez más “incógnita”, su mapa de la existencia se achica, en todo caso decide.

En esta experiencia de la desintegración, perturbadora y extasiante a un tiempo, se sirve del cine para tratar de recuperar algo de lo que fue, algo que le permita mantenerse cuerdo y echando acontecimientos en esta bolsa de trapo con el fondo descocido, antes de detenerse otra vez a lamentarse por lo poco que aprende, lo poco que sabe, lo poco que entiende, lo poco que pudo compartir.

David Hume funda el empirismo apostando decisivamente por destruir las ideas basales de identidad personal y el razonamiento por causas, cuestionando la solidez de las “impresiones” que la memoria guarda, llama la atención sobre los múltiples aspectos que puede adoptar este proceso plagado de vicios, superposiciones, deformaciones e imaginaciones. Finalmente propone ordenarlo, sin muchas convicciones ni renegando de su carácter escéptico, a través de su “ley de copia”.

A largo plazo jerarquizar algunas ideas por su cercanía con lo que entiende como “impresiones originales”, experiencias de primera mano, puede apuntalar un proyecto de establecimiento de la ciencia, pero al costo altísimo de demostrar la fragilidad de nuestras nociones de “realidad”; Frente a esta eventualidad su pensamiento preciso, s prosa cuidada, convencimiento razonado, excelencia como pensador, no hace más que arrojarnos a la desesperación de tener que recurrir más que nunca a nuestra entredicha y antediluviana imaginería, para organizar, más apuradamente que nunca cuanto más al “tanto” estamos acerca de las restricciones que la ciencia nos hace caer como un rayo, los acontecimientos que estructuran la actualidad en que vivimos.

En el territorio en que nos arroja otra de las promesas incumplidas de la modernidad triunfante (ciencia-progreso-libertad), encontramos las mofas del pueblo a las pretensiones etnográficas de un intelectual en bicicleta, que no puede evitar emitir juicios de valor mientras el tío pasa con una inmensa moto que arrastra un ruido estruendoso sobre las cenizas de otro fin del invierno que se festeja como el último que veremos. Los senos de una cigarrera que finalmente se decide a realizar las fantasías eróticas de chicos embelesados que no puede alejar de la ventana de su negocio, y la desposesión inabordable que sobreviene cuando la familia tiene que explicarnos que la madre ha muerto.

Estos acontecimientos, juntos con otros, se mezclan como la comida en el vómito y remiten a lo poco que sabemos de nosotros mismos en el momento en el que decidimos olvidarlos, aquel en el que partimos para “vivir de otra manera” y alejarnos del pueblo, para tratar de encontrar “el fin que nos espera”. La revancha de la imaginación se hace más intensa con el paso del tiempo, nunca, como en el final, el vago del tío y sus amigos inútiles bailaron con más gracia una noche de año nuevo, o la chica más linda fue más linda (el puro deseo de algo que no se puede conseguir), nunca nos divertimos tanto tratando de descubrir aquello que por la sustancia con la que se presenta no se puede conocer.

Los misterios de la niebla de las mañanas frías, atravesar un arroyo miserable con toda la clase para tratar de entender una lección de historia sobre claves interpretativas de la construcción del epitome de los imperios, aprender de los escenarios, las representaciones y la hipocresía de los juegos del poder mirando desfilar la cabeza gigante del “ducce”, experimentar el trabajo por primera vez viendo al padre dando órdenes a los empleados, o de la brutalidad, escuchándolo llegar a la casa cagado desde la comisaria.

El escritor decide… hasta que deja de decidir, en ese momento lo que hace ya no le pertenece y si tiene suerte se transforma en el problema de otro, esta puede ser una buena manera de entender por qué nos encanta el cine. Mientras los horizontes de expectativas se achican, necesariamente limados por el implacable paso del tiempo, y las experiencias que esperamos compartir se reducen despiadadamente, el impulso de volver -ahora correctamente- y con la “cola entre la piernas” se hace irresistible, es precisamente en ese lugar que encontramos las impresiones que esperan todavía para abandonarnos, la evidencia que la vida, después de todo, es un transcurrir solo alterado por la definición de algunos acontecimientos que obligan a buscarles una trama.

El cine nos ayuda en esta tarea reconstructiva interminable, más allá de sus veleidades, sus modelos espurios, su pulsión por manipularnos quién sabe en función de qué intereses -probablemente ya extintos-, ¡más allá de ser un negocio decadente?, nos informa permanentemente de algo que solo podemos decodificar partiendo de nosotros mismos y con este imperativo problematiza algo que solo intuimos, tal vez porque no podemos afrontar el trabajo de resolverlo consecuentemente y de una vez como nos gustaría.

Es verdad que hay mucho de monstruoso en habilitar que una empresa comercial intente darle forma a nuestra experiencia del mundo, pero también lo es morir sin saber, y si decidir es un requisito existencial, siempre podremos buscar en los destellos con el que una forma de arte nos comunica lo que nadie puede entender, un sosiego para la frustración de mantener firme una apuesta que nunca ganaremos.

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