Del perdido tiempo perdido y la memoria al toque
I.
Decir que En busca del tiempo perdido es un libro sobre el cuerpo, sería al mismo tiempo una exageración y una reducción. Entonces diremos eso, que la Recherche no es otra cosa sino un gran libro sobre el cuerpo, pero sobre la conformación del cuerpo en una época que ha dejado de ser la nuestra. Hemos perdido a Proust, hemos perdido la búsqueda del tiempo perdido.
Es que convertirse en un clásico a veces significa ganar en fama y renombre, y perder en lectores y lecturas. También significa que el propio tiempo, el tiempo del libro, depende del tiempo en el que es leído, y no todo tiempo es el tiempo de un clásico hasta que algún evento, o alguna reconfiguración resignifica ese clásico para su tiempo presente. Hasta algo de lo real se toca con el cuerpo del libro. Estamos allí, entre la pérdida y el tiempo.
II.
Lo comparemos –arbitraria e injustamente, como toda comparación– con otro clásico europeo publicado una década posterior al primer volumen de En busca… – Por el camino de Swan– también en Francia: Ulises de James Joyce. Es capricho, sí, pero también es dato editorial, sobre todo para nuestra lengua ya que tanto el Ulises como En busca del tiempo perdido fueron ambos publicados con un año de diferencia por Santiago Rueda en 1945 y 1944-47 respectivamente, hermanando esos libros en su recepción local.
En términos más generales, los datos dicen que En busca del tiempo perdido vende unos miles de ejemplares por año, sobre todo en Europa y Canadá, es decir, sobre todo en el ámbito francófono. El no tan confiable índice de Hawking –que mide cuanto se lee en promedio un libro antes de ser abandonado– lo ubica entre los libros menos terminados. En los últimos años, junto con el hallazgo y publicación de Los setenta y cinco folios como los necesarios prolegómenos a los siete volúmenes de la Recherche…, y las nuevas traducciones y ediciones que prepara Alfaguara y traduce Mercedes López Ballesteros (nieta de Luis, traductor de Freud), las ventas y los estudios académicos tuvieron un leve aumento. Su contrincante, ese que elegimos arbitrariamente como tal, vende, por su parte, cien mil ejemplares solo en EE.UU. En los últimos diez años la diferencia se acrecienta. El Ulises trepa en las columnas de libros más vendidos, sobre todo por el centenario de su publicación (2022) y la difusión del Bloomsday (16 de junio) como evento cultural; y en nuestro idioma cuenta con al menos dos nuevas traducciones, la de Zabaloy y la de Costa Picaso. También sube en las columnas del (no tan confiable) índice de Hawking como el libro más comprado y menos terminado o leído del mundo.
III.
Pero esta comparación de mercado editorial es un poco anecdótica en cuanto a la tesis que sostenemos: “hemos perdido el tiempo perdido (y el recobrado)”. En busca del tiempo perdido implica un desafío que nuestra misma época desafía. No solo el infatigable hecho de sus miles de páginas (cerca de 3000) que supondrían una atención constante durante horas y horas de lectura, tiempo que “perdemos” en favor de sostener condiciones de vida y de consumo que abarcan la totalidad del ocio y la diletancia. Compite también con la memoria digital. Y no, como podríamos suponer, a partir del uso extendido de las pantallas y el tiempo de trabajo-consumo que también suponen, si no a partir del modo en el cual la memoria se torna algo todo el tiempo recobrado, sin posibilidad de pérdida, atrapando el cuerpo en una mirada fascinada y vacía. Volveremos enseguida sobre esto.
En otro sentido, podríamos decir que Proust se inscribe dentro de un paradigma freudiano clásico. De hecho la publicación del primer tomo de la Recherche es contemporáneo a textos de Freud como “Un recuerdo infantil de Leonardo Davinci”, y toda una teoría de la memoria como inscripción, huella, pattern, luego desfigurada por medio de procesos inconscientes. El análisis freudiano, en cierto sentido, operaría como un dispositivo de “búsqueda del tiempo perdido”, de las memorias perdidas y desfiguradas entre recuerdos encubridores y fantasías inconscientes. La evocación memoriosa se induce a través de una asociación libre, que impulsa el racconto de vivencias, afectos y representaciones y las encadena en una suerte de novela, de ficción que luego podrá desmontarse en sus estructuras fundamentales.
La evocación freudiana parte de una premisa lograda con el tiempo y la investigación del infatigable analista: el origen, el ombligo de la memoria, está irrevocablemente perdido. Como escribe Klossowski en su intervención sobre Proust, la memoria es una suerte de simulacro que se monta sobre ese origen perdido y se detienen en diversas intensidades que se evocan azarosamente en una suerte de narcosis de la cual hasta el mismo lector participa. Así, el último tomo de la Recherche – El tiempo recobrado– el retorno después de la guerra y el encuentro con la vejez, impulsan a la obra, a la escritura, como una recuperación que no es la del origen sino de la escritura misma como la posibilidad de darse un cuerpo. Una especie de vuelta al comienzo, o círculo cuyo punto de llegada coincide con su lugar de salida.
IV.
Por esto mismo, Barthes dice que “Es sabido que En busca del tiempo perdido es la historia de una escritura”, del comienzo de una escritura. Agregaríamos, como ya dijimos, que también es la historia de un cuerpo, de las marcas y huellas que lo constituyen. Un cuerpo, el de Proust, atravesado por el asma, la enfermedad, la guerra, etc. La escritura recobra ese cuerpo, le insufla un poco de aire. Como sea, es un cuerpo atravesado por la pérdida y la búsqueda de ese reencuentro libidinal con la escritura.
Mientras el cuerpo de Proust, cuerpo mortificado, se recobra en la escritura, el cuerpo de Joyce, cae en ella, y la hace caer. Es conocida la escena del Retrato del artista adolescente donde el personaje alter ego de Joyce recibe una golpiza y en lugar de sufrir por ella, y detenerse en los efectos simbólicos, deja caer su cuerpo como una cáscara. Se libera de él, liberando así también a la escritura de sus ataduras memoriosas. Si la Recherche es un libro sobre la perdida y el intento memorioso de recobrar la memoria corporal, el Ulises es un libro sobre la caída del cuerpo en la lengua y su contingencia.
V.
Ese movimiento es quizás, más propio de nuestra época que el diletantismo de nuestro querido Proust. Si hemos perdido Proust es porque un poco hemos perdido ese cuerpo de las marcas, las huellas y las evocaciones. Pero también porque hemos perdido la pérdida como condición de posibilidad de una memoria que se activa involuntariamente al paso de la percepción actual.
El tiempo vertiginoso del presente no acepta la pérdida como condición. Google, Onedrive, las redes sociales, suplirían de una forma nefasta la famosa magdalena de Proust trayendo para él fechas de cumpleaños, fotografías, y hasta harían una “foto dinámica” de Albertine empujando su bicicleta por la playa. Albertine dormida, Albertine etiquetada en un álbum en la nube. En una época que no puede perder, que ha perdido la perdida lo que impera es una presencia agobiante del pasado, sin la posibilidad de deformar, de encubrir, y mucho menos de recobrar.
Si hoy leemos a Proust luego de cien de años y sus miles de páginas, aunque parcialmente, aunque fragmentariamente, podemos creer, aceptando el engaño, que no hacemos ni más ni menos que un acto de resistencia frente a esa falsa y acosadora memoria a la que nos condenan las pantallas.