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La forma del mundo

1.

Guy Debord sabía cosas. Muchas. Hace más de cincuenta años entendió que el espectáculo no era una forma cultural específica, eso que a veces se llama el mundo del espectáculo, sino la forma de la sociedad contemporánea por excelencia. Algo simple, todos lo vivimos: lo que llamamos mundo se ha transformado en lo que surge de un conjunto de mediaciones técnicas. Ya no salimos a ver el clima, miramos la pantalla para saber grados, lluvia, viento. Ya no hace falta el relato de amigos, miramos estados de WhatsApp para saber de su vida. Ya no sabemos orientarnos en una ciudad, Google Maps nos indica el camino. Sea como sea, de los medios a una mediación generalizada. No que el mundo se separe, sino que el mundo es separación.

Han pasado 50 años y la cosa se ha profundizado. Jennifer Gabrys y Mark Hansen coinciden en señalar que estamos atravesando un profundo cambio en lo que entendíamos por percepción del mundo. Antes entendíamos que los seres humanos percibían la realidad y que esa percepción podía ser influenciada por los medios de comunicación. En la actualidad, señala Gabrys, hemos delegado la percepción en sensores: de temperatura, de movimiento, de localización. Lo que llamamos mundo surge de las mediciones del monitoreo de sensores distribuidos a escala planetaria. Aún más, Hansen indica que los medios de comunicación del siglo XXI intervienen a una escala temporal que no podemos percibir, en microsegundos, que solo con una nueva mediación tecnológica podemos notar. Ya no se trata de que los medios modifiquen nuestra conciencia, cambien nuestro modo de pensar o nos hagan percibir el mundo de modo diferente: en la actualidad se trata de la configuración misma del mundo en escalas que no entendemos.

Katherine Hayles ha mostrado que la mediación técnica no solo se produce en el campo de la sensibilidad o la percepción, sino en cómo se computan o procesan los datos monitoreados por sensores. Nuestro mundo se configura por la posibilidad de identificar patrones que una inteligencia humana no puede percibir. No solo la percepción, sino que la cognición surge de un conjunto de ensamblajes entre seres humanos y máquinas. Cognición significa simplemente que la interpretación de los datos para otorgarles significado y tomar decisiones surge por fuera del ser humano. No decidimos qué ruta seguir, la decide Google Maps analizando patrones que a veces desconocemos (desde obras de infraestructura hasta embotellamientos). La infraestructura material de nuestro mundo, de lo que sea nuestro mundo, surge de esa composición entre interfaz de sensores y ensamblajes cognitivos.

2.

Guy Debord sabía cosas. Muchas. Hace más de cincuenta años entendió que, si vivimos en una sociedad del espectáculo, las estrategias de pensamiento e intervención política ya no pueden ser las mismas. El pensamiento crítico hace ya mucho tiempo identificó que no se trataba de hacer entender cosas que otros no entendían, como si uno tuviera claridad sobre procesos que los otros no entienden y entonces fuera un héroe contra la falsa conciencia. Eso no existe, nunca existió. Aún menos cuando la totalidad del mundo surge de mediaciones técnicas que no controlamos. El problema político fundamental no es quién controla los medios de producción, sino quién controla los medios de cognición distribuida. ¿Qué puede significar ser crítico cuando ya no tiene sentido develar nada? ¿Qué puede ser una intervención política significativa en la actualidad?

McKenzie Wark, heredero clave de Debord, sostiene que la lucha actual se da entre quienes controlan los vectores de la información y quienes están por fuera de ellos. En la actualidad, se produce una cantidad de información que ningún ser humano puede procesar; la cantidad de tweets o reels de un día excede cualquier conciencia humana. Por eso mismo, hay una disputa por nuestra atención, una economía de la atención, donde posamos nuestra mirada o qué escuchamos. Eso no lo decidimos: los vectores por donde circula la información son controlados por plataformas que almacenan, procesan y distribuyen información. El control de esos vectores configura nuestro mundo más de lo que imaginamos, porque no solo construye nuestra realidad, sino que anticipa un futuro, moldea nuestro deseo, construye sujetos y vínculos sociales.

El pensamiento crítico estuvo mucho tiempo marcado a fuego por un sintagma: la realidad es una construcción social o cultural. Si algo es construido, puede ser deconstruido. Y la crítica entonces se ocupa de desnaturalizar sentidos heredados o cuestionar opiniones naturalizadas. Algo de eso ha dejado de funcionar cuando la mediación técnica se ha generalizado. Como el mismo Wark señala, entonces solo queda volver a la estrategia de Debord: détournement. Palabra francesa, muy francesa, que señala que se trata de desplazar o desviar los significados heredados. Más que criticar desde afuera, desplazar desde adentro. Porque nadie está fuera de esta máquina ingobernable. Reutilizar elementos de la cultura dominante para invertir su sentido y volverlos contra el sistema que los produjo. Acelerar más y mejor.

3.

Guy Debord sabía cosas. Muchas. Hace más de cincuenta años entendió que la práctica política ya no podía tener las formas habituales. El situacionismo, en la furia de las revueltas de mayo del 68, inventó todo tipo de prácticas. Carteles, ocupaciones, consejos, grafitis. Imaginación, mucha. Tiqqun y el Comité Invisible, desde fines del siglo XX, actualizaron la propuesta: ya no sociedad del espectáculo, sino sociedad cibernética. Ya no solo la imagen espectáculo, sino el gobierno de los algoritmos. Y gobernar ya no es lo que era, hoy se trata de regular flujos, gestionar riesgos, anticipar comportamientos. El poder pasa por la logística. Vivimos en una guerra civil generalizada. Entonces, otras prácticas: bloqueos de infraestructuras estratégicas, desertar de roles, producir formas de vida autónomas, construir comunas.

Sin embargo, la máquina no para, deglute todo. Mark Fisher supo señalar que vivimos en un mundo donde la totalidad del horizonte es agotada por el capitalismo por algo simple: incluso los impulsos más rupturistas son incorporados en una lógica de mercado. Debord vuelve en formato de remera de una gran marca. Los grafitis son formas de publicidad. Las técnicas de montaje, maneras de editar videos de marketing. El espíritu de ruptura con lo establecido, el modernismo de las vanguardias, sabemos que hace tiempo encontró su nicho de mercado. Debord fue uno de los nombres de una búsqueda repetida: formas de interrumpir el funcionamiento de la máquina, maneras inventivas de hacer política, tratar de diseñar una ruptura con la mediación técnica total.

Ya han transcurrido dos décadas del siglo XXI. Todavía seguimos hablando como de algo que recién empieza. El tiempo está raro, el tiempo es raro. De la caída de las torres al covid-19, al crack de 2018, a la extrema derecha. Muchas cosas o ninguna. Un siglo de cachetazos que no entendemos. Sabiendo que no hay afuera, que no tiene sentido mirar con resentimiento el tiempo presente ni imaginar la resistencia desde mundos imaginarios, solo queda mirar de frente el mundo contemporáneo y fracasar en lo que ya sabemos: buscar formas de felicidad en nuestro modo de vida, inventar organizaciones políticas a la altura del tiempo y no dejar de insistir en la pregunta por la justicia. Formas de organización que permitan disputar o producir vectores de información, encontrar maneras de llevar adelante una vida sin la ausencia de tiempo que implica la aceleración permanente, insistir en la pregunta por un mundo más justo incluso para aquellos para quienes esta pregunta no tiene sentido.

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