Icono del sitio TribuTV

Batido por olas, pero nunca hundido: Manuel de Falla, compositor vagabundo

1. La gravedad o de como Manuel de Falla anduvo de acá para allá

Lejos o cerca, en el noreste de la ciudad, hay una calle que corre paralela al río Suquía; más bien se podría decir que la calle en cuestión brota del río mismo, su nombre, coincide con el de un Centro cultural emplazado a orillas del Parque Sarmiento. La toponimia además de ser una competencia básica para el desplazamiento urbano, es una falla en el territorio y el tiempo, algo del pasado que insiste en el presente pero que deja una marca, indicios del cambio y la transformación, del esfuerzo y gravedad de la tradición en las formas contemporáneas de la cultura. La instancia de la nominación, no debería tomarse a la ligera, un nombre cifra un destino y compromisos, no se puede estar seguro nunca de la magnitud de efectos que puede tener un signo apelativo, bajo esta designación se fragua una identidad, un espacio común de relaciones y lejanías, de similitudes y asociaciones.

Manuel de Falla y Matheu, fue un compositor español conocido por sus obras vocales, principalmente zarzuelas y la ópera La vida breve, entre otras composiciones. Fue maestro de Rosita García Ascot, única mujer en integrar el Grupo de los Ocho, uno de los agrupamientos intelectuales más relevantes en la historia de la modernización de la música española. Puede leerse la inscripción de Falla en la historia del arte como integrante lateral y periférico de la generación del 27, ese capricho de la sincronicidad que reúne a algunos de los poetas de habla castellana más importante del siglo XX, Garcia Lorca (amigo de Manuel de Falla) y Luis Cernuda. En su expresión literaria esta es una generación que coincide con las vanguardias, los debates estéticos postrománticos, el entusiasmo político en los conflictos de su tiempo. Propondría escuchar la música de Falla con relativa cautela con respecto a esta filiación, ya que su trayectoria intelectual y musical puede entenderse más bien como resultante de complejos procesos de formación y negociación en el campo intelectual de su época, además es relativamente mayor a las figuras de la generación del 27 (la mayoría nacidos alrededor del 1900, momento en el que De Falla tiene ya 24 años). Habría que decir que un primer rasgo de Manuel de Falla es su vocación intelectual, es un compositor, es un intérprete y un docente de música; pero también desde muy temprano ejercitó la escritura en publicaciones periódicas, correspondencia y en algunos textos que hoy forman parte del Archivo Manuel de Falla, donde se expresa una voluntad de producir un sentido y una disrupción.

En Manuel de Falla hay un proyecto estético, un estado de pregunta e inquisición, de curiosidad. Lo que nos lleva a un segundo rasgo es su carácter vagabundo, el compositor español nacido en Cádiz, vivió en Madrid, París, Granada, Buenos Aires, Villa Carlos Paz y Alta Gracia. Es probable que cada viaje haya sido acompañado de una intensa socialización artístico-intelectual y emprendimientos al estudio y desarrollo de inquietudes musicales que ayudarán a dinamizar la obra de Manuel de Falla. Es conocida su relación con las principales figuras de la época, Piccaso (que además de hacer un retrato del compositor, confeccionó decorados y vestuarios para El sombrero de tres picos), Stravinsky, Debussy, entre tantos.

Era la misión del siglo, pero le tocó a un puñado de nombres que se mencionan en estas líneas, abrir fuego contra el mundo conocido, renovar el lenguaje expresivo de un canon que apenas ha logrado establecerse, ir contra el marco y la norma de su tiempo. Podrían haber si otros nombres, pero lo que tienen en común Stravinsky, Debussy y Manuel de Falla es la necesidad de agotar las formas musicales de su tiempo, quizás les tocó sin saberlo, ser la última generación en la que las viejas herramientas conceptuales del arte -la diferencia entre lo mayor y lo menor, lo bajo y lo alto, lo popular y lo académico, el centro y la periferia- tuvieran algún sentido, fueron estos los últimos que se embarcaron antes de que las brújulas siguieron la seducción magnética de un curso claro.

