Córdoba

Albertine: el arte de no quedarse

Albertine duerme. El Narrador la observa en silencio, como si ese cuerpo inmóvil le ofreciera por fin una tregua. Mientras duerme, Albertine no se contradice, no se escapa, no responde con evasivas. No hay gestos que interpretar ni palabras que sospechar.

La escena pertenece a En busca del tiempo perdido, la gran novela en siete tomos de Marcel Proust publicada entre 1913 y 1927. Albertine aparece con centralidad en el quinto volumen, La prisionera (La Prisonnière, 1923), donde el narrador -–que comparte rasgos biográficos con el autor y a menudo es llamado Marcel por la crítica— convive con ella en París. Allí se repiten con una insistencia inquietante estas escenas nocturnas: Albertine dormida es el único momento en que el amante cree tenerla. El ciclo continuará con Albertine desaparecida (Albertine disparue o La Fugitive), donde la pérdida reorganiza retrospectivamente el deseo.

No es una escena tierna. Es una escena de alivio. Dormida, Albertine —la prisionera, la Prisonnière— deja de ser un problema. Deja de moverse, de desear por fuera del narrador, de existir como una incógnita. Su descanso es, para él, una forma de control. Lo que Proust pone en juego no es una intimidad amorosa, sino una fantasía: la de un otro finalmente quieto, accesible, sin resto. La conciencia ausente parece garantizar una forma precaria de posesión.

En estos tomos, Proust narra el amor como una experiencia atravesada por la vigilancia y el hábito. Amar no es comprender sino organizar: regular horarios, controlar salidas, interrogar silencios, anticipar movimientos. La convivencia con Albertine se vuelve una rutina que promete calma, pero que en realidad produce encierro. La repetición cotidiana no estabiliza el vínculo: lo vuelve más frágil y más dependiente.

Es aquí donde la lectura de Samuel Beckett resulta decisiva. En su ensayo Proust (1931), Beckett afirma que el hábito no funciona como una forma de equilibrio, sino como un mecanismo de embotamiento de la percepción. El hábito tiene “un gran efecto de embotamiento que vuelve la existencia tolerable pero cierra la ventana a lo real”. No describe una defensa saludable, sino un recurso que vuelve soportable lo que, sin él, sería insoportable. Aplicado a la relación entre el narrador y Albertine, esto implica que la posesión no intensifica el amor, sino que lo adormece: la vida con ella “no es más que un aplacamiento, el símbolo de un monopolio”.

Beckett va aún más lejos cuando sostiene que el amor no se dirige a una identidad estable, sino a algo esencialmente inaprensible. En el caso de Albertine, subraya que “una Albertine estática pronto se conquistaría”, y que frente a la nulidad del objeto poseído se prefiere “la infinidad de lo que no es y podría ser”. De ahí su formulación central: “Uno sólo ama aquello que no posee por completo”. El narrador no ama a Albertine tal como es, sino la imagen que intenta fijar de ella; por eso el deseo reaparece cuando ella se ausenta, cuando se sospecha, cuando ya no está. El sufrimiento no nace de una traición concreta, sino de una verdad más incómoda: el otro no es un objeto de conocimiento. El amor no elimina el desconocimiento; convive con él, porque, como recuerda Beckett, “nuestro amor más exclusivo por una persona siempre es un amor por otra cosa”.

Décadas después, Anne Carson vuelve sobre Albertine y desplaza la pregunta. En Albertine: rutina de ejercicios (Albertine: Exercise in Fiction, 2005), Carson no se interesa por el drama del amante ni por la lógica psicológica de los celos, sino por la posición que ocupa Albertine dentro de ese sistema. Observa que Albertine es más deseable para el narrador cuando duerme, porque en ese estado “no puede afirmar ni negar nada”, y agrega una formulación clave: “dormir es su forma más pura de opacidad”.

Esta idea cambia la lectura del personaje. La opacidad no es un defecto, sino una forma de resistencia. Dormir, callar, mentir, decir “no sé”, desaparecer: lejos de ser fallas morales o psicológicas, son modos de no entregarse del todo. Carson sugiere que el problema no es que Albertine oculte una verdad, sino que se niegue a convertirse en la verdad que el otro necesita para tranquilizarse.

En esta lectura, el sueño deja de ser pasividad y se vuelve retirada del lenguaje. Mientras duerme, Albertine no entra en el circuito de la pregunta y la respuesta. No confirma ni desmiente. Permanece fuera del alcance del control. Esa opacidad es lo que el narrador no tolera y lo que Carson decide no violentar con explicaciones.

Así, lo que en Proust aparece como drama amoroso y en Beckett como diagnóstico existencial, en Carson adquiere una dimensión ética. Albertine deja de ser un misterio a resolver y se vuelve un límite: el límite de lo que puede saberse del otro, de lo que puede poseerse sin destruir, de lo que un vínculo puede exigir sin volverse coerción.

Proust narra el problema. Beckett lo piensa sin consuelo. Carson nos enseña a leerlo sin apropiarnos. En ese cruce, Albertine deja de ser solo un personaje y se vuelve una figura incómoda y persistente: la de aquello que no se queda, no se explica y no se deja fijar. Tal vez por eso sigue escapando. Como todo aquello que, al no dejarse fijar, vuelve una y otra vez a inquietarnos.

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