A cuatro siglos de su publicación, Hamlet trascendió como una de las obras más influyentes e indiscutibles en la historia de la literatura. La tragedia de William Shakespeare se caracteriza por su riqueza temática, y el complejo conflicto interno del príncipe de Dinamarca mantuvo en vilo a los eruditos y críticos literarios durante décadas. El origen de Hamlet también continúa siendo objeto de debate. Una leyenda escandinava titulada Amleth, otras obras teatrales de la época e incluso el principal intérprete del autor son algunas de las fuentes de inspiración que, se deduce, habrían dado lugar al hito del teatro. Sin embargo, Maggie O´Farrel encontró en Hamlet una conexión aún más profunda con la vida personal de su creador. Valiéndose de elementos ficcionales y del realismo mágico, la escritora irlandesa convirtió una obra de venganza y locura en un escape al dolor. En 2020, O´Farrel publicó Hamnet y, cinco años después, participó en la escritura del guion para adaptar el libro a la pantalla grande, bajo la dirección de Chloé Zhao.
Pero Hamnet dista de ser un recorrido del proceso creativo de Shakespeare. De hecho, el foco no está puesto en el dramaturgo (interpretado por Paul Mescal), sino en su esposa, Agnes (Jessie Buckley). Desde una perspectiva feminista, el filme busca reivindicar la figura de una mujer que tuvo que lidiar con la crianza de sus hijos, muchas veces en ausencia del padre, y cuyo vago respaldo documental a menudo despertó más interpretaciones misóginas que otra cosa. La tragedia ya no está encarnada por el príncipe de Dinamarca, sino por una mujer profundamente conectada con la naturaleza. Sus poderes ancestrales le permiten sanar cualquier herida, bajo un rezo que se ha ido transmitiendo de generación en generación: “Tienes poder contra 3 y contra 30, tienes poder contra el veneno y contra la enfermedad. Tienes poder contra el horror que acecha la tierra”. No obstante, ningún tipo de magia podría sortear algo tan inevitable como la muerte y, aún más, algo que resulta tan poco natural como la muerte de un hijo. La escena de su partida es desgarradora, eterna, y prueba suficiente de que Buckley es más que merecedora del Óscar a Mejor Actriz. Por unos segundos, la música y los sonidos que venían acompañando a los protagonistas se paraliza. Solo queda un silencio aturdidor, seguido por el grito ahogado de Agnes como presagio del dolor que vendrá.
Hacia el tercer acto, muchos de los temas planteados en la primera parte se disuelven bajo una constante necesidad de emocionar al espectador y el pobre desarrollo de algunas situaciones o personajes deja varias preguntas. Después de la tragedia, Hamnet se sumerge de lleno en un proceso de duelo que, en palabras de Zhao, “no se puede medir, no tiene bordes y, sin embargo, tiene muchos colores”. De un lado, una madre que no encuentra consuelo y, del otro, un padre que se le aparece como indiferente, pero que también sufre. La cuestión está en cómo canalizar la tristeza. Hamnet (Jacobi Jupe) murió a los 11 años, presuntamente víctima de la peste bubónica. Unos años después, nació Hamlet. Para muchos será una mera coincidencia, pero, para O´Farrel y Zhao, la obra cúlmine de Shakespeare es una forma de procesar la muerte. En un relato íntimo, Hamnet demuestra que, cuando el dolor muta en arte, el duelo deja de ser una experiencia en soledad y se convierte en un espacio de memoria colectiva.
Hamnet está nominada a 8 categorías en los Premios Óscar, incluida Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Actriz para Jessie Buckley.
Hamnet está disponible en cines.
