Córdoba

Crónica de un pianista solo: The Köln Concert

1.

La anécdota es conocida: en 1975, en Colonia, Alemania, Keith Jarrett se presenta en el Kölner Opernhaus para tocar improvisaciones de piano solo. El concierto es una proeza de producción y gestión cultural, a la vez que una demostración empírica de las leyes de Murphy: todo lo que podía salir mal —menos la grabación— ocurrió. El concierto fue organizado por la mítica, y en ese momento jovencísima, Vera Brandes, que para alquilar la ópera de Colonia tuvo que endeudarse, jugándose un pleno a la recaudación posterior. Jarrett llegó tarde a Colonia: sucio, hambriento, cansado, dolorido y agotado. Mientras tanto, el piano que le habían reservado para el concierto chillaba como descolado mueble viejo, para lo cual se intentaron todas las operaciones de afinación y reconstrucción. El frío del enero alemán azotaba a Jarrett y a todo el personal involucrado en el deseo de hacer un disco, el cual, inevitablemente, termina por ser una obra maestra y un éxito de ventas. Es el relato épico típico donde conocemos al héroe en un estado de carencia y con el socorro de diversos ayudantes y, después de fatigosas pruebas en las que adquiere los dones para transformar el cuadro inicial, finalmente es reconocido. Hay que tener cuidado con estos relatos porque se imprimen en nuestras formas de comprender la producción artística (y en este caso en particular, comprender, algo tan importante para el jazz, como son la improvisación y la interpretación en vivo), y por más verdaderos o bellos que puedan ser estos cuentos —y generalmente no lo son—, porque la narración a la vez que entretiene traiciona, lo cual no puede importarnos menos mientras mantenga el verosímil y las leyes de la buena literatura; pero para extraer algún pensamiento o reflexión quizás deberíamos evitar la tentación de la moraleja.

La historia de la humanidad se suele narrar en acontecimientos. Esas cicatrices del tiempo en las que se cifran nuevas fronteras para la vida humana y su voluntad de dominio sobre la materia, sea esta política, económica o sonora. Así, entre el espacio de la experiencia y el horizonte de la expectativa, recordamos lugares y años ("Caseros 1852"), fechas que por sí mismas indican unas coordenadas indudables ("17 de octubre"), algunas despedidas (la muerte de Bach en 1750 como cierre del barroco musical europeo) y bautismos (la composición de La Balsa como big bang del rock nacional argentino). Los relojes, los calendarios y las efemérides son algunas de las estrategias humanas para dominar el tiempo, luchar contra el inevitable olvido y la insoportable eternidad, sostener la fuerza más allá de la muerte, heredar a las nuevas generaciones una saga de héroes y traidores con sus respectivas pasiones para que puedan entender cómo ubicar los sentimientos y arrojos que el porvenir les suscitará. En la historia del jazz, y quizás deberíamos decir en la historia de la música para piano, The Köln Concert ocupa un lugar sacro.

A medio siglo de ese concierto para piano en Colonia, las improvisaciones en piano de Keith Jarrett siguen hablándonos, nuestra cultura sabe que ese año y lugar marcados tienen para el presente un sentido. The Köln Concert mezcla memoria y deseo, conversa con las pasiones inmortales de la música, pervive como síntoma en el cuerpo del piano, como la fiebre, el dolor o el rubor de un rostro enamorado. Casi toda la prensa gráfica aprovechó este año la oportunidad de referirse al aniversario. También el cine, con Köln 75 (Fluk, 2025), película alemana que reconstruye los avatares y contratiempos de la organización del concierto de Jarrett en Colonia.

Cabe decir también que la cultura recuerda siempre a quien sigue el coraje y la pasión, le da poca importancia a los cobardes o cínicos. No son pocas las películas sobre el detrás de escena (gran mito y obsesión, enigma que visitamos cada vez más: el del proceso de producción, diría Marx; escena primaria, diría Freud, de los grandes textos culturales que se establecen como puntos de quiebre para la historia social).

2.

Una pregunta, quizás aburrida, que puede hacerse ante esto es: ¿por qué el concierto de Jarrett ocupa este lugar? ¿Qué significa, cuál es la moraleja, en qué radica el valor de este disco?

