Todavía está por verse si vale la pena especular en mil palabras, si no constituirá otro juego de suma cero (y van..) iluminar una posible diferencia entre la forma de sufrir de un hombre despiadado y aquel que se percibe virtuoso, humano, probablemente aburrido hasta lo intolerable. Tal vez tampoco sirva de mucho tratar de estimar si todos los abogados cordobeses forman parte del primer grupo, no cuesta mucho suponer que ese litigar incesante, combinado con una ambición inextinguible, desbordándose en bibliotecas presuntuosas de volúmenes encuerados comprados por metro o colecciones de corbatas que ya no ahorcan, sino que estiran cogotes que casi todo el mundo sueña con apretar, seguramente no crea experiencias que coagulan identidades inclinadas a la conmiseración; De cualquier manera, pocos necesitan saber que no fue sino un perro salchicha muerto por accidente en el peor momento posible, que muchos conocimos a instancias de un cuidador tan alucinado ayer por él como quebrantado hoy por su extinción (invariablemente no hay forma de hablar de una macota sin remitir al dueño), el que instaló estos interrogantes intempestivos.
¿Serán tan necesarios los malos como los buenos?, la desafiante historia del Western como género cinematográfico nos indica que los indios más salvajemente repudiados, que en los años 30, 40 o 50 todos deseaban -cómodamente sentados en butacas- ver morir como incordio puesto contra el avance de algo estimado como imprescindible, ya eran el núcleo más duro en la defensa de valores cobijados como trascendentes (junto con mujeres, discapacitados, negros o niños) emergidos de unas décadas del 60 y 70, espectacularmente orientadas a poner en cuestión el monolítico discurso hegemónico previo, calibrado en ideas sintetizadas en la narrativa del progreso indefinido, apareado con la expansión desbocada de relaciones capitalistas por el mundo. Vehiculizadas esencialmente por hombres blancos, perversamente decididos, tan maquinalmente despiadados al modo de las armas que empuñaban en desiertos interminables, como condenados a la omnisciencia no bien concluyeran las incidencias que justificaban la película.
Aunque de ninguna forma es obligatorio que los malos de ayer sean los héroes de mañana (el paso del tiempo no puede entenderse de forma tan simplista), una de las moralejas más a mano de la historiografía tout court , se ve constreñida a enseñar en sus tramados, a través de casi mil millones de variantes, que ninguna convicción, por más porfiada que aparezca, sobrevive intacta –ni mucho menos- la prueba del paso de las indeclinablemente azarosas travesías de los múltiples presentes que abrigamos, por cruentos cernidores arrojándolos impiadosamente a las desafiantes regiones del pasado.
Si ya sabemos que buenos o malos se definen tanto por la trama, que eventualmente pueden intercambiar posiciones con la negligencia que una chica salvaje de los 80 decidía su color de pelo, llegado a este punto la pregunta debería ser porqué sufren: el cine responde fácil, la historiografía difícil, el primero grita con imágenes, la segunda balbucea con conceptos, en todo caso, las estrategias de supervivencia de los discursos que improvisan no pueden diferir más. El cine se adapta, porque esencialmente como negocio posible y cultor de la ficción, marca muy precisamente el ritmo del cambio, acompañando caprichos y devaneos de totalidades que lo engendran, la historiografía, como ciencia y esclava de sus verdades, prefiere posicionarse, en general imposiblemente, como narración fundamental del propio terreno que la abona.
Finalmente, si la última ya se niega rabiosamente a pronunciarse (demasiados disgustos y discordias disuaden hasta al más terco) sobre el ser definitivo del sufrimiento de buenos y malos, el cine sigue resolviendo esto con una simpleza que conmueve, o, mejor dicho, desde aquella perspectiva, indigna; Allí unos y otros penan por lo mismo todo el tiempo y en cualquier contexto imaginable: no poder ser el otro, totalmente o en partes.
Esto es así porque en buena medida, ambos se precisan para reconocer sus contornos y eso ya es una verdad de Perogrullo; Sufren, evidentemente, porque el vínculo que preferirían negar con todas sus fuerzas los enlaza en el conflicto más allá de su voluntad, realizando en una hora y media promedio de proyección, aquel determinismo social que la historiografía no solo se empeña en desconocer como principio constitutivo, sino aniquilar como expediente de pensamiento, delatando su enemistad profunda. Dos películas grafican esta cuestión jabonosa con una impunidad tan dolorosa como cautivante, se trata de las ultimas performances que Michael Haneke abordó junto a la figura ya titánica de Jean-Louis Trintignant: Amour y Happy End.
En la primera un matrimonio de urbanitas parisinos ya jubilados, cómodamente instalados en un departamento burgués amplísimo, comodísimo, la envidia de cualquier pareja joven con ambiciones de envejecer sin sobresaltos, enfrenta un accidente cerebrovascular de ella, una profesora de piano retirada, despiadadamente exigente –como corresponde- que encuentra su decadencia física y dependencia absoluta como trauma irremontable. Su único consuelo es la certeza del amor sin límites de su marido, al que, en el atardecer de una vastísima vida en común, entiende como monstruo convenientemente capaz de liberarla de su agonía.
El malo sufre hasta lo inenarrable (en un silencio mortal) hasta el momento aparentemente conclusivo que decide terminar la existencia del único ser que, como contraparte relacional, le permite ser, aunque sea como un despiadado.
En una especie de segundo acto inesperado, improvisado casi bajo el sino de lo residual y en un tono de comedia pensado muy precisamente para aterrar al espectador hasta lo indecible (estas películas llevan el lenguaje del cine a una frontera cierta), Haneke recupera su personaje, ahora abandonado en un mundo sin propósito, sin amor, y obsesionado por conseguir que alguien haga con él lo mismo que pudo llevar adelante merced a su infinito sacrificio. Esta búsqueda imposible por conseguir de un extraño, algo que solo se encuentra en la fibra más íntima, en las decisiones más extremas que uno mismo es capaz de llevar adelante, conjuga el ridículo que da sentido al referido tono cómico que nos lacera impiadosamente.
Y el malo es todavía más malo explorando esta condición existencial también insondable, porque ahora ya no calla y gime y clama amargamente, exigiendo sin pausa algo que evidentemente nadie está dispuesto a darle.
Al final, vemos el dolor y pánico interminables como destino de todos: buenos por momentos, malos inconsecuentes o cualquiera, junto con la perdida como su ofrenda ineludible; O el pasado y la muerte que lo precede como una región caprichosa, que se abrirá en algún momento, pero nunca como consecuencia de nuestra vana voluntad y siempre resultado de una lógica inexorable -esta sí positivamente despiadada-, tan eventual como enloquecedora en su evidencia.
