En algún momento de sus últimas entrevistas, esas que funcionan un poco como resumen de lo hecho y que explican el porqué y el cómo del presente y de lo que vendrá, Luis Chitarroni hacía mención a sus primeros trabajos en la revista Audio Universal, una publicación especializada que se editó en los años setenta y principios de los ochenta y en la que trabajó entre los años 1980 y 1983.
Fue así que leyendo esas entrevistas prendió la idea y creció el deseo de buscar y reunir ese material que inmediatamente supimos valioso; acaso desconocido y semisecreto y armar lo que pensamos sería un hermoso libro.
Con el paso del tiempo y de la investigación, algo que intuimos desde el inicio, resultó seguro: la colección de la revista Audio Universal difícilmente estuviese completa, por lo que, después de transitar los obvios, no quedó otro camino más que apelar a la paciencia y a esa otra forma de promesa irrevocable a la fidelidad: la audiofilia. Finalmente, el material (sumados a los artículos publicados en la revista “Esculpiendo milagros” que se incorporaron al proyecto por recomendación de su prologuista Ricardo Ibarlucía) fue apareciendo por ese y otros caminos. El resultado -orgullosamente- son estas “Notas y reseñas sobre ROCK”.
Hiperbórea editores.
Joni Mitchell
En sus comienzos ella encarnaba el modelo que la época exigía. Los ideales ingenuos, la vegetación extravagante que había proliferado tanto en los brazos y los torsos de las lánguidas criaturas del Swinging London como en las de su contrapartida, las no menos lánguidas aunque más contundentes y gregarias del Flower Power californiano, salen a relucir en sus primeros álbumes. Woodstock se asemeja ahora a un vasto espejismo del pasado –y sin embargo una cofradía de astutos sentimentales sigue teniendo ganas de revivirlo–, pero fue, sin lugar a dudas, el último punto de convergencia de una generación desdichada con muchas ganas de ser feliz. Podría resultar interesante averiguar si ese propósito desmesurado –el hecho, no de ser felices individualmente, sino de serlo acompañados de contemporáneos felices– es posible. Pero en esos tiempos no había lugar para la conjetura: Vietnam y otros desastres estaban demasiado cerca.
Las cosas han cambiado. No hay Corea ni Vietnam, pero los infiernos persisten. Hasta donde yo sé, no hemos logrado ser menos desdichados; tampoco perdimos la esperanza de ser felices. Algunos recordamos las bucólicas utopías de la época de Woodstock, cerramos el libro de Norman O. Brown, ponemos un disco de Joni Mitchell, y confiamos en que todo saldrá bien.
Las anteriores digresiones pueden consentirse solo si se piensa en lo mucho que Joni contribuyó para que esta ilusión (o esta convicción ociosa) pueda sostenerse. Desde una posición que nada tiene que ver con las prédicas incoherentes proclamadas sobre el escenario como si se tratara de sentencias infalibles (esa infabilidad que proporcionan los adormecedores clisés de cierta iracundia doméstica), ella ha logrado alentar y conmover a una importante audiencia para la que sus canciones señalan algo genuino y diferente, tal vez por la dosis de experiencia directa en que se inspiran. Además, Joni también cambió con los tiempos.
Ahora no solo su imagen se asemeja muy poco a la de sus comienzos (su larga y lacia cabellera ha sido sustituida por rulos que atenúan la dureza de sus facciones –boca grande, pómulos altos, y el porte aéreo que tienen las hijas del Norte favorecidas por la intemperie–) sino que hasta su música es diferente de las baladas folk que la hicieron conocida. Podemos sospechar que la causa de esos cambios se encuentra en una remota Navidad, cuando un amigo le envió de regalo algunos discos de Miles Davis.
Ese histórico presente la sustrajo de la música en la que Joni Mitchell estaba entonces inmersa, la que prefería cantar y bailar: el rock´n’ roll. Pero la historia –si confiamos en que la causalidad cronológica es imprescindible– empieza mucho antes: el 7 de noviembre de 1943, en Fort Macleod, Alberta, Canadá, la fecha y el lugar de su nacimiento.
Joni crece en un lugar que guarda desde el nombre ecos de policromos indios, de epopeyas narradas por Fenimore Cooper: en las planicies de Saskatoon, Saskatewa, donde sus padres se establecen poco tiempo después. De esa atmósfera diáfana y encantatoria extraerá el aliento necesario para sus composiciones autobiográficas, que llegan a su punto más alto en “Paprika Plains” del álbum Don Juan´s Reckless Daughter. Esta conforma un fresco musical de poderosa coloratura, donde detalles hipnóticos se yuxtaponen hasta obtener una increíble intensidad.