Lo peor que podríamos hacer es pensar en el concierto de Colonia de Jarrett como una muestra de resiliencia o un relato inspiracional de emprendedores, como si fuera una publicidad de Chevrolet sobre la meritocracia. Tampoco creo que haya un valor en el éxito comercial del disco que se grabó en ese concierto. Ni creo que haya algo interesante en volver sobre el tema de las virtudes de la creatividad bajo presión o mala suerte. Los acontecimientos heroicos no son meras figuras modélicas que la cultura ofrece para su imitación. Más allá de predicar con el ejemplo, los héroes viven en nuestros relatos cotidianos por más motivos que sus hagiografías, por más interesantes, admirables o conmovedoras que estas puedan ser. Tiendo a pensar que las biopics, los informes televisivos o por streaming que desmenuzan la trama vital, el espacio biográfico de los héroes como si esta crónica de intimidades ofreciera una garantía de autenticidad y verdad de los acontecimientos y resolviera la pregunta implícita detrás de nuestra fascinación —¿qué hace héroe a los héroes?—, son mitologías entretenidas (y superficiales) pero que nos distraen de acercarnos a algo más vibrante de estas escenas de lucha por la producción artística. Algo que no comulga del todo con las ideas de talento, suerte o fuerza, aunque implique trabajo, contingencias y poder.

Eso que llamamos héroes no es más que una figura estereotípica que la cultura domestica sin tregua y sin pausa a través de efemérides, películas, notas de color. Acontecimientos como el concierto de Jarrett movilizaron fuerzas salvajes que no se pueden explicar más que con estos lugares comunes y estereotípicos del héroe artístico. No quiero decir que Jarrett, o toda la gente que dejó sus nervios en la producción de este concierto -Brandes, Eicher, Manfred y todo el personal del teatro de la ópera de Colonia-, no hayan sido agentes culturales provistos de una cantidad excepcional de competencias artísticas que les hayan otorgado las prerrogativas de considerarse responsables de uno de los discos de jazz más excelsos de la historia. Pero aquí quisiera defender una tesis: además de la consciencia, está la estructura. Además del genio está la trama de relaciones sociales productivas que permiten la existencia de la obra de arte.

3.

The Köln Concert ocupa un lugar al lado de Kind of Blue de Miles Davis y A Love Supreme de John Coltrane, entre los discos fundamentales del jazz de mediados del siglo XX. Al lado de otros discos del mismo o casi el mismo género y período, al lado de estos discos que también pueden considerarse éxitos comerciales y de aprecio tanto popular como crítico, son evidentes las particularidades de la grabación de Jarrett. Quien escucha Kind of Blue se encuentra ante la plenitud de Miles, su manejo sobre la banda y los arreglos, el dominio del lenguaje y la tradición son evidentes. Por el contrario, el disco de Jarrett es magia, no es la música que hace un artista maduro, tampoco tiene las trazas de los trabajos de formación imprudentes y silvestres; el concierto de Colonia se parece mucho más al mundo de las ideas que a la vida terrenal. Jarrett, en soledad, ante un piano que apenas pudo afinarse y mantenerse en pie, maldormido y peor alimentado, grabó en vivo una serie de piezas jazzísticas guiado por la pura improvisación y la invención, desprovisto del ensayo y la calma. Pienso entonces: ¿por qué escuchar a Jarrett? Sus piezas no son temas clásicos del jazz —como fue el caso de Blue in Green que apareció en Kind of Blue—, no están ahí Coltrane, Evans y Chambers, espíritus de conductores a los que Davis logró organizar a su forma en uno de los ensambles más interesantes y potentes de la historia del jazz.

Quiero decir, Kind of Blue fue y es un disco relativamente fácil de escuchar, todo en él nos habla directamente, todo en él nos seduce. Pero el concierto de Colonia es desconcertante. Es espiritual. Quizás mucho más cercano al disco de Coltrane A Love Supreme. Pero a la vez infinitamente otro. Coltrane y su cuarteto grabaron 4 temas que, si bien suenan —o por lo menos eso argumentamos aquí— espirituales, improvisados, directos, hay algo tan serio, tan codificado, tan narrado. En A Love Supreme se siente una dirección narrativa, una teleología implícita que guía el discurso musical. Algo que en el concierto de Colonia no sucede del todo. Los dedos de Jarrett podrían caer al vacío en cualquier momento, hay una sensación de peligro, de fuego no controlado.

