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La guerra híbrida no tiene canciones

Antes que filósofo y cineasta, Guy Debord se consideraba un estratega. Privilegiaba la acción y el cambio en el mundo real a cualquier expresión artística. Como otros marxistas, supo ser agudo en su crítica, súper vigente, de la sociedad del espectáculo capitalista. El consumo de imágenes guarda cierta proporcionalidad directa con la pasividad y la alienación de los espectadores. El espectáculo deviene el guardián del sueño social. Como cualquier marxista, fue torpe cuando vaticinó soluciones. Debord cierra el círculo en el exacto lugar que aborreció: integrado en el showroom de un moderno museo.

Las revoluciones y los relatos han tenido mejores épocas. Pensemos en el Irán actual: mujeres de a pie vs armas químicas y rifles subautomáticos. Con todo, desde la vitrina distópica de un gran museo, Debord sigue enviando excelentes diagnósticos: la insurgencia de masas fracasa, si no tiene una estrategia clara. El campo de batalla se ha extendido, hace rato. La guerra es menos social que híbrida: se combate en todos los frentes y dimensiones — ciberataques, desinformación, presión económica, manipulación política, sabotaje, propaganda— y los bandos se han difuminado, la guerra híbrida es todos contra todos.

Quién sí se ha ganado el mote de maestro de la estrategia no es un individuo en particular sino la especie entera, para el caso, Homo sapiens. Le bastaron solo unos miles de años —un pestañeo en tiempos geológicos— para exterminar a los neandertales, a los mamuts, a los mastodontes, a toda la megafauna de Australia y hacer pie en cada rincón del planeta. Con la ventaja evolutiva de la alta densidad cortical de sus cerebros, los Homo sapiens fueron grandes comunicadores para sí mismos. Se transmitían información cada vez más compleja y sofisticada, luego, solo restaba hacerle caso a Debord por anticipado: supieron organizarse mejor que cualquier especie. No es tan fácil matar un mamut sin una estrategia de grupo razonable.

La inteligencia es la capacidad de solucionar problemas y crear productos. Cuando menos, esa es la definición que da Gardner. Aun cuando sobre el valor en sí de la inteligencia (o hasta dónde podría crecer) solo se pueda especular, la relación histórica entre inteligencia y exterminio permite tranquilamente inferir que ahora le toca al humano correr el albur de ser exterminado por sus propias creaciones, como ser, las inteligencias artificiales omnipresentes. Yudkowsky, Bostrom, Hawking, Harari son solo algunos nombres de intelectuales que han salido a la cancha con esta camiseta.

Queda una última guerra y, quién te dice, podría también ser de exterminio. El despliegue de transistores ya consume los recursos de ciudades enteras. La complejidad de los programas de IA excede la capacidad de comprensión de los ingenieros que los diseñaron. La inteligencia podría despegar definitivamente del sustrato orgánico para evolucionar en Dios sabe dónde (si el frío de Groenlandia o la Antártida no alcanza para enfriar los centros de datos de IA, no se olviden de la órbita terrestre baja). Homo sapiens podría desaparecer apenas como efecto colateral de los insondables designios de una superinteligencia. Habrá que tener excelentes estrategias. Yo no las tengo, ¿y ud.?

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