De veranos y finales…
“No tengo nada que decir y lo estoy diciendo —
y eso es la poesía que necesito”
(John Cage)
El pago de los alquileres, la proximidad de la lluvia y el Indio Solari declarando lo que siempre quisimos escuchar no basta, Cba24n trata de dar cuenta del mundo, pero no le alcanza el domingo que publica al Stalker esperando esa redención imposible en una isla verde entre los detritos de un desagüe que Tarkovski visitó dos veces, obligado por la repugnante censura soviética que nunca alcanzará para alcanzarnos.
Al calor del mediodía del fin de año, el lúgubre asfalto de Córdoba se derrite –literalmente-, los automovilistas eternamente desaprensivos aplastan estas coberturas ominosas que ahora encharcan la ciudad, generando, probablemente por vez primera, una huella de algo que valga la pena referir.
La ansiedad comprime las experiencias de la multitud que se agitará en el centro hasta otro final de la jornada comercial, que verá caer a plomo el sol sobre las cabezas de los que esperan “su” colectivo para volver al barrio, la casa, al baño con agua fría, las incertidumbres y la cama que los abrigará -junto con el ventilador- hasta otra mañana sometida violentamente por el disco emperador. Desde la ciclovía que conecta la república de San Vicente con el centro del poder gubernamental, un grupo de caminantes cansados y refugiados bajo los árboles observa, en la otra banda del Suquía, a dos pequeñuelos descalzos arrastrando horripilantes coberturas de telgopoor (en este caso no vale la pena respetar el término revisando cualquier eventual error ortográfico en el nombre propio) resabio de otro infame y gigantesco artefacto electrónico.
En una especie de escena muda sublime, mientras el chico suelta el tramo de cable con el que arrastra su objeto, probablemente embelesado por el paso del agua que lo tiene cautivado, su compañera, viendo el nacimiento de una amenaza para la diversión infinita que condiciona a la complicidad de su acompañante desaprensivo, retoma presta el control ahora total del emprendimiento, y los futuros artefactos fluviales que seguramente más pronto que tarde botarán ambos al curso encañonado por más cemento. Pura diversión para ellos en la atmósfera que asfixia de a poco al resto de la ciudad pavimentada, una necesaria epifanía de la libertad para todos los demás.
Que por su parte también exhiben una notable habilidad para tratar de conseguir, en lo que comprenden progresivamente como otro final del ciclo, un poco más de aquello que con el infinito cada vez más lejos, no paran de perder desde sus cuatro costados, en beneficio de una totalidad que –otra vez- parece empeñada en no improvisar tregua alguna. La práctica y su táctica inspiradora se transforman inquietantemente en este contexto de ardores crecientes, el fin inminente de algo que casi nadie puede concebir, ordena en el peor de los sentidos las expectativas de todo el mundo, reducidas a mostrarse aquí más que nunca: felices, rozagantes y sobre todo prósperos y deportivamente preparados para otro partido a punto de empezar.
Otro ejemplo de que “los finales” nos pierden, no fue acaso éste quien le impidió ver al Doctor Fausto de Aleksandr Sokúrov, en el paroxismo conclusivo de sus aparentemente interminables padecimientos, el futuro infinito de pavura esperándole a la vuelta de la noche que pudo conseguir reposar en el sexo de su amada Margarita. No está acaso abrumadoramente presente en el espíritu y bruscos modos, con los que el maligno insiste en educarlo en sus malas artes antes de perderlo.
De cualquier manera, no todos los finales aparecen como igualmente de deletéreos, insistir en hacer navegar con el mejor de los cómplices, un poco de la interminable pila de basura que nos rodea por el río Suquía en el mediodía más tórrido que uno pueda imaginarse, tiene algo de la gloria, que ver al modelo de los primeros científicos del mundo perdido para siempre por no resistir la agonía de vivir sin un fin inmediato, nunca tendrá. Probablemente Sokúrov lo intuya, en el momento que expone la frustración de su demonio en las vestiduras del usurero del pueblo, al plantear reparos a propósito de la lujuria disfrazada de devoción, que sospecha en su aprendiz de inmoral, quejándose de regalos que con dinero ajeno tributa a la que ansía ver como suegra desesperadamente (una lección que un soberbio se verá relevado de enseñar constituye siempre la piedra más punzante dentro de su zapato).
En todo caso la diferencia radica en que algunos finales aparecen como irrefrenablemente propios, nacidos de una pulsión por encarar con una actitud desbordante de diversión lo más complejo y desafiante que la actualidad nos escupe a la cara todos los días, otros en cambio, de la cobardía de tener que aceptarlos de instancias ajenas y como consecuencia de nuestra imposibilidad de imaginárnoslos, a costa de una deuda que solo podremos afrontar perdiendo el resto de nosotros mismos.
“Me dan miedo esas grandes palabras que nos hacen tan infelices”, invocaba James Joyce en la sabiduría infinita de su estudiante universitario Dédalus, yo por lo pronto reclamo por esos “grandes finales” que nos “regalan” lo mismo: un olvido de los experimentos cotidianos que nos alegran, la nefasta ignorancia respecto de lo responsables que seguimos siendo de la ciudad que recorremos –y leemos- y el desencanto creciente que advertimos al sentirnos genuinamente desposeídos del imperativo vital de interpretar la realidad que reproducimos en la acción, de otro final de año candente.