Chesterton ha dejado dicho que “el temperamento artístico es una enfermedad que aflige a los aficionados”. Estimulada por esa naturaleza instigadora, Joni no se cansa de bosquejar sus propias visiones. Su “vocación artística” (palabras que tienen que aparecer entre comillas para atenuar la vergüenza con que sofocan a quienes sienten el imperativo de crear sin permitir jamás que alguien someta ese deseo a una denominación) la conduce finalmente al Alberta College Of Art, en Calgary. Tiene la intención entonces de convertirse en dibujante publicitaria. Allí aprende la técnica que le permitirá realizar las tapas de sus álbumes (algunas de ellas, verdaderas obras maestras). Sus creaciones poseen un disciplinado candor; parte de su mágico naturalismo lo deben a la plácida naturaleza que recrean. Esas composiciones pictóricas suelen resolverse conformes a los cánones del arte naif, si bien en algunos casos (véase, por ejemplo, la tapa de So Far, el álbum de Crosby, Stills, Nash and Young) la síntesis es lograda con unas pocas pinceladas de ejemplar concisión. Pero la atención de Joni se vuelca hacia la música. Por ese entonces, su actividad se reduce a tocar la guitarra y el ukelele en los cafés; un poco más tarde empieza a componer sus propias canciones. En 1964 se produce su debut profesional en el Mariposa Folk Festival de Ontario. El viaje que Joni realiza de un extremo a otro de Canadá propicia la composición de un hermoso blues: “Day after Day”.
En 1965 se casa con Chuck Mitchell (un cantante folk norteamericano) del que conservará, aún después de su separación, el patronímico (el apellido de su familia es Anderson y su nombre completo es Roberta Joan).
Junto a su esposo realiza unas cuantas giras por ciudades importantes, entre las que se incluyen Nueva York y Toronto. Tom Rush queda muy impresionado por las canciones de la pareja, y decide grabar algunas.
En 1968 aparece su primer álbum como solista. Lo produce un californiano aletargado y pacífico que parece haberse escapado de un daguerrotipo de la época del general Custer, David Crosby, y se llama Song to a Seagull. El viento canta en verso libre. La poesía de Joni proviene de la tradición a la que un crítico norteamericano calificó de “los pieles rojas” (en contraposición a “los carapálidas”, los descendientes de Poe y Emily Dickinson). Se trata de Whitman leído victoriosamente por Carl Sandburg y después por Ginsberg, el elogio de la democracia demolido por una realidad feroz, las largas entonaciones salmódicas quebradas por la aparición de un microbio escandaloso: la autocrítica.
Poco tiempo después llega Clouds, su siguiente LP. En Clouds, las exactas complicaciones nos avisan de un conjunto de percepciones más complejo y más ambiguo, vale decir, más rico. El resultado suena elaborado, pero sigue siendo el viento, Joni no soslaya hablar de Vietnam, y “Both Sides Now”, que más tarde se convertiría en un éxito cantado por Judy Collins, es una de las bandas.
Cuando Joni se muda a la meca de la música californiana, Ladies of the Canyon señala este acontecimiento. En su caso, la obra está tan próxima a la biografía, que poco se puede hacer más que indicar las variaciones estilísticas, los episodios que estas variaciones ocultan o transfiguran.
En Ladies of the Canyon, Joni empieza a reflexionar ásperamente sobre la fama y el mundo que rodea a esa clase de artistas migratorios en los que ella misma se ha convertido. Pero hay que esperar hasta Blue, la producción que le sigue, para encontrar una línea que es una confesión. “Estoy en el camino solitario”, canta Joni Mitchell en la primera banda de esta joya que brilla con un fulgor muy extraño. Del otro lado, Joni recuerda la soleada California desde París. Las canciones son como tatuajes, dice en el tema que da título al álbum. Es cierto, Blue es un cuerpo ilustrado: cuando las imágenes de un tema empiezan a desvanecerse, aparecen las del siguiente. La culminación, “The last time I saw Richard”, un himno oscuro a la soledad y el escepticismo, agota románticamente un tema sórdido. Richard habla entre decepcionado y sarcástico desde la mesa de un café en la industriosa Detroit, y ella solo escucha, observa. No hay llamados de atención ni didactismo; acaso, como sucede también con Leonard Cohen, una egolatría defendida a cualquier precio.
For the roses vuelve intensa la relación de esta canadiense con la naturaleza. Sus raíces parecen estar en el suelo que pisa, y sin embargo, ella se desplaza con desenvoltura de un lugar a otro. Hay en el lirismo que tropieza con los lugares comunes, hay la tranquilidad de saber que ese tropiezo es inevitable. Nada suena sospechoso ni rebuscado. La claridad y la magia tienen el mismo signo; la contingencia del amor, la desdicha o la felicidad, permanece suspendida en una evocación de escenarios explícitos.
