Del amor como origen y final
-si lo piensa bien, seguro entiende lo que digo. Escribir es desnudarse,
y es una metáfora muy válida esa-
-no sé, yo creo que es más bien vestirse usando las palabras, porque a pesar de hablar de cosas muy íntimas por momentos, por ejemplo el caso de Hemingway, los escritores en general se esconden y nunca dicen lo que piensan,
como todo el mundo!!-
-el tema es que, decir todo lo que uno piensa es imposible Daniel, la lengua, los discursos, el tiempo, todo eso funciona como una limitación constitutiva de cualquier tipo de expresión artística, el asunto es tratar de ver qué hace cada uno con eso…en todo caso…algunos se visten…y otros…-
-podría ser, pero sigo creyendo que estima demasiado a los de nuestro gremio amigo mío, y no puede dejar de verlos como excepciones de determinaciones sociales, que, por otra parte, ya funcionan para todos los demás…-
-yo digo, si es bueno el escritor, se desviste, en cambio el mediocre se viste,
no cree?-
-no sé, yo cuando me desvisto estoy seguro de que a mi mujer le gusta algo
que al resto seguramente le repugnaría, por eso estoy con ella y ahí vive el amor, si me permite la expresión, ahora, hacer de eso una regla para determinar supuestas
virtudes literarias…-
-puede ser, a lo mejor hay que escribir como sea: vestido, desnudo, cagando, meando, para pelear o conformar, vivir o morir, después de todo es lo que hacemos-
Está por verse, siempre, si después de haber hablado, o, mejor dicho, escrito de tantas cosas, vale la pena meterse con el amor. A lo mejor, como dicen en el pueblo, podría empezar con esto y terminar con cualquier otra cosa, sobre todo ahora que el editor parece ablandado con las imposiciones, inconvenientemente necesarias, con que nos ata a sus deseos, y esto por: probables dulzuras y relajaciones veraniegas encontradas luego de volver de vacaciones agitadas, que lo cambiaron para siempre por muchas cuestiones, o algún resultado que estima estar consiguiendo, aunque nunca sabremos qué lazo con la realidad -o voluntad- ajusta esta aparente certeza. De cualquier forma (me encanta esta transición), el tiempo es óptimo y siempre hay otro vicio para despuntar.
Al modo de tantas otras (importantes), nuestra idea del amor se cocina en esencia en el perpetuamente imponente horno platónico, que hace del conjunto de ellas, la única cosa que habilita conocerse como “verdad”. Esto en el marco de una existencia humana, traicionada por la debilidad de degradarse en copias subsecuentes de esta totalidad primera, genuina, huidiza, al modo de sellos sucios, que dibujan cada vez menos, precisamente de lo que más se necesita para hallar la plenitud de su consecución.
En este sistema el amor es una idea de la que las cosas participan, impulsándolas a unirse y conjugar su ser (realizarse): como función, con los objetos que la llevan adelante, completándolos y dándoles una identidad reconocible; O atracción, por ejemplo, de la hembra con su macho, resultando en el prodigio imprescindible de la fecundación que perpetúa el mundo, abonando la existencia del trabajo y todas sus posibilidades.
Dejando de lado la reflexión de si uno es poseído por el amor o en cambio posee al bien amado, cuestión espinosa hasta para su propio creador, lo que me interesa destacar particularmente es la cualidad integradora que reviste. Trasuntada sobre todo a propósito de la filosofía neoplatónica, que retoma este concepto en los orígenes del cristianismo, para dar cuenta de la afinidad natural que las cosas, los entes, mantienen con su creador, el donante de su ser, fuente y garante último de todo bien y hermosura.
Así, probablemente no sería del todo arriesgado suponer que el concepto de amor formó una parte significativa del edificio teológico construido nada menos que por uno de los ensayos más colosales, desde el punto de vista histórico, improvisado por la cultura occidental, llegando desde allí hasta nuestros días en un camino ahíto de cruces impredecibles.
Una película trata muy especialmente esta traducción actual de la idea que perseguimos, y su empresa discursiva, en lo metodológico, es curiosamente similar a la inaugurada por uno de los filósofos precisamente más destacados del neoplatonismo hace mil quinientos años: El pseudo Dionisio y su vía apofática. Esta estrategia, impone la descripción de algo absoluto partiendo de lo que no es, o que niega contrariándolo en sus atributos, en el caso del corpus Dionisiaco: el Dios eternamente inefable, en el Crash, de David Cronenberg: el Amor en su sentido más integrador.
Si la noción de participación en un conjunto de ideas impulsada por la comunicación amorosa, integra el naciente universo cristiano del siglo V, el anuncio de su desaparición es síntoma de una forma distinta de aglutinamiento al borde del XXI y Cronenberg, secundado por J.G.Ballard en la inspiración, ofician de virtuosos cronistas de este proceso plagado de cataclismos individuales y colectivos. Si Dionisio reafirma la trascendencia Divina, negándose a referirla positivamente, y manteniéndola rodeada de un conveniente halo de misterio (no se puede explicar la causa de aquello que no es estrictamente, sino causa de todo), Crash, despliega toda una batería abrumadora de recursos expresivos e iconográficos, en una iconología dispuesta a exponer sin reparo alguno cómo puede compactarse una sociedad en que el amor ya no existe.
Allí, los puntos de unión y agencias sociales, se encuentran condicionados inexorablemente por trayectos de autopistas interminables e intimidantes, los vínculos revisten la fugacidad – y violencia- de un choque entre automóviles, la belleza queda configurada a través de la glorificación de penetraciones extremas desde esta totalidad (una metáfora que el director ya maneja con maestría, exponiendo algo así como el núcleo duro de su apuesta estética y poética), sobre cuerpos tan desposeídos de niveles mínimos de deseo por el otro, como para declinar resignadamente aspirar a orgasmos emancipatorios o afirmadores de identidades, factibles de superar la que ofrecen –o imponen- ubicuos medios de comunicación, que alternan recursos entre el ruido estridente, narrativa pornográfica y la manipulación política más abominable.
Es este un mundo marcado por temporalidades exasperantemente múltiples que ordenan obsesiones encadenadas sin pausa, y todo adquiere una textura confusa, a resultas de la incapacidad de separar presentes de futuros, confundiendo permanentemente realidades con deseos que desvarían entre frustraciones paralizantes, incertidumbres aniquiladoras y exploración fanática de fronteras donde todo cuidado desaparece, la explotación de uno mismo se impone, y la muerte arriba finalmente como consecuencia de las eventualidades más ridículamente impredecibles.
Al final, solo queda un interrogante para un espectador atento, la especulación sobre el género posible de esta obra casi inclasificable en aquellos términos: ciencia ficción, documental biográfico, película pornográfica, parodia política, cine de terror, thriller psicológico, o la combinatoria de un poco de todo aquello, algo para lo que positivamente el director demuestra una habilidad probada. En todo caso, la mirada que elijamos para interpretar una performance tan desafiantemente necesaria como Crash, mide nuestra capacidad cierta para ubicar nociones de amor ya extintas, en el erial de mundo que representa por eso mismo.