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Argentina en su laberinto

La economía argentina transita, bajo la presidencia de Javier Milei, una etapa que remite a la lógica de un laberinto: se adoptan decisiones que corrigen desequilibrios inmediatos, pero cuyo encadenamiento no termina de configurar un sendero autosustentable en el tiempo.

En materia económica y financiera se observa una secuencia de decisiones que parecen adoptarse de manera reactiva, en función de los efectos que va generando cada medida previa, más que como parte de un programa integral previamente definido. Así, se va configurando una dinámica de ajustes sucesivos que transmite cierta improvisación estratégica.

Lo que no termina de percibirse con claridad es un esquema general capaz de auto sustentarse en el tiempo sin requerir modificaciones constantes para compensar desajustes previamente inducidos.

El dilema macroeconómico

El programa muestra consistencia en su objetivo primario —reducir la inflación y estabilizar variables macroeconómicas—, aunque persisten interrogantes sobre su viabilidad estructural y su capacidad de generar crecimiento sostenido.

El ancla cambiaria, la fuerte contracción de la oferta monetaria, las altas tasas de interés y el superávit fiscal han sido instrumentos centrales para contener la inflación.

Sin embargo, esta estrategia tiene efectos colaterales conocidos: apreciación cambiaria, presión sobre la balanza de pagos, incentivos a las importaciones y tensiones sobre la producción y el empleo local. La estabilidad nominal, en ese contexto, puede convivir con una economía real estancada y con malestar social creciente. La pregunta es por cuanto tiempo. O también hasta cuando la sociedad esta dispuesta a seguir pagando el costo del ajuste que ni remotamente lo pago ninguna casta. Ni la anterior ni la actual.

La alternativa tampoco está exenta de costos. Una política orientada a fortalecer reservas mediante mayor emisión puede aliviar el atraso del tipo de cambio y favorecer a sectores transables, pero reintroduce el riesgo inflacionario si no se acompaña de un aumento equivalente en la oferta de bienes.

Argentina vuelve así a enfrentar su dilema clásico: cómo estabilizar sin asfixiar, y cómo crecer sin desanclar expectativas. El problema de fondo no reside en cada medida aislada, sino en la dificultad para articular un esquema integral que permita salir de esta dinámica pendular.

Discurso político y fragilidad narrativa

A la complejidad económica se suma la disputa política. Desde la oposición se plantea que la estabilidad cambiaria depende del respaldo internacional —en particular de la figura de Donald Trump— y que un eventual cambio en el escenario político estadounidense podría desestabilizar el programa.

Esta hipótesis convive con la expectativa de que ese mismo giro externo debilite al oficialismo y facilite un recambio político. En una flagrante contradicción consigo mismo, la oposición cuestiona la dependencia del gobierno con Trump mientras pareciera que ellos también dependen de Trump (su derrota) para volver al poder.

Por su parte, el gobierno no ha logrado construir un argumento lo suficientemente sólido como para despejar esas dudas en un sector significativo del electorado.

La política oficial no termina de demostrar, con fundamentos técnicos y políticos consistentes, que la estabilidad alcanzada y la sustentabilidad del modelo no dependen de quién gobierne en Estados Unidos ni de coyunturas externas transitorias. Mientras esa garantía no sea creíble, la percepción de fragilidad seguirá condicionando la confianza.

A ello se suman errores no forzados y declaraciones desafortunadas que no solo profundizan la sensación de improvisación y deterioran la credibilidad oficial —el caso Libra, el episodio vinculado a ANDIS, la creación de una oficina para responder a supuestas “fake news”— sino que erosionan también el discurso “anti-casta” que fue central para ganar las elecciones y consolidar el apoyo social. Porque en los hechos demuestra que no eliminó a la casta, sino que reemplazó a una casta por otra.

Así también comienza a agotarse la estrategia retórica de descalificar al adversario mediante categorías simplificadoras. La idea de “casta” funcionó como herramienta electoral eficaz, pero en el ejercicio del poder se enfrenta a una prueba inevitable: toda élite gobernante puede ser sometida al mismo prisma crítico, lo que termina siendo un arma de doble filo. Este es el riesgo de utilizar los adjetivos a conveniencia. Es casta cuando la elite son otros y no es casta si la elite soy yo.

Estabilidad no es horizonte

Argentina parece haber alcanzado un punto en el que la sociedad y los actores económicos demandan algo más que estabilización: necesitan certezas y un horizonte claro. La disciplina macroeconómica es una condición necesaria, pero claramente insuficiente.

El desafío no es menor. Salir del laberinto implica diseñar un camino creíble y sostenible, capaz de transformar la corrección de desequilibrios en una estrategia de desarrollo. Se requiere una narrativa que convoque no solo desde la reacción, sino desde la convicción y la perspectiva de futuro.

También supone dejar de subestimar la capacidad del pueblo argentino para asumir esfuerzos, trabajo y sacrificio, siempre que estos estén inscriptos en un proyecto colectivo serio, consistente y compartido, que combine racionalidad económica con una promesa tangible de progreso colectivo.

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