Court and Spark y Miles of Aisles, los álbumes que le siguen, marcan una transición. Ambos los graba con la banda de Tom Scott, Los Ángeles Express, integrada por el propio Scott en saxo, L. Carlton en guitarra, John Guerin en batería, Joe Sample en teclados y Max Benett en bajo. La vida social, con sus fiestas y su tedio ineludible, los flirteos con la decadencia, y la manera un poco distante y elusiva que Joni elige para referirse a ciertos temas, aparecen bocetados por primera vez en Court and Spark.
Miles of Aisles es un álbum doble en vivo, y un claro exponente de lo que Joni ha madurado. “Rainy day house” resulta deslumbradora además de inaugurar las vocalizaciones sugestivas que Joni empleará en el futuro. Todo, en este álbum magnífico, suena ajustado y precioso. Aunque se trate de temas conocidos, no hay lugar para la nostalgia, solo frescura y energía. Joni se ha abierto camino. Nadie puede acusarla de estatismo, y la imagen de folk-singer semisalvaje se va quedando atrás. Queda definitivamente olvidada en el siguiente LP: Hissing of summer lawns, aunque aparezca más tarde pertinazmente.
The Hissing of Summer Lawns es el tránsito por un territorio cuyas brillantes ruinas conservan todavía fragmentos reveladores de una civilización brumosa. Desde la cubierta, un trabajo impecable y minucioso realizado en relieve por la propia Joni, algo nos advierte que el aduanero Rousseau se traía entre manos un misterio inquietante debajo de la aparente ingenuidad, y el borde de ese misterio asoma al abismo del terror. Después de una rápida excursión francesa, “In France they kiss o Mainstreet”, los tambores Burundi amenazan obstinadamente en “The Jungle Line”. La voz de Joni pasa a un registro severo para colaborar en este rito celebrado con pocas notas y mucha imaginación. Le sigue “Edith and the kinpin”, una melodía acuática y hechizadora en la que la voz de Joni nada lujosamente. El tema es el mundo “chic” americano, ese anacronismo pasado por el tamiz de Tom Wolfe (a quien Joni cita en la parte interior de álbum), ese otro anacronismo (hasta el nombre repetido tiene) y en él vuelven a encontrarse las imágenes de fasto que fulguraron en Court and Spark. “Don´t Interrupt the sorrow” se ubica haciendo equilibrio antes del verdadero tour de force del lado; el vino clandestino y el encanto de la voz de Mitchell nos seducen inmediatamente.
“Salis of scarlet conquering” es una de esas maravillas que nunca terminarán de asombrarme. La sola evocación de la voz repitiendo: a woman must have everything, libre ya de todo acompañamiento, es una recompensa de la que ningún admirador de Joni debería privarse. El lado B es tan sustancioso como el A. Allí están el plano enamorado de síncopas de Victor Feldman, la enigmática danza del Boho, el abrazo final de voces y sintetizadores en “Shadows and light”, uno de los temas favoritos de Joni Mitchell.
Con Hejira retorna la melancolía. Fuera del foco encandilador del álbum anterior, Hejira registra nuevamente los temas que obsesionan a Joni. Esa mujer demasiado hermosa que aparece en la tapa con una boina ladeada es casi una máscara. La pose desafiante, la distancia que impone esa mirada, dan cuenta de un nuevo cambio, y Joni canta a Sharon sus desordenes y su íntima amargura mientras observa lacónicamente su propio derrotero. ¡Cuántos pasillos y aviones y hoteles parecidos! Y sin embargo, Coyote vagabundea y el viejo Furry, taimado y huraño sigue cantando blues. Joni Mitchell tiene especial delicadeza para tratar a sus amigas, ya se trate de Sharon o de Amelia, y respeto por el viejo Furry entre la hilaridad viscosa de sus compañeros de tragos. En ese itinerario que realza las diferencias y las analogías, un hexagrama del I Ching puede significar que se trata del cielo o de las cuerdas de su guitarra: de todos modos, canta Mitchell, se trata de una falsa alarma. El tema que pone punto final al álbum mantiene, no obstante, una esperanza iluminadora: “The refuge of the roads” es una despedida casi jubilosa, y las líneas que lo conforman son tan cautivantes y cargadas de recónditos matices como sus pinturas.
A Hejira lo sigue un álbum doble, Don Juan´s Reckless Daughter. Para esta ocasión, Joni Mitchell convoca no solo a músicos relacionados con la mixturación del jazz y la música latinoamericana, sino que, como ocurre en “Paprika Plains”, precisa también del apoyo de una orquesta conducida, en este caso, por Michel Gibbs.