(Habría que hacer un largo paréntesis sobre una nota ausente: las vidas paralelas de Chick Corea y Keith Jarrett o, mejor, la historia del jazz en torno al sistema de relaciones entre músicos que tienen en su centro a Miles Davis. Tanto Corea como Jarrett pasaron por la escuela de Miles Davis, pero cada uno expresa un polo, un modelo, un trayecto opuesto al otro. Lo que ambos dejaron en la obra de Davis, y lo que se llevaron de ese maestro es invaluable. Pero pienso que la madurez de Jarrett, su etapa tardía, posterior al concierto de Colonia y todavía más lejos de su colaboración en la banda de Davis, fue posible por el entrenamiento que tuvo de tocar sonidos más eléctricos al lado de Corea, que los que serán centrales para lo que será una gema absoluta como Bridge of Light de 1993).

Vale la pena animarse a pensar que el valor del disco de Jarrett no viene ni de su condición de grabación en vivo, ni de la improvisación de las piezas, mucho menos del color de las anécdotas de la producción. Aunque esos tres elementos sean relativamente interesantes para empezar tres investigaciones distintas sobre la estética del jazz. Este es en algún sentido un disco y concierto icónico, y los iconos, como bien lo sabía Charles Sanders Peirce, son la forma más directa de comunicar una idea, ya que los iconos son aquello que elige como modo de representación la semejanza. Nuestra cultura busca iconos y semejanzas, como un paranoico que lee mensajes secretos en la danza flotante de las nubes y amenazas letales en el canto de los pájaros de la plaza. Ante el icono debe elegir: creer o huir como herejes escépticos. El cine, la prensa, los documentales de la BBC, la crítica de especialistas quieren que creamos que el concierto de Colonia se puede representar en sus textos, le quitan todo el aura a algo que ya se aleja.

Contra lo icónico, The Köln Concert es un compendio de huellas e indicios de trabajadores del arte que dejaron todo para que ese disco fuera posible. Quizás uno de los malestares, o mecanismos para soportar el malestar en nuestra cultura, provenga de la obsesión con lo icónico, con la semejanza, con la representación, con lo auténtico. Recomiendo, si me permiten el atrevimiento, escuchar a Jarrett sin buscar ninguna autenticidad, ninguna identificación. Probemos con ir a la cacería de los indicios, lejos del fetichismo del icono, busquemos los hechos que nos indican ciertas marcas en la superficie del disco, hay más música en la experiencia sensible del sonido que en las mitologías, simbolismo o iconomanía de lo canónico. Siempre es difícil escuchar algo consagrado o que supuestamente es perfecto, son obras que llevan la connotación del buen gusto, son un imperativo moral; no habría que caer en esta extorsión de la cultura. Lo importante es el placer y eso viene de la conexión fáctica y directa que tiene ese fenómeno físico que llamamos sonidos con la materia oscura que vive en nuestro interior; ese camino solo se traza en mapas de índices. The Köln Concert es un disco que antes que icónico, es indicial, queremos decir: indica el lugar en el que se encuentran los puntos de frontera y la voluntad de hacer música que puede detener el invierno, la erosión de los pianos y la fatiga del cuerpo.

La improvisación es el arte de la sensualidad. Dejar que las manos se desplacen sin rumbo, sin temor o ansiedad por el final, sin la burocracia de las partituras. Solo entregándose al rapto de la música y a lo milagroso que hay en ella puede alguien improvisar. El jazz es una ley que cae, como el amor que sucede a primera escucha y madura en el tiempo esperando el momento justo para realizarse. El concierto de Colonia es música para acontecimientos, para encuentros contingentes y necesarios, para radares sensibles a las vibraciones singulares de un tiempo y un lugar. Como un trébol de cuatro hojas, es decir como una mutación estadísticamente rara y alegre, uno en un millón de conciertos tiene la gracia del que protagonizó Jarrett. Volvamos también a la fantasía y al calor de los mitos, porque en ellos vive algo más importante que la verdad, la razón, o la claridad; en estos relatos se sostiene al menos por un segundo la belleza del mundo y el alma humana. Solo debemos permanecer a salvo de la tristeza y la ideología torpe de los mitos, útiles y peligrosos, como navajas de doble filo, con ellos tenemos que improvisar una vida y darle sentido a lo cotidiano.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba