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Tres intentos de escribir sobre Godard: una enciclopedia, una carta, una reseña de próximos estrenos

1.

Godardiano, na. adj.

Relativo o perteneciente a Jean-Luc Godard (París, 1930 – Rolle, 2022) o a su estética cinematográfica. Se aplica a obras, procedimientos formales, actitudes críticas o posiciones éticas que manifiestan la influencia o los rasgos característicos del cineasta franco-suizo.

a). adj. Perteneciente o relativo a Jean-Luc Godard, cineasta franco-suizo (París, 1930 – Rolle, 2022), o a su obra.

Ej: "Las películas godardianas de los años sesenta transformaron el lenguaje cinematográfico", "La filmografía godardiana abarca más de cincuenta años".

b). adj. Que tiene rasgos característicos de la obra de Godard.

Ej: "La última película de Martel tiene momentos godardianos", "Los jump cuts son una técnica de montaje godardiana", "El uso de la multipantalla es un estilo de organización del discurso visual en el cine ensayo de inspiración godardiana".

c). adj. Dicho de una situación, una imagen, un gesto o un pensamiento: que manifiesta las características, tensiones o contradicciones propias del universo estético y político de Godard.

Pero aquí la definición se complica. ¿Qué es en sí lo godardiano? ¿Es el carácter autorreflexivo de un cine que pone en cuestión el funcionamiento y la naturaleza de las imágenes? ¿Es la orientación experimental, rupturista, de vanguardia que termina por barrer las supersticiones de la tradición? ¿O por el contrario es el estudio, el archivo y la hospitalidad con la historia del cine? ¿Es la fragmentación, la no linealidad, los temas políticos? ¿Es todo eso simultáneamente? ¿Es algo más esquivo que escapa a la taxonomía?

Godardiano puede definir una estética o poética audiovisual si estamos ante una materia cinematográfica. Puede señalar un procedimiento formal: el montaje a los saltos, la interrupción narrativa, la inserción de textos, filmar sin guión. Puede indicar una posición ética: el compromiso político explícito en el presente, la crítica a la industria cultural y la sociedad del espectáculo, el rechazo a la transparencia como ideología. Puede nombrar una actitud o forma de vida: la cinefilia como búsqueda de orientación como crítica a las relaciones sociales de producción, el cine o la imagen como problema o reflexión antes que como pura mercancía, relato o solución.

Si tuviera que definir o proponer un acercamiento a lo que es lo godardiano, diría que se trata de una promesa, de una imagen por venir. Cuando digo que algo es godardiano estoy marcando un anacronismo, un cierto enrarecimiento del tiempo, como si la primavera llegará anticipadamente en abril. Esto es así porque lo godardiano designa un estado de emancipación del yugo que somete a la imagen en el presente. Hoy la imagen es el guardián que nos mantiene soñando o dispersos, es el señuelo que entorpece la experiencia, es el frívolo truco de magia en engañan nuestros ojos y los llevan a un mundo gris, sub o sobre expuestos, donde nada tiene definición o nitidez. Lo godardiano, si me pongo mesianico, será un reencuentro entre la humanidad y las imágenes. Liberar a la imagen de sus obligaciones de hacer más creíble y soportable la realidad, liberar a la imagen de todas nuestras demandas de obsesivo fetichismo mercantil, liberar a la imagen de la necesidad de que se comporte de manera útil y que trabaje para un régimen de acumulación capitalista.

Retomando la pregunta de Fujita Hirose, cuando llegue el día en que el mundo sea godardiano, la política y la fantasía se llevaran bien, los ojos y el tiempo descansaran juntos, la humanidad y la imagen crecerán una junto a la otra y se dejaran guiar por un cine pequeño. En el cine de aquel día no habrá nadie que esté alienado, porque todos conocerán las condiciones de producción de la imagen, y ese conocimiento llenará todo el país, así como la ficción llena nuestras almas.

2.

