El hueso y la lluvia: Tras los ecos de Proust y Chopin
1.
“En cuanto leía a un escritor, distinguía muy pronto bajo las palabras la tonada de la canción, que es diferente en cada autor a la que existe en los demás, y leyendo, sin darme cuenta, la canturreaba, aceleraba las notas, las moderaba, o las interrumpía, para señalar su compás y su repetición, como se hace cuando se canta, y se espera a veces mucho tiempo según el compás de la música, antes de pronunciar el final de una palabra” (Marcel Proust, Ensayos literarios).
Durante mucho tiempo, estuvo despertándose tarde. A veces apenas había cerrado sus ojos, algo que lo inquietaba por dentro de manera tan tumultuosa que ni el cansancio lo detenía: “Tengo que encontrar ese libro”. Volvió a revisar las cajas, esa fragmentada biblioteca de su antiguo domicilio, y a pesar de su olfato y pericia, no pudo encontrar ese libro perdido. Recordó los momentos traumáticos —más para todo taurino, terco, pero antes que nada fiel a la durabilidad de los contratos, sobre todo los comerciales, como el de alquiler que tuvo que rescindir por fuerzas del misterio de la economía que lo llevó a recalar en la casa de su hermana— en que embaló esa clase de objetos eróticos, toscos y malvados en que se transforman los textos en una mudanza; toda su sensualidad material, que los hace preferibles a la necia digitalidad de los ebooks, se trastoca en maldición china a la hora de trasladarlos; la ley de la gravedad aplasta con todo a la ley del deseo y la conservación. Ahí fue cuando se desprendió de los más aburridos, de los que no le pertenecían, de los que ya se resignó alguna vez a leer, y ahora, en ese momento de cavilación, teme haber entregado a nuevos inquilinos, a una barranca sinuosa en la que el camión de la mudanza dobló acelerado y repentinamente en una curva, ese tesoro que ahora le fulge como vital, como suave brisa de nicotina nocturna en el campo olfativo del adicto en recuperación que pretende confiar en su voluntad orgánica y en el telúrico miedo a la muerte que se cifra en su programa genético de sobrevivir. Ahora que no puede encontrarlo, piensa en la primera vez que lo vio y trata de reconstruir en su memoria ese flechazo de alucinada obsesión.
Terminada la escuela e imposibilitado por la precariedad de medios para el entretenimiento en las actividades extracurriculares y por la proscripción parental a la errancia extradoméstica, ante la amenaza del tiempo infinito, silencioso y solitario de las siestas del barrio, pasa su espera al reencuentro con sus padres —viajeros y aventureros, conquistadores del mundo lejano que traen entre su cansancio el ruido y la dicha, la cena y las conversaciones, las especulaciones fabulistas del mentiroso irreparable de su padre que, mientras cocina, lo educa en la moral popular e intuitiva de los sinvergüenzas verborrágicos, y los artefactos de fantasía e hipnótica melatonina narrativa que su madre le prodiga a la hora final de su día— buscando un tesoro que se oculta en su propia casa. Alguna vez encontró un arma de fuego, y por milagro o por simple aburrimiento ante la tersa estupidez del metal y los engranajes, evitó el trauma y la tragedia, pero no la catarata de reproches justificados de su madre ante la falta de discreción paterna. A él le seducen más los mapas que las espadas, prefiere las brújulas y los compases a los cañones y los garfios; además del papel —material reversible, prometedor, elástico, disponible, pero sobre todo puro y absorbente— le fascinan más los signos, las palabras, eso que está codificado. Una novela, un diccionario o enciclopedia, un manual de computación, la Biblia, apuntes del magisterio de su madre, la libreta escolar de su abuelo y el manual del curso de física y matemática que recibió en la escuela de aviación, todo es de su interés. La biblioteca se le presenta como un destino tropical paradisíaco, amenazante y seductor; su vegetación voluptuosa no obedece al inventario de las clases formadas, ya que sus mayores no forman una familia precisamente intelectual, sino un gran testimonio del placer y efectividad de la cultura de segunda mano: los clásicos adquiridos por colecciones en el quiosco de diarios y revistas. Su falta de traducciones notables, estudios críticos y ediciones cuidadosas se compensa con la proliferación de adaptaciones, resúmenes, versiones ilustradas o dirigidas a un público infantil que, en su brevedad, no pierden algo de esa cultura mayor original, sino que la desarrollan, la expanden, la