Córdoba

Svetlana Smolina

Hay pianistas que solo son intérpretes y hay otros que son actores de la música. Los primeros mantienen con la partitura una relación casi religiosa, obedecen sus indicaciones y prodigan una ejecución que, en ocasiones, busca no solo transmitir lo que escuchamos sino ser fiel a un espíritu de composición que se condice con un cruce entre biografía y sentimiento de época.

Mas que intérpretes son arqueólogos musicales capaces de reconstruir un sonido perdido o imposible a base de esmero y sobriedad, de renuncia y devoción. Pero la lucha no es solo con el sonido a lograr, sino también con una selva de interpretaciones en la que hay una que pareciera estar más próxima al deseo o la idea del compositor que cualquiera de las otras. Ese mundo de intérpretes por momentos es una carrera de fieles y devotos, un conclave de ejecutantes donde se sopesa si Bach debe tocarse rápido o si la emoción debe ser contenida ante la impronta estructural de una fuga.

Por ejemplo, Schnabel es el más claro ejemplo de cómo tocar a Beethoven, aunque con el tiempo, ese lugar lo ocupó Alfred Brendel con su registro absoluto de sus sonatas y solos. Así el museo de la música tiene sus guías asegurados. Pero como las traducciones, todo en la vida envejece.

Los actores de la música proponen otra cosa, cierta irreverencia, el diablo de la originalidad hablándoles al oído, las llamas del infierno corriendo por sus manos. Su nombre tiene por supuesto un brillo propio que compite con el bronce del muerto al que ejecutan. Y su vida, desde ya en esa siempre compleja relación con el piano, es tan genial y terrible como aquello que tocan noche a noche.

Uno los escucha y en realidad escucha otra cosa, por ejemplo, el sonido reconocible, la distinción en la manera de llegar a una nota, tal vez el capricho que viene con la licencia extraordinaria, en definitiva, eso a lo que llamamos estilo, emoción materializada.

Los actores de la música son justamente intérpretes de la partitura que llevan a esta hasta su exceso de significante. ¿Qué es eso? Ni más ni menos que el enigma del gusto, lo que nos hace preferir el Mozart de Gould a cualquier otro aun cuando los excesos ronden lo payasesco y no podamos explicar nuestra fascinación por lo extraño. ¿Qué escuchamos cuando escuchamos a Horowitz, a Richter o a Kissin? Sin duda música, pero también algo inexplicable. En esa vanidad tan propia y tan necesaria del artista reside entonces la música, que no es otra cosa más que una vieja emoción que siempre regresa, pero con el maquillaje de lo nuevo.

Algo de esto se pudo aprecia el jueves pasado en la presentación de la pianista rusa Svetlana Smolina, dotada de una sólida formación, puesta a prueba con las más prestigiosas y diversas orquestas del mundo, y por supuesto reconocida con prestigiosos premios. Sin duda su paso por la ciudad es de destacar, pero si hay algo que sobresale de esa noche es el programa que propuso. Esa hoja de ruta dice mucho, ese mapa lleva y conduce a cualquier público siempre que se sepa a dónde se quiere llegar. Ese programa es el vestuario del actor que luego debe llenarse con presencia escénica.

Dividido en dos bloques bien distintos, el primero fue una muestra de elección y virtuosismo, una suerte de equilibro entre el repertorio romántico clásico, en cuanto a sonido, y la lectura misma que de él la pianista propuso: los márgenes de lo popular que pueden escucharse en el registro clásico; mientras que el segundo, deparó sorpresas propias de una intérprete que desnuda su talento ante el público sabiendo lo que le va a demandar llegar a concretarlo con éxito. He ahí cuando la sobriedad de la actriz despunta y ocupa la escena.

A grandes rasgos Tchaikosky, Chopin y Liszt exigen un manejo de técnica bien arraigada, lo que supone pasar de los timbres delicados al estruendo sonoro sin perder dinámica y sin malograr la pieza. Considerados como los compositores que ponen a prueban a los intérpretes con los siempre celebres momentos diabólicos de la ejecución, el carácter eslavo en ellos es sin embargo un desafío a la hora de transmitir lo que el capricho de la música persigue.

La delicadeza de ciertos pasajes en la selección de la Suite del ballet Nutcracker y la profundidad emotiva de Liszt en el Mephisto Waltz son prueba de ello. Dos cosas entonces a destacar: los trinos de este último y la destreza en el cruce de manos que Smolina posee son admirables. Aun así, extraña que a la sentida y excepcional interpretación del Scherzo Nº 2 de Chopin le siguiera una correcta Polonesa Heroica.

Dejando de lado el reconocimiento que esta pieza de Chopin tiene, el virtuosismo que requiere y la infinidad de versiones que uno puede escuchar, hay en ella algo que siempre es un desafío: conducirse hacia la emoción de la música. Smolina sortea con éxito los acordes abiertos, las escalas y octavas junto a los rápidos arpegios que el ritmo de la pieza pide, su majestuoso militar, y, sin embargo, lo propiamente heroico no necesariamente es marcial, si no que más bien es júbilo, una extraña dicha que emerge como un rapto de felicidad, casi un sentir religioso y patriótico que Chopin supo escuchar como buen romántico en lo folklórico. Tal vez en ese momento falto la actriz.

El piano es el instrumento más amado del mundo de la música, parte de ese amor se debe a las diversas escuelas que a mediados del siglo XIX lo impusieron como el instrumento del corazón, como el sonido de una intimidad expandida que, aun así, no perdía los registros del bel canto. Pero de esa misma intimidad el piano hizo su embrujo orquestal, su amplitud de registros que llegan con comodidad al jazz, preanunciado por Debussy, a ciertos aires de capricho español, que Ravel supo explorar, o al malambo campero, al que Piazzolla prestaría notoria atención. Y esto es lo que uno pudo escuchar en el segundo momento del concierto de Smolina. A un Gershwin correcto, que sin embargo careció de arrastre, le siguió la Malagueña de la suite Andalucía de Ernesto