2. La gracia o de cómo recibieron a nuestro héroe en Francia y le dieron algunos consejos

Por extensión, capricho y afinidad, me gustaría detenerme en los años franceses de Manuel de Falla, a los que supongo como días de entusiasmo, sorpresa, felicidad. Tiene apenas 31 cuando llega a Francia. Le falta componer sus obras fundamentales: La vida breve, El amor brujo, Noches en los jardines de España.

Durante siete años, entre 1907 y 1914, Manuel de Falla vivió en París, la ciudad luz, aquella que lleva por lema: "Fluctuat nec mergitur" o "Batida por las olas, pero no hundida", frase romántica para una ciudad que está a dos horas en tren desde la costa marítima más cercana, pero que quizás muestre cierta similitud con el estado de ánimo del compositor. De niño había estudiado francés, hasta tenía un tío artista que vivía en París, el pintor Pedro Matheu. Como escribió Walter Benjamin, París fue la capital del siglo XIX, y quizás fue el epicentro de la cultura occidental hasta la segunda guerra mundial, a partir de entonces la bohemia se siente más a gusto en Nueva York. Eso no le quita su atracción, su carácter mítico. Al momento de viajar De Falla, París es la ciudad del arte, si algo pasaba en la música debería nacer de ahí.

De estos años se destacan las visitas y colaboraciones de Manuel de Falla con Claude Debussy. Según una página manuscrita conservada en el Archivo Manuel de Falla, el 10 de octubre de 1911, Debussy le ofreció al compositor español algunos consejos y observaciones sobre La vida breve. Años antes, en ocasión de que Manuel interpretará las Danzas de Debussy en el Teatro de la Comedia de Madrid, pidió su guía como compositor de la pieza en cuestión, este respondió: “Lo mejor, a mi parecer, es que siga usted su sentimiento personal. El color de las dos danzas me parece netamente contrastado. Hay que encontrar algo en el encadenamiento de la gravedad de la primera con la gracia de la segunda”. Quizás lo que está diciendo Debussy aquí es de lo más común, un argumento a favor del equilibrio entre las fuerzas de tensión y distensión del sonido que componen una obra musical, un comentario de perogrullo que se escuda en una defensa en última instancia del intérprete, más producto de la vagancia que de la humildad del compositor.

Sin embargo, quisiera creer que hay en esa frase algo más fundamental. Pienso en un comentario al pasar de Simone Weil en La gravedad y la gracia: “El movimiento descendente, espejo de la gracia, es la esencia de toda música. Lo demás sólo sirve para encajonarla. La subida de las notas es subida meramente sensible. Su descenso es descenso sensible y subida espiritual. Ahí se encuentra el paraíso que todo ser anhela: que la pendiente de la naturaleza propicie la subida hacia el bien.”

Entre la gravedad y la gracia, entre la fuerza que nos lleva a los graves y el descenso del alma y esa otra iluminación que asciende, ese subir y bajar en el pentagrama, de las notas más bajas a la izquierda del teclado a las de la derecha, puede parecer obvio, pero de esa transformación se trata la música. Puede ser fácil olvidarlo, pero la música es un fenómeno terrestre, geológico, se trata de esculpir o erosionar el soporte material de nuestro mundo, indagar en sus fallas, llegar al nivel exacto de profundidad o superficialidad que necesita nuestra vida.

Cada artista encuentra una forma de trabajar la gravedad y la gracia, quizás Manuel de Falla necesito su encuentro con Debussy como maestro para encontrar una salida al laberinto, quizás componer música no se tanto una creación como quien hace la luz ahí donde había oscuridad, sino más bien como quien siempre en la noche discurre por largos pasillo inescrutables, buscando algo desconocido, apenas con las manos contra la pared, siguiendo una salida. La música se suele encontrar antes que componer, una cadencia habilita un pasaje, una salida, una nota que antes no estaba, una modulación que le da nuevo sabor a la canción, y eso emerge más que del genio, de la gracia, y cuando no, cae del propio peso de la gravedad.

Un mes y dos días después de la muerte de Debussy el Ateneo de Madrid organizó un concierto en honor al compositor francés, el 27 de abril de 1918, Manuel de Falla además de tocar el piano dió una conferencia "El arte profundo de Claudio Debussy".