estiran a otros lenguajes y lectores. Así se armó un inventario de mitologías para recordar palabra a palabra cuando, en las siestas del fin de semana, lo obligaban a dormir después del almuerzo; trataba de reproducir en su propio encierro las historias que podía recolectar en su soledad liberada a la biblioteca. Conoció las imágenes del cristianismo y la antigüedad clásica, los egipcios y los piratas, los personajes fantásticos de la narrativa inglesa del siglo XIX, los prodigios del coraje o la técnica de Verne; de adolescente evitó a Dostoievski y a Nietzsche, pero no pudo salvarse de la red de Schopenhauer —un librito de aforismos de este último le inoculó la misoginia filosófica de las mentes amargadas y androcéntricas del pensamiento universal—; también se puso a distancia considerable del policial de Agatha Christie, pendientes de su vida adulta.
2.
“Las cosas bellas que escribiremos si tenemos talento están en nosotros, indistintas, como el recuerdo de una tonada, que nos encanta sin que podamos hallar el contorno, tararearlo, ni siquiera dar una impresión cuantitativa, decir si hay pausas, o sucesión de notas rápidas." (Marcel Proust)
No podrá olvidar nunca, ni siquiera el lejano día de su muerte, ni en los meses previos en los que, antes de la vida, se despidan de su cuerpo la razón y la memoria, esas tapas color hueso que le generan la misma impresión de cuando, en plena travesura infantil, se escondió en el salón de actos de su escuela y se acercó al piano para desnudar esa fila de fascinadas teclas y martillos capaces de elaborar un milagro incandescente como los relámpagos en un camino a mitad de trayecto entre Córdoba y La Pampa, que a los oídos de su maestra no sonó más que como ruido y amonestación inminente. Recuerda ahora también el domingo en que, mientras toda su familia ampliada mantenía el breve silencio con que se celebra la llegada de los ravioles con pollo a la mesa, dijo: “Quiero que me manden a clases de piano”. Su tía fue la primera en disuadirlo; todos sus mayores fueron torturados por catequesis o malignas profesoras de piano y solfeo, que hoy sobreviven en el inconsciente de sus tíos como antiguas bravuconas del compás, el sólo evocarlas genera una reacción alérgica que inflama la yema de los dedos, endereza la espalda y produce la alucinación sonora fugaz de una escala —do, re, mi, fa, sol, la, si; escuchan en la intimidad de sus mentes—. No les va a hacer caso; la familia de su madre porta una melomanía sana, discreta pero fanática (si eso es posible), por casualidad generacional y origen económico llega a sus manos un teclado Casio, menos atemorizante que el mueble que conoció en el colegio, pero a sus fines exploratorios igual de potente; ahí su padre, al conectarlo, demostrará que, más que secuelas de conductismo sádico, recuerda de las lecciones de piano algunos paseos melódicos: lenta y segura, dramática y oceánica, ejecuta la mano derecha del Preludio en mi menor, op. 28, n.º 4 de Frédéric Chopin. Esta pieza breve es otro don que le llega por vía paterna, quizás definitivo para su propia educación sentimental; la brevedad, y quizás la modestia descarnada o la ferocidad del espíritu que respira en esa línea melódica le infunden una disposición romántica. Ese día aprendió una verdad afectiva que todavía respira con él en cada conmoción: ese motivo musical, icónico pero menor en la historia de la pianística, se impuso en su vida sensible como el modelo de la sinestesia, como el prototipo de lo que el sonido puede decir cuando lo toca ese animal tullido pero no yermo que fue el compositor polaco. Chopin es, antes que nada, un poeta. Recuerda ahora un ensayo de Proust: una escena en la que empieza a llover y el sonido de la tormenta evoca en el narrador la música de Chopin. El lugar privilegiado que tiene la música en los escenarios y el extenso inventario metafórico de Proust explica su virtuosismo estilístico, en el que se destaca la frase proteica y extendida, la sintaxis intrincada, ese laberinto de incisos y cláusulas, de engranajes gramaticales que llevan el sentido de un lado a otro, como un panadero que tiene que desarrollar el gluten a fuerza y persistencia de amasado para finalmente recibir una textura tersa, como el rostro de una estatua de mármol de Miguel Ángel. Esa lógica de los encadenamientos surge de la musicalidad, de escribir siguiendo un tono que permite la fluidez del discurso sin la relajación segura, cómoda, esperable de una cadencia resolutiva y breve.
