Córdoba

La lentitud como experiencia: leer a Proust hoy

En febrero de 2023 me compré el primer tomo de En busca del tiempo perdido. Faltaba un mes para que comenzaran las clases. Trabajo como docente en la carrera de Letras de la Universidad Nacional de Mar del Plata y soy Investigador Adjunto de Conicet. Sabía que, a partir de marzo, no iba a disponer del mismo tiempo ocioso para hacerle frente a los otros seis tomos restantes.

Leí la primera oración, célebre, en traducción de Estela Canto: “Durante mucho tiempo me acosté temprano”. La frase, en sí misma, es un microrrelato perfecto, porque implica matemáticamente lo contrario de lo que dice: hay un personaje nocturno que se acuesta tarde y recuerda una época lejana en la que tenía otros hábitos de sueño. ¿Por qué ya no se acuesta temprano? ¿Qué lo desvela? ¿Tiene insomnio?

A partir de ahí no pude salir ni parar. Me transformé en una especie de adicto a la escritura de Proust. Las frases me imantaban como si en vez de leer fuera arrastrado por una música hipnótica y fluvial. Al poco tiempo, se desató el huracán de las obligaciones laborales, el ritmo de la vida doméstica, de la crianza y el jardín de infantes, pero Proust siguió clavado y firme en mi mesita de luz.

Lo llevaba a todas partes como un amuleto. En el medio de la vorágine liquidé el tomo 2 y luego el 3, en las vacaciones de invierno el tomo 4, y antes de diciembre el tomo 5, el 6 y el 7. En la segunda parte del 2023, me operaron dos veces y, antes de entrar al quirófano, tengo una foto en la que estoy con uno de los tomos de En busca del tiempo perdido. En el verano de 2024, leí las biografías magistrales de George Painter y Ghislain de Diesbach.

Después de Proust, empecé a hacerle frente a ladrillos de los que antes rehuía, como Guerra y Paz, de Tolstoi, La montaña mágica, de Thomas Mann, el Ulises, de Joyce, Tristram Shandy, de Laurence Sterne, Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais, El conde de Montecristo, de Dumas, Las ilusiones perdidas, de Balzac. Algo en mí había cambiado. Apareció una forma del tiempo que, como lector en la Era Digital, desconocía por completo: una temporalidad suspendida, aletargada, sin ansiedad, un tiempo de la percepción alterada por la escritura.

Además del tiempo está la memoria. Las cosas que leemos se van volviendo endebles, difusas. Recordamos algunas trazas gruesas –personajes, argumentos– pero a medida que pasan los años perdemos los detalles, la música. Salvo que practiquemos la relectura o la docencia. La primera sensación, cuando terminé de leer En busca del tiempo perdido, fue un temor angustiante a la pérdida. No me quería olvidar de nada, quería acordarme para siempre de cada frase que había subrayado, de cada pensamiento que tuve, de cada punzada en el pecho, de la vez que lloré como un marrano, a la mitad del tomo 4, solo, en el comedor, por la madrugada.

Entonces llegué a esta resolución: empezar a coordinar un grupo de lectura para leer el ciclo proustiano. Se me ocurrió un título: Un año con Marcel Proust. En 2024 empecé, de manera presencial, en la librería El Gran Pez, de Mar del Plata. Se anotó tanta gente que tuvimos que abrir un segundo grupo, en modalidad virtual. En 2025 repetí el curso, por las mismas razones pero esta vez solo en modalidad virtual. En febrero de 2026 acabo de comenzar el tercer año consecutivo. La idea del taller es construir y sostener un deseo colectivo de lectura, hacer un uso pulsional del saber no para aspirar a la erudición sino para fomentar el placer y la curiosidad alrededor de Proust. Nos encontramos una vez cada dos meses y charlamos durante casi dos horas sobre lo que leímos. El aprendizaje surge de esa experiencia y de las interacciones que se dan en el diálogo grupal. La invitación para quienes quieran sumarse sigue abierta. El primer encuentro introductorio está grabado y recién en abril comentaremos el tomo 1.

Leer a Proust es, ante todo, una experiencia de ralentización del tiempo en un contexto de hiperaceleración radical. Es una experiencia totalmente inmersiva. Si Joyce o Pound trabajaron temas de vanguardia de manera vanguardista, lo llamativo en Proust es una doble articulación de la novela: el ciclo de la Recherche tiene todas las características de la literatura folletinesca –culebrones, temas escabrosos, plot twist, intriga, chismerío, emoción, etcétera– pero su forma, el modo en que está escrita, parece trabajar en sentido inverso.

Siguiendo el consejo de Marshall McLuhan, propongo leer a Proust con los oídos. Para eso tenemos, por suerte, la traducción vibrante de Estela Canto –aquella infante terrible del grupo Sur, escritora genial, de cultura literaria avasallante, que además rechazó míticamente una propuesta de matrimonio de Borges–, una traducción sonora que se puede leer, hasta la última coma, en voz alta.

Por último, hay otro motivo clave para leer hoy a Proust. Roland Barthes dice que, si tuviera que rescatar solo una de las artes, salvaría a la literatura, porque las contiene a todas. En el caso de Proust, es especialmente cierto: la pintura, la arquitectura, la biología, la zoología, la botánica, la estética, la filosofía, la música, el teatro, la poesía… todo confluye esta obra absoluta, híbrido tentacular e inclasificable, tratado amoroso sobre la psicología de los celos, ensayo de teoría literaria y estética, filosofía del tiempo y de la percepción.

En francés Recherche significa búsqueda –de información, de objetos o de personas– pero también quiere decir investigación en contextos académicos, científicos e incluso policiales. Como adjetivo, significa raro, excéntrico, refinado y elegante. Novela detectivesca sobre los recuerdos de infancia y los salones franceses de fines de siglo XIX y comienzos del XX, novela de aventuras sobre las desventuras de escribir y las desventuras del amor. Gilles Deleuze, Maurice Merealeu-Ponty, Julia Kristeva, Gerard Genete, Walter Benjamin, Maurice Blanchot: es difícil imaginar las teorías literarias del siglo XX sin la Recherche.

A primera vista, puede parecer que leer En busca del tiempo perdido es, ante todo, saldar una deuda con respecto a la historia de la literatura universal. A mí me gusta pensar, en cambio, que es como un paseo en Ovni. En una afiebrada profecía, el pequeño Marcel imagina al pasar un fabuloso aparato llamado “fototeléfono”. En momentos como estos, su obra parece un extenso poema hecho de futuro.

Matías Moscardi, es escritor, docente e investigador. Enseña en la carrera de Letras de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Ha publicado ensayos y textos críticos sobre literatura contemporánea y coordina desde 2024 el ciclo de lectura Un año con Marcel Proust, dedicado a recorrer colectivamente En busca del tiempo perdido.

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