Amigo, te escribo desde el futuro. Han pasado 15 años desde que tenés 15. Si mis recuerdos no me fallan, ya sos amigo del cine. Todo descubrimiento es arbitrario y circunstancial; sin visos de enciclopedismo o vocación histórica te llegan tus primeros clásicos, que son decididamente americanos: Tarantino, Allen, Von Trier, Van Sant, Anderson (Wes y Paul Thomas). Tu educación sentimental sigue el curso de la programación de I-sat. Conoces el amor a primera vista con Pedro Almodóvar en un programa de Canal Encuentro. Y ahí recordas que ya habías visto una película de él, porque alguien te alquiló La piel que habito como una de terror. Estos son los años en los que tu gusto se empieza a modelar con imaginarios extradomésticos, siguiendo el curso de la exploración y la errancia; tus amistades y dos o tres blogs serán el mapa de tus ojos. Quizás en algún momento, de crueldad juvenil desagradecida, reniegues de tu fascinación infantil por Star Wars, Harry Potter, Indiana Jones y Volver al futuro. Con los años no querrás nada más que volver a esa sensación de aventura y sentido del humor de esos clásicos que son tu verdadero núcleo y génesis del deseo de mirar.

En pocos años, por vanidad, por la voluntad de identificación adolescente, desearás un nombre para esta compulsión: cinefilia. Disculpame los spoilers, pero con el tiempo te vas a arrepentir de todo; respetarás las viejas fascinaciones, pero solo te quedará el amor por Almodóvar —entendible— y por Van Sant —profundamente caprichoso—. Te escribo porque en algún momento cometerás una imprudencia. Levantarás tu voz contra un hombre y una filmografía. Sabiendo que su nombre es un santo y seña de la buena cinefilia, del correcto esnobismo, del gusto decoroso y trabajado, evitarás la crítica común. Sus enemigos, que también son los tuyos, dicen de él que es aburrido, pedante, vanidoso, abstracto y un delirante sin sustancia.

Todo empieza por un acontecimiento. En tu camino se cruzan Les quatre cents coups y ya nada será igual. Sentiste un llamamiento, tomaste partido y un fusil; militarás en el escuadrón de François Truffaut. Algún día te romperán el corazón y solo encontrarás sentido en Jules et Jim. Por un motivo más misterioso, supones que la vida se divide en dos caminos: Truffaut o Godard. Y elegiste al primero. En su cine te sentís como pez en el agua y Godard siempre te aprieta, sus películas te dejan sin aliento; sólo sentís desprecio por la forma que él tiene de vivir su vida; vos ya sos soldadito de Truffaut. Entendés que ambos clubes comparten algo, una época y una generación, un movimiento cultural o una estética. Pero Godard te parece formalista, te hace acordar de la caricatura galofóbica que representa a lo francés como lo pretencioso cultural. Te desespera, su cine te parece lento e inmóvil, no soportas la temporalidad ni la espacialidad de Godard. Te saca de eje. Y cuando hablen de él, retrucarás que Tarkovski, que Favio, es mejor. Y si en algún momento estás muy irrespetuoso, dirás: "Ni siquiera te digo Spielberg, Georges Lucas es mejor que Jean-Luc Godard".

Por suerte esta fiebre va a pasar. Algún día ves Alphaville buscando los usos y representaciones de Borges en la cultura francesa. Y de la punta de ese ovillo algo te lleva a Une femme est une femme, y después el ensayo audiovisual y así. Supongo que no deberíamos, ni vos ni yo, renegar de esa alteración, de ese fervor anti-godardiano que te ocupó. Hay un valor en los prejuicios estéticos, siempre y cuando sean ritos o postas de un pasaje. Quizás no podrías amar alucinadamente a Godard sin antes haber buscado sus faltas. Juan José Gorrásurreta suele decir "las películas son como las personas, hay que amarlas cada una como es". No entiendo del todo qué quiere decir esta frase, supongo que es más compleja de lo que parece. Pero sí creo que esta sentencia es un recordatorio de lo plástico y abierto que es el gusto estético, pero también la identidad; siento que la radical empatía de esta frase supone un enfoque comprensivo y misericordioso (no con el cine o las películas, que supongo no necesitan la amabilidad o apoyo de nadie, sino de uno mismo, darse el tiempo de encontrar la atención visual y sonora). No quiero decirte simplemente que Godard espera, ni que le des una oportunidad. Gesto que me parecerían condescendientes con el cine y narcisistas —pero si buscáramos evitar el narcisismo no haríamos esta biofilmografía, ¿no?—. Si te escribo, imagen del pasado, joven fantasma y huella de los días pasados, con tu fuerza y tu furia, con mi nostalgia y deseo, es porque Godard tiene algo para decir sobre el cine, es decir, sobre el pensamiento mismo.

