Esta vez le vamos a poner el título para ordenar la exposición, aunque después haya que cambiarlo impiadosamente, tampoco se puede subestimar al lector que en el verano no quiere alterarse demasiado, seguramente él también espera un alivio, el mismo que busca un editor de vacaciones (a medias) que sigue dando órdenes como si fuera el gerente de un banco, director de una escuela, o empleado problemático demasiado celoso de rutinas que de ningún modo llegará a controlar. En cualquier caso, esto siempre será -su ser constituirá- una prueba contra uno mismo (o lo que sobrevive de eso), una apuesta, como ya quedó suficientemente expuesto en otras ocasiones (repetir abruma, desnuda y es propio de quienes solo esperan resultados inmediatos: un impacto artero).
Además de delatar una búsqueda de conclusiones apresuradas, veleidad propia de elementos pensantes cada vez más lacerados por el paso del tiempo, cuchillos con el filo tan romo, como para transformar en algo así como una odisea a su tarea convenida, obligada, predeterminada en todo caso, de rebanar realidades en sus tramos más gruesos, para intentar observaciones de lo que subsiste, o retuerce -mejor dicho- en su interior. No deja de aparecer como paradójico que estas reflexiones bruscas, destempladas, se desaten ahora que precisamente el viento sur se llevó la inmunda masa de calor que nos estuvo torturando por más de una semana, generando –entre otras cosas- debacles existenciales, resultado de la obligación absurda de tener que ingerir cantidades ingentes de alimentos calóricos en noches ardientes, en veredas superpobladas de comensales imposibles, al borde de pavimentos incandescentes, para terminar festejando ya no se sabe muy bien qué cosa en un marco que hubiera merecido una performance periodística a lo Bonzo y el milagro de disponer de mil millones de Hunter´s Thompson con toneladas de cocaína (y otras drogas) para alimentarlos. Otra vez me traiciono develando la película que voy a referenciar demasiado pronto, probablemente consecuencia de este respiro momentáneo, esta relajación abrupta, inquietantemente sobrevenida de incidencias climáticas veraniegas, lógicamente imposibles de controlar.
Por mi parte tengo que agradecer infinitamente haber visto por vez primera pánico y asco en las vegas una noche gobernada por la incertidumbre y el cansancio, que estuve esperando hasta las tres de la madrugada el colectivo de largas distancias repleto de noveles estudiantes universitarios (el tiempo dictaminaría impiadosamente, como siempre, en cuantos casos valía la pena poner a disposición de aquellos esta vastísima infraestructura) que, si dios quería, me llevaría a la ciudad de Córdoba desde mi pueblo natal. Tan convenientemente estrecho en dimensiones para un caminante, que habilita el privilegio –invaluable- de velar la llegada de estos transportes evidentemente necesarios en términos pragmáticos, como abominables en sus equivalentes estéticos, en el “cuarto de estar” de las casas; Relevándonos del riesgo, absolutamente mortal de desmoralización (en este caso la funcionalidad de ninguna manera puede justificar la existencia de regiones tan inhóspitas para cualquier forma de vida plena), sobrevenido de tener que hacerlo en las invariablemente desafortunadas estaciones terminales.
Un abogado tan comedido como violento se enfrenta –y asiste- a un periodista, dispuesto a encarar otra performance deportiva, con la que aspira abordar una realidad que decide iluminar esencialmente como desafío, en primer lugar contra sí mismo, en segundo -y consecuencia de lo primero- presentándola por escrito con las señas de una totalidad tan extraña como celosamente hegemónica, que se dispone explorar, asumiendo el riesgo que podría hallar un antropólogo rollizo con recursos menguantes –simbólicos y de los otros- entre una tribu de caníbales cada vez más hambrientos (de consumismo, conformismo, vanidades cada vez más vanas).
De esta tarea sobrevive el pánico derivado de la acción y el asco, que desafía permanentemente la comprensión aparecida con la fugacidad de una epifanía cultivada al borde de una máquina de escribir. Estos detritos como paisaje o región, condiciones del hermeneuta decidido a inmolarse, se hacen más objetivos que nunca en el sopor producto del consumo de drogas de todo tipo, sustancias extrañas y de efectos impredecibles, que aumentan hasta el infinito los desasosiegos, inseguridades y actitud de alerta que requiere una tarea de alto riesgo como esta, que pulveriza aceleradamente cualquier identidad posible antes que madure en alguna cosa, conduciendo certeramente a un lugar: la alienación del otro y uno mismo a un tiempo.
Es verdad que hay algo de petulante en el bonzo como intérprete, algo de soberbia imperdonable en esa extrañeza buscada entre los conocidos para entenderlos mejor, demasiado de mesianismo imposible, acreditado en un rol calibrado en la porfía por provocar y destruir sin saber muy bien qué improvisar sobre las ruinas, pero la tarea parece justificarlo en el momento que esa totalidad parece crecer con una furia conquistadora que no da tregua aparentemente a nadie.
Frente a este inquietante panorama, las actitudes más audaces diseñadas para capturarla simbólicamente hallan un canal posible y es recién entonces que podemos imaginar por qué sería posible que un periodista destruya una pieza de hotel ataviado con una cola de cocodrilo sujeta con un cinto, o su abogado, le invada repentinamente nada menos que el baño donde trata de nadar retorciéndose en una bañera llena y noche sin final, solamente para marcarle una Zeta de zorro en su frente, con el puñal más aterrador que un chicano permanentemente enardecido por la revolución pueda encontrar en una Norteamérica plagada de blancos xenófobos, saliendo definitivamente de los frágiles sueños de una era hippie ya en extinción y guerra fría encaminada a la incandescencia, en los inicios de la década de 1970.
Thompson se ríe, pero también sufre inconteniblemente por saber cada vez menos a medida que ya no puede deshacerse del bonzo que ha parido y lo devora irrefrenablemente hasta no dejar nada más que una máquina adicta a drogas que ya no lo consuelan de ningún modo, y la constricción a un flamante género literario que gana solo en descripciones profundas, de aquello que lo enfurece, aterra y repugna sin escapatoria ni limite posible; Como una desquiciante masa de aire tropical en el centro del país austral o imposición caprichosa de una aterradora fiesta interminable de fin de año, destinadas a disiparse solo para franquear un razonamiento momentáneo, frágil y con vencimiento próximo, detrás del que aguarda cobijado y al acecho, incubándose despiadadamente como otro octavo pasajero, otra camionada, otro colectivo de larga distancia lleno hasta la coronilla, de más asco y pánico.
Esteban Chatelain,Profesor y Licenciado en Historia (Universidad Nacional de Córdoba), nacido en Monte Maíz, Departamento Unión, provincia de Córdoba.