El filósofo y músico, Antonio Narejos Bernabéu al revisar los años franceses de Manuel de Falla, piensa que lo que encontró el compositor español en Debussy y el ambiente intelectual parisino, no fue más que lo que ya tenía: el nacionalismo musical y el imaginario folklórico de su tierra. En el homenaje en Madrid por la muerte del francés, declaró Manuel de Fallo: “Mi homenaje es humilde, pero ¡con cuán sincera emoción lo rindo a su memoria! Dígnese recogerlo su patria, la noble y gloriosa Francia, y nosotros, españoles, no olvidemos que el gran artista también nos pertenece en cierto modo. Pensemos con noble orgullo que fue un latino, uno de los nuestros, de esta gran familia de raza inmortal e invencible”. Hay algo de misterio en este intento de apropiación y reordenamiento del canon o la tradición musical, algo de fuerza y de apuesta interpretativa, algo de manipulación, algo de arte en pensar que Debussy es propiedad española, y no del mundo, de la modernidad o de Francia. Manuel de Falla encontró lo que le era más propio lejos de su tierra, lo francés en lo español, prodigio de lo impensando. En Francia también De Falla conoció a Stravinsky, compositor ruso al que después le presentaría su discípula Rosita García Ascot. Fue maestro y estudiante en Francia, fue por agotamiento del medio español, pero allí no encontró más que la forma de encauzar y resolver el nacionalismo español musical, tal como lo había trabajado Debussy. Pienso en unos versos de Charly Garcia: “¿Por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá?/Nos quedamos por tener fe, nos fuimos por amar/Ganamos algo y algo se fue; algunos hijos son padres/Y algunas huellas ya son la piel”.

Por otro lado, la colectividad o la reunión en torno a lo “latino”, y no el horizonte nacional, es una operación en la cual De Falla inscribe un terreno común entre el francés y él mismo. Debussy no conoció España de primera mano -solo pudo estar algunas horas en San Sebastián para una corrida de toros, quizás ahí recibió a toda España de un solo golpe de vista y coraje, una tarde de soledad que lo inspiró a componer Nous venions de voir le taureau, una canción que dedicó a Marie-Blanche Vasnier-, pudo ver algún cuadro y probablemente Manuel de Falla se la describió con ese amor alucinado que embellece hasta los detalles más superficiales, que da nobleza a los contornos más pedestres. Sin embargo, es evidente que al menos el imaginario de España está en algunas de Debussy, se pueden citar algunos nombres de composiciones que evocan esta tierra: Para les rues et par les chemins, Les parfums de la Nuit de Iberia, La puerta del vino, Soirée dans Grenade. Debussy tomó inspiración del universo mítico greco-romano, de su propia vida cotidiana, de la fantasía, de la religión. En términos musicales es probable que algunas danzas o la música religiosa hubieran impreso cierta retórica musical común tanto en lo conocido por Debussy como por la amada música española de De Falla.

(Excede a todos nuestros fines, pero habría que exponer la cuestión sobre eso que se llama música nacional y latina, si es posible identificar rasgos estéticos comunes por un criterio nacional -¿geográfico, político, imaginario?-, ¿de qué materia extraña y poderosa están hechas las naciones?, nada es menos evidente que la existencia de una nación, y una música. Toda nación y toda música existe por que se hace oír. Y sin embargo, la música tiene tanto de antropológico, de ancestral, de eterno sonido que atraviesa todo lo viviente, más cercana al espíritu que a cualquier tipo de organización política, más del orden de la necesidad que de la contingencia. Y sin embargo no podríamos pensar gran parte del mundo musical moderno los folclorismos y nacionalismos que atravesaron como una discusión estético-política fundamental a Chopin y a Ginastera, a Manuel de Falla y también a Stravinsky. Por otro lado, a veces creo que se piensa con una confusión de causa y consecuencia, no es la nación la que compone música, es la música la que da forma a la nación.)

Al final de su vida, Manuel de Falla, llega a Córdoba y buscando el clima seco por su estado de salud delicado, como el Che Guevara, vive una temporada en Alta Gracia. En este mediterráneo del sur del mundo vivió, y hasta parece que fue feliz, hay quien dice que busco en las sierras y lagos de nuestra provincia algo que se asemejara a su Cádiz natal. La estrategia siempre es la misma: Irse como quien regresa, regresar yéndose.

Salir de la versión móvil