Córdoba

Lorca y Falla en Granada

La ciudad era antigua y hermosa, generaciones de cristaleras y plazas cerradas, tabernas viejas y cargadas de tabaco rancio y sueños detenidos. Dos ríos, Darro y Genil, como angostas venas que no van a dar en la mar, que es el morir. Era Granada y el siglo XX era joven y soñaba con un mundo distinto.

Hacia 1920 Falla era un compositor consagrado; Lorca, un jovencísimo poeta. Tal vez coincidieron en la tertulia del Café Alameda una noche platinoche, noche que noche, nochera; pero si el espacio y la hora son solo razonable conjetura, el seguro punto de encuentro fue una afinidad estética: el culto a la intensidad como único baremo del arte.

Su relación se hizo estrecha por otras ‘proximidades’: más allá de las mitologías y las poéticas instintivas, de la inspiración y la genialidad, la lección primera de estos dos maestros fue el amor por el oficio. Y el amor al oficio es una forma de ética.

Desde esta cima de oficiantes, austero y disciplinado el músico, desbordante y vitalista el poeta, ambos abrazaron al Cante Jondo andaluz con pasión inteligente y sin confundir pureza con puritanismo.

El resultado de esa alianza estética fue el Concurso de Cante Jondo de Granada de 1922. No se trató de un festival de tantos: fue una operación de “rescate cultural” destinada a salvar el aura del Cante Jondo (el cante primitivo, puro y trágico) de lo que ellos llamaban el "flamenquismo" plagado de espectacularidad superficial. Lo cierto es que después de la reivindicación enérgica del género que el encuentro supuso, y la ‘bendición’ de un músico de la trascendencia de Falla, los anti-jondistas quedaron obligados a iniciar un aprendizaje o callar para siempre: el Concurso redimió al cante de la frivolidad o del desprecio.

La convocatoria fue en los días del Corpus, en la Plaza de los Aljibes de la Alhambra. El antiguo “lugar del agua” que mira al Albaicín y el Sacromonte, fue el enclave que operaba como garante de la esteticidad granadina del encuentro diseñado por los organizadores. No estaban solos Lorca y de Falla; también participaron Joaquín Turina, Fernando de los Ríos, Juan Ramón Jiménez, Alfonso Reyes, Manuel Ángeles Ortiz, Ramón Pérez de Ayala, Ignacio Zuloaga, el torero Ignacio Sánchez Mejías, y un largo etcétera. Invitados fueron Ígor Stravinski y Maurice Ravel, pero los menguados aportes del municipio granadino impidieron sus traslados.

A Manuel Ángeles Ortiz, gran amigo de Federico y discípulo de Picasso, le tocó diseñar un cartel que rompió con la estética costumbrista al uso. Su diseño quedó como legado de la gráfica de la Generación del 27 y generó el nombre de “cubismo jondo” atribuido a esa etapa de su producción.

Para asegurar la "pureza", los organizadores pusieron reglas estrictas: solo podían participar aficionados, para evitar los "vicios" de los cantaores de moda, y con el mismo objetivo, la incontaminación, los participantes debían ser menores de 13 años y mayores de 70. Este curioso intento por preservar los valores de la tradición, permitió premiar a Diego Bermúdez "El Tenazas", un viejo cantaor de 68 años que caminó kilómetros desde Puente Genil hasta Granada para cantar y al casi niño Manolo Caracol, de solo 12 años, que con el tiempo sería leyenda del cante andaluz.

García Lorca le puso la voz y la palabra a la prolija organización manuelfallera:

Vean ustedes, señores, la trascendencia que tiene el cante jondo y qué acierto tan grande el que tuvo nuestro pueblo al llamarlo así. Es hondo, verdaderamente hondo, más que todos los pozos y todos los mares que rodean al mundo, mucho más hondo que el corazón actual que lo crea y la voz que lo canta, porque es casi infinito. Viene de razas lejanas, atravesando el cementerio de los años y las frondas de los vientos marchitos. Viene del primer llanto y del primer beso.

El Concurso de Cante Jondo actuó como un acontecimiento generacional, como un coágulo cultural y artístico, pero además, como una matriz de programas estéticos que se desplegaron a lo largo del tiempo en la trayectoria de muchos de los involucrados y, fundamentalmente, en las de Lorca y Falla.

El poeta granadino desarrolló a partir de ese momento su visión de la Andalucía del “estupor trágico”, frente al imaginario de la tierra alegre de “charanga y pandereta”. Presentimiento, conciencia de la muerte y de la tragicidad esencial de la vida campean en sus libros de poemas previos al giro surrealista: Poema del Cante Jondo y Romancero Gitano y en su célebre conferencia Teoría y juego del duende en la que desarrolla ampliamente y con belleza extremada un modo de crear poético donde la oscuridad se impone a la luz.

Y Manuel Torre, el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido, dijo, escuchando al propio Falla su Nocturno del Generalife, esta espléndida frase: “Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende” Y no hay verdad más grande.

El duende de Lorca se define como el poder oscuro contra el que el artista lucha, no es cuestión de saber ni de técnica, sino de sangre y de viejísima cultura. El “grito degollado” de la siguiriya, es duende en estado puro.

Lorca, como también Falla, fueron penetrados por la tradición situada en un escenario geográfico y social e interpretada por sus protagonistas reales. A partir de allí, habrán de reelaborar y estilizar lo tradicional, a partir de un intencional proceso de intensificación emotiva. “La vieja vida, en orden tuyo y nuevo” como decía aquel verso de Machado.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba