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Las que sueñan el sueño azul

La capacidad de tomarle el pulso al presente con la información del pasado y con los ojos clavados en el futuro no es igual a “comprometerse con la época” o “hablar del presente”. Joni Mitchell desde la música y Joan Didion desde la escritura de no-ficción han logrado advertir el acecho, desmontar las promesas del mundo y ser lo suficientemente permeables a los signos de los tiempos para construir una obra que cincuenta, sesenta años después sigue vigente.

Las dos vivieron la prometedora california de los años sesenta; si bien Joni nació en Canadá, la mayor parte de su carrera artística transcurrió en Los Ángeles (en el icónico Laurel Canyon) haciendo comunidad con los folks nativos y los adoptados: Carole King, Crosby, Still & Nash, Neil Young, Bob Dylan. El resto es historia. Joan Didion en cambio nació en las entrañas de California, apenas nueve años antes que Mitchell. Vivió en Nueva York algún tiempo, pero siempre volvió al lugar donde sopla un viento tórrido y las viejas costumbres parecen irrelevantes.

Didion fue una prolífica exhumadora de la cultura norteamericana; especialmente californiana y aún más de los años sesenta y setenta donde la promesa de paz y amor se había hecho extensiva; el futuro parecía encantador, casi sin males en el horizonte. Pero haciendo uso del olfato del artista, y su maestría quirúrgica para la escritura le dijo a toda una generación –y nos sigue diciendo—que el futuro siempre es atractivo porque nadie recuerda el pasado. En los sesenta a través de sus crónicas periodísticas ya advertía a sus lectores que el flower power no pega bien y en los setenta le decía a la sociedad norteamericana que la violencia que perpetraba el gobierno a los países caribeños no era gratis.

En el año 2012, se publica Los que sueñan el sueño dorado, un compendio de crónicas publicadas entre 1967 y 1987 y (y que aparecieron anteriormente en los libros Arrastrarse hacia Belén, El álbum blanco, Después de Henry, Salvador y Miami) a lo largo de veinte años.

Acá encontramos a la Didion residente en Bervery Hills, frecuentando fiestas con Janis Joplin y Jim Morrison; la Didion que sabía que cualquier secta configuraba un peligro y por eso desconfiaba de la Familia Manson, la Didion que vía un caso policial de violencia familiar puede decirnos lo mal que resulta el sueño de la profesión, el crédito hipotecario, los hijos y la casa propia, la Didion que decide mudarse a San Francisco para encontrar algo y se encontró con una barbarie hippie sin precedentes. Una observadora participante no desprovista de una mirada política en la flor de la prometedora era de la paz y el amor:

“Ellos respondían exactamente a lo que se les daba. Y como no creían en las palabras —las palabras eran para las «mentes cuadriculadas», les decía Chester Anderson, y los pensamientos que necesitaban palabras no eran más que rollos nacidos del eso—, el único vocabulario en el que eran competentes eran los lugares comunes de la sociedad. Pero resulta que yo todavía estoy comprometida con la idea de que la capacidad de pensar por uno mismo depende del dominio que uno tenga del lenguaje, de manera que no sentía ningún optimismo hacia unos jóvenes que se conformaban con decir, para indicar que su padre y su madre no vivían juntos, que venían de un «hogar roto». Tenían dieciséis años, quince y catorce, cada vez llegaban más jóvenes, un ejército de niños esperando a que alguien les diera las palabras”

Algo similar sucede con la operación que parece poner a funcionar Mitchell en sus primeros tres discos Clouds (1969), Ladies of the Canyon (1970), Blue (1971), es mucho más que un espíritu de época. Es un constante estar en ese presente, transfigurar algo de eso; con amor y desencanto, sin nostalgia porque lo que no pasó. El anteúltimo track de Clouds es “El violín y el tambor” una canción a capella, una carta con tono ruego dirigida la figura de Johnny (presumimos un joven promedio estadounidense que se enroló en el ejército que está combatiendo en Vietnam): Estás luchando contra todos nosotros/ Y cuando te preguntamos por qué / Levantas tus baquetas y lloras y caemos / Oh, mi amigo / ¿Cómo llegaste a cambiar el violín por el tambor?

En una entrevista televisiva hace muchos años, Joni Mitchell dice que “en los sesenta sentimos que podíamos cambiar el mundo, éramos jóvenes, la Juventud tiende a pensar que eso se puede… en los setenta nos dimos cuenta que no podíamos, asique dijimos ¡bien! ¡cambiémonos a nosotros mismos!”. Esa transformación que luego escuchamos en la obra artística difícilmente hubiera sido posible si se adhería al presente, si no se inmutaba ante la falla.

Joni Mitchell y Joan Didion, dos iconos de la cultura norteamericana de los sesenta y los setenta con una carrera que se extendió hasta entrado el siglo XXI. Dos artistas que sin importar demasiado el campo en el que jugaron (escritura, música, pintura) desplegaron el sentido de la intuición, tradujeron lo que no todos podían ver, acuciados por un presente que por momentos obnubilaba de tan prometedor. En cuanto a Mitchell con su última aparición en vivo en el Newport Jazz Festival (2022) revalidó lo que nadie dudaba: el magnetismo y la vigencia de sus canciones. Por su parte Didion en los últimos 20 años nos dejó tres libros que son un tesoro: El año del pensamiento mágico (2005), Noches Azules (2011) y el póstumo Apuntes para John (2025).

Además de tener en común una relación turbulenta con sus hijas, ambas están signadas por el color azul que evoca tristeza, melancolía e introspección: el mítico álbum Blue, y el doloroso libro Noches Azules donde Didion atraviesa el duelo por la muerte de su hija: “Las noches azules son lo contrario de la muerte de la luz, pero al mismo tiempo son su premonición”. Entregarse al azul de la tristeza y hacer obra con eso no es un signo de resignación, más bien es un gesto de vitalidad entre las luces que adormecen.

Vivamos con la fantasía de que Didion escuchaba a Mitchell mientras escribía sus libros y que Mitchell se hallaba leyendo a Didion en el New York Times y que alguna noche brindaron con un Martini en el Sunset Boulevard.

Camila Argüello, periodista, productora, editora, conductora de los programas El Daño ya está hecho (SRT MEDIA) y Otro Siglo (Park FM) y host del ciclo de Podcasts Futuros (im)posibles.

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