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Dos Magdalenas, un mismo límite: pensar el deseo como herencia

Hay nombres que no se cierran nunca. No terminan de pertenecer a una sola persona, sino que se repiten, se expanden, reaparecen como ecos. Bach es uno de esos nombres. No dice solo Johann Sebastian: dice genio, canon, permanencia, aquello que merece ser recordado. Pero también dice todo lo que quedó alrededor de ese centro: las vidas que sostuvieron la obra, los cuerpos que la hicieron posible, los silencios que nunca fueron escritos. Es un nombre que arrastra una manera de ordenar el mundo.

Por eso resulta tan inquietante que Gabriel García Márquez haya elegido llamar Ana Magdalena Bach a la protagonista de su última novela, En Agosto nos vemos. Ese gesto no funciona como un simple homenaje, sino como una invocación. Incluso quien no conozca a la Magdalena histórica percibe que ese nombre pesa. Hay algo en él que parece contener una historia más grande que el personaje que lo lleva, como si la identidad viniera ya marcada por una herencia invisible.

En la novela, Ana Magdalena vive una vida que, desde afuera, parece cerrada y estable: un matrimonio, dos hijos, una casa, una rutina que se repite sin fisuras. Cada año, en agosto, viaja sola a una isla para visitar la tumba de su madre. Ese viaje, que empieza como un acto de memoria, se transforma en un ritual secreto: una noche con un hombre distinto, un encuentro sin pasado ni futuro. Luego, el regreso. Todo vuelve a su sitio. Nadie sabe. Nada cambia.

No es una historia de huida, sino de duplicación. Ana Magdalena no quiere abandonar su mundo: quiere tener otro. No desea destruir la estructura que la contiene, sino abrir dentro de ella un espacio clandestino donde ser distinta sin consecuencias. Su libertad no se parece a una revolución; se parece a un paréntesis. Es breve, silenciosa, casi administrada. Existe solo porque después hay un regreso.

Lo que cambia no es la jaula, sino la manera de respirar dentro de ella.

Pensar a esta Ana Magdalena junto a la otra Magdalena —la mujer real que vivió inmersa en la obra de Bach— no implica afirmar que sean equivalentes, sino reconocer que comparten una misma forma de estar en el mundo: existir en relación a algo que las excede. Una sostuvo una música que no llevaba su nombre. La otra sostiene una vida que no termina de ser suya. Ambas habitan un lugar intermedio, donde el deseo no es centro, sino desvío.

En ese sentido, el apellido Bach funciona como una frontera simbólica. Marca el límite de lo posible. Dentro de él, las Magdalenas pueden sostener, acompañar, desear en secreto. Pero no ocupar el centro. No escribir la partitura principal. No decidir el ritmo que organiza la vida.

Tal vez por eso este nombre reaparece. No porque la historia esté resuelta, sino porque sigue abierta. Porque aún no sabemos cómo narrar a una mujer que no sea ni sostén ni excepción, ni sombra ni fantasía. Porque seguimos imaginando libertades que no alteran el orden que las contiene.

Dos Magdalenas, separadas por siglos, unidas por un mismo nombre. Y una pregunta que no se responde, pero insiste, como una música que vuelve: ¿qué pasaría si el deseo dejara de ser un paréntesis y se volviera una forma de vida?

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