Córdoba

Dios se cree Keith Jarrett

La última imagen que tenemos de Keith Jarrett es agridulce. Su cuerpo ostenta las consecuencias de un par de accidentes cerebro-vasculares que lo dejaron prácticamente impedido de tocar el piano. Sin embargo, un resto de maestría y elegancia nos regala una conmovedora versión a una mano de Desafinado, la obra de Tom Jobim que se coló entre los standards más famosos del jazz.

Mucho antes padeció fatiga crónica y pasó una buena temporada postrado. Pero es un hombre de espíritu decidido. Una hermosa muestra de eso podemos escuchar en The Melody at Night, with You, originalmente concebido como grabación casera para regalar a su esposa en Navidad, al cabo una joya intimista, lo más diáfano del corazón de un hombre enamorado.

A lo largo de sus casi cinco décadas como músico activo ha desarrollado una obra extensa y fascinante, a la que puede accederse por tres vertientes principales: la académica, en la que descolla ejecutando piezas de Mozart o Bach; el jazz de trío, primero con Charlie Haden y Paul Motian y luego el longevo trío de los standards, junto a Gary Peacock y al baterista Jack DeJohnette, con alguna escala escandinava y álbumes entrañables como My Song y a la tercera vertiente podríamos designarla como el género Jarrettiano por excelencia: el concierto improvisado de sólo piano.

Concertistas de piano hay muchos e incluso muy buenos, pero no es temerario afirmar que no hay nadie como Keith Jarrett. Los concertistas convencionales ejecutan programas; con Jarrett uno nunca sabe qué va a escuchar. Para entender el fenómeno hay que pensar en los locos años 60, que dieron lugar a la psicodelia. Jarrett fue psicodélico, colaboró con la formación electrónica de Miles Davis y pudo reunir esas escuelas junto a su condición de pianista clásico para abrir paso a un nuevo mundo.

El jazz encontró su yeite en la improvisación. Los músicos, obligados a tocar todo lo posible por las necesidades económicas, no pocas derivadas de una vida de excesos, y entrenados en una promiscuidad que no es frecuente en otros géneros, crearon su propia demanda: el auditor de jazz necesita escuchar todas las grabaciones de todos los conciertos como quien persigue el Santo Grial del standard perfecto.

Jarrett tomó de Miles Davis eso de "tocar nada", que a la vez es enfrentarse de tú a tú al vacío del infinito. Con el trío de los standards tenían por costumbre abrir cada concierto con una canción que nunca hubieran tocado en público. Por supuesto que en privado la habrían ensayado decenas de veces. Pero en el vivo es otra cosa. Así como en el fútbol pueden planificarse muchas situaciones es el instante el que decide una situación. Cuando tres almas están ecualizadas en la misma frecuencia el resultado espontáneo parece un milagro. Pero hasta Dios sabe que detrás de cada milagro hay mucho trabajo.

En 2011 lo tuvimos a Jarrett en nuestro coliseo mayor, el Teatro Colón y fue fiel a todo lo que sabíamos de él. Se enojó por el flash de una cámara, por las toses, se quejó del piano. Incluso a mitad del show tomó una pastilla, nunca supimos si por necesidad o por acting. Un testigo me contó que era lo más parecido a un diablo furioso tocando el piano. Algunos se sintieron estafados; otros descubrieron brillos dentro de una perfomance caótica.

Hay un documental muy valioso llamado The Art of Improvisation. En algún tramo de la entrevista le preguntan a Keith sobre la improvisación y cuenta que está sujeta a una multitud de variables: lo que comiste y cómo te cayó, el cansancio, el clima, el feedback con el público. Por eso The Köln Concert hay uno solo: no hay manera de replicar las condiciones que lo llevaron a ejecutar la mayor de sus hazañas.

Para variar, estaba enojado con el piano, que en verdad suena muy metálico. Otra vez está al borde de dejarlo todo pero una chica le ruega y él tiene una respuesta piadosa. De nuevo, la página en blanco y tirarse al vacío. No sabe cómo empezar y lo hace con una broma: remeda la música del anuncio con el que lo publicitaron en la radio. El escucha atento puede notar que después de esos primeros compases hay risotadas entre el público. Se dio lo que en retórica se conoce como captatio benevolentiae, un gol desde el vestuario.

Y después ocurre lo extraordinario. La musa lo posee y él se despacha con una parafilia inconcebible: el coito entre un hombre y un piano delante de gente. Jarrett nunca volvió a tocar así, pero la tecnología nos permite reproducir ese momento a placer y la magia del goce jamás de los jamases nos va a abandonar.

Si él abrió The Köln Concert con una broma yo puedo cerrar este artículo con un chiste. Dicen que en el manicomio un tipo le preguntó a otro: ¿Y ese loco quién es?

—Ese es el peor de todos, es Dios, que se cree Keith Jarrett.

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