3.

Es 2025 y Godard está vivo. Lo vieron en la sala de cine del Hugo Del Carril, dicen que se toma dos colectivos para ir al Showcase a ver los últimos estrenos, tiene un Substack donde escribe reseñas y en Letterboxd se sospecha que su cuenta es un usuario con un avatar de Dziga Vértov. A los incrédulos les digo que Godard está vivo y anda suelto en Córdoba, lo vi cruzar 27 de Abril para comprar puros en la esquina de Vélez Sársfield, doblar en Dean Funes, comprar una antología de textos maoístas en lo de Rubén, llevar algún queso del almacén de Mario y sentarse en el ruedo a tomar un café mientras mira volar las palomas. Si en la televisión pasan el noticiero, lo pueden escuchar comentar sobre el silencio y la complicidad de la masacre que ocurre en Palestina en esas pantallas mudas de bar céntrico. Bueno, quizás Godard no esté vivo, sabemos que en septiembre del 2022 en Rolle, dejó de vivir. Lo sabemos por el corto de Tomás Guarnaccia. Pero a riesgo de que Godard vuelva de entre los muertos a buscar venganza, a riesgo de ser un paria entre gente más juiciosa que yo, me gusta pensar que Godard está vivo, y eso lo demuestran los próximos estrenos o las películas más comentadas en las últimas semanas.

La sobrevida más evidente la podemos encontrar en Nouvelle Vague de Richard Linklater, película que reconstruye el rodaje de Sin Aliento. El cine "americano" nos dio una suerte de tres wésterns —el desierto y la soledad, los outlaws, el aislamiento y la crueldad, la lucha del fuerte contra el débil son algunas de las figuras canónicas del género que estas películas reactualizan— posmodernos: Eddigton, One Battle After Another y Bugonia. Quizás un tríptico involuntario de relatos sobre la fabricación de la consciencia, sobre la violencia y los mecanismos para ocultarla o desvelarla, sobre las contradicciones y la posibilidad de una organización política revolucionaria. Este triángulo cinematográfico tiene, además de algunos temas y escenarios, un tono —nunca cínico, pero siempre humorístico e irónico— para pensar la política contemporánea. A pesar de sus aciertos o sus zonas más espinosas, son películas muy difíciles de pensar sin la tradición que siguen La Chinoise, Los Carabineros o El Soldadito. Quizás de manera más seria, la iraní Un Simple Accidente también nos vuelve a traer estos temas. Justo sería decir que la película de Panahi tiene sus pies en una extensa tradición del cine iraní, más cerca de Kiarostami que de Godard. Por fuera de las películas más explícitamente políticas, Valor Sentimental de Trier, y antes La Peor Persona del Mundo, siguen a Renate Reinsve, como alguna vez Godard siguió a Anna Karina. Una exploración sobre las economías afectivas de la vida cotidiana, de cómo adquieren espesor y complejidad los deseos y las trampas del inconsciente en un mundo que parece estructurado solo para alienarnos y destruir nuestro carácter. ¿El argumento es forzado? No me importa. Las imágenes hablan entre sí una lengua que escapa a nuestra escucha, sus tráficos y negocios escapan a nuestra voluntad de detenerlas. Si bien sería más justo decir que Godard está plenamente vivo en Radu Jude o Albertina Carri, creo que Godard está vivo porque sin él hoy no habría cine, o por lo menos este cine. Incluso este cine hollywoodense, comercial, amable con los Óscars y Cannes.

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