Pero también resulta que toda la poesía, toda la escritura tiene un ritmo; esto —leer musicalmente— lo aprendió gracias a Proust, el mismo autor de ese libro perdido de tapas color hueso, títulos en cursiva, páginas de madera, y al centro un cuadro en blanco y negro en el que una chica bosteza adormecida por la lectura o revolea los ojos ante la prosa que la acompaña en un paisaje serrano y rural.
Intentó varias veces con este pequeño ladrillo de hueso y tinta. El primer intento, precoz e infantil, no superó la quincena de páginas. En la adolescencia, motivado por la escena de la adaptación cinematográfica de En el camino de Kerouac en la que Por el camino de Swann reposa en la guantera de un auto americano arrojado al desierto, llevó a cabo una segunda tentativa, apenas más exitosa que la anterior, rápidamente desilusionado al no encontrar nada que se parezca al universo beatnik que en ese tiempo representaba para él todo el vigor y el arte deseados. Tercer intento: su primer maestro, el primer escritor que conoce, le da unos consejos, le marca un sendero y unas advertencias; aun así fracasa ante el rapto de la poesía surrealista que lo aleja de la prosa moderna. Y dado que la anterior no fue la vencida, en una cuarta tentativa logra avanzar, pero siempre lo distrae algo; reconoce un estilo que le suena en otras escrituras, identifica las huellas que filósofos y críticos recogieron en ensayos canónicos para expresar ideas completamente alejadas a las del libro, empieza a ver un sistema. Proust es una pequeña universidad, un satélite de toda la cultura occidental que orbita en torno al pensamiento y las artes conocidas; o mejor, un Aleph por donde puede ver una serie infinita de relaciones de citación, parodia y referencia que pasan por medio de En busca del tiempo perdido, el túnel secreto que hay entre Alan Pauls y Gilles Deleuze, entre Schumann y Barthes, entre el tiempo y el amor. Ni aun así logró terminar ese volumen; algún día, cuando menos se lo espere y vuelva a ordenar su biblioteca cautiva en cajas, donde purgan sus libros penitentes, encontrará ese libro, llegará a la última página donde su padre anotó: “Al final, MP me pudrió con sus palabras rebuscadas, pero tiene su mérito. Junio, 1984”. No podrá más que reconocer esa impresión de lectura. Proust y Chopin son artistas fúngicos, organismos residuales que crecen a la vera de especies más llamativas, asertivas, sanas identidades del sentido a las que les son ajenas la digresión y la melancolía sin final. Sus lectores y oyentes podemos caer agotados ante la falta de sentido común que expresa esa corriente devastadora de las emociones románticas y nocturnas del pianista polaco o del narrador neurótico e incansable de En busca del tiempo perdido, pero la obra nunca se descompone. Lleva en sí una genética rara que garantiza un perpetuo estado de madurez equilibrado, lleva la fuerza vital misma. Palabras rebuscadas, una y otra vez recobradas, esas notas y palabras les dan a estos autores el lugar de eternidad que tienen en la cultura moderna.