Indudablemente, el material reunido esta vez resulta bastante desparejo. El tema más perdurable es el ya mencionado, y pese a todo, el resultado final no está de acuerdo con la brillante concepción. Por momentos, el piano de Mitchell suena demasiado declamatorio y las cuerdas dirigidas por Gibbs demasiado flou. El arranque final de la banda (Wayne Shorter en saxo, John Guerín en batería, Jaco Pastorius en bajo) tiene una energía inimaginable. Los otros temas que merecen destacarse son “Dreamland”, “Otis and Marlena” y el que da título al álbum. La introducción es casi adormecedora, pese al virtuosismo de Jaco, y en el lado A del primer disco, tal vez “Jericho” y el humor de “Talk to me” sean lo más destacable. Demasiado larga resulta la improvisación “The Tenth World”, donde se entusiasman, entre otros, Alejandro Acuna, Manolo Badrena, Chaka Kahn, Don Alias y Airto.
Mingus, el tributo que Joni rindiera al desaparecido compositor y contrabajista. Charlie Mingus, es una obra excepcional. La idea original de este disco era un trabajo a medias entre la canadiense y el propio Charlie Mingus, idea que se vio frustrada por la muerte de este último.
El trabajo de Joni consistía en adaptar los “Four Quartets” de Thomas Stearns Eliot al lenguaje callejero; Mingus le agregaría la música. Lamentablemente ese proyecto nunca vio la luz. En cambio, Mingus, el LP. para el que Joni se valió de toda su imaginación (y basta ver la tapa, una hermosa pintura realizada por ella misma, un trabajo sutil e intimista, despojado por completo de los facilismos decorativos en los que a veces incurre) exhibe una galería de temas compuestos especialmente por ella para homenajear a Mingus, más alguna pieza inolvidable como “Goodbye Pork Pie Hat”, el tema de Mingus dedicado a Lester Young y al que Joni Mitchell ha agregado las palabras. Entre banda y banda hay grabaciones familiares de Charlie Mingus, el festejo de su cumpleaños, una brevísima versión de “I’s a Muggin” cantada a dos voces, etcétera.
Finalmente, Shadows and Light cierra esta biografía de la artista reflejada en su obra. Se trata del tercer álbum doble de Joni (el segundo en vivo), y esta vez el personal que la secunda es invulnerable: Pastorius en bajo, Don Alias en batería, Pat Metheny en primera guitarra, Lyle Mays en teclados, Michael Brecker en saxo y, como fondo vocal, The Persuasions. Joni Mitchell le ha contado a Ben Sidran (en un reportaje aparecido en Rolling Stone, en diciembre de 1978) que su voz es mejor a bajo volumen y que su fraseo se parece a la manera que Miles (Davis) tiene de tocar la trompeta. Cualquiera puede comprobarlo en Shadows and Light al oír las versiones antológicas que Joni hace de “Amelia” o de “Furry sings the blues”.
Shadows and Light recorre un espectro que la diversidad enaltece, desde los temas de Hissing of the summer lawns hasta “Woodstock”, un viejo caballito de batalla. Con este álbum termina su trayectoria discográfica. La sorpresa que experimentemos con sus próximas producciones será motivo para que podamos hablar otra vez sobre esta figura fascinante y evasiva, versátil y esplendente como pocas.
Discografía
Lamentablemente –y como en muchos otros casos–, de la profusa discografía de Joni Mitchell solo tres LP han aparecido en la Argentina. Damos aquí la discografía completa señalando cuando se trata de los álbumes editados en nuestro país, el número de catálogo del ejemplar nacional a continuación del que posee la edición norteamericana.
Joni Mitchell (este es el LP que apareciera originalmente con el título “Song to a seagull”) – Reprise RS 6293
Clouds – Reprise RS 6341
Ladies of the Canyon – Reprise RS 6376
Blue – Reprise MS 2038 (Edición argentina: Reprise 50-14-267)
For the roses – Asylum 7E 1001.
Court and spark – Asylum AB 202
Miles of Aisles – Asylun AB 202
The Hissing of Summer Lawns – Asylum 7E 1015
Hejira – Asylum 7E 1087 (Edición argentina: Elektra 50-16 047)
Don Juan´s Reckless Daughter – Asylum BB 701
Mingus – Asylum 5E 505 (Edición argentina: Asylum 208.622)
Shadows and Light – Asylum BB70
Audio Universal, núm. 73, marzo-abril 1981.
Luis Chitarroni (Buenos Aires, 1958–2023) fue escritor, crítico literario, editor y traductor argentino. Autor de obras como El carapálida, Peripecias del no, Notas y reseñas sobre ROCK, Mil tazas de té, entre otras, desarrolló una escritura marcada por la ironía, la erudición y el gusto por las formas híbridas. Se desempeñó como editor en sellos como Sudamericana y La Bestia Equilátera, y colaboró en medios culturales con ensayos y reseñas sobre literatura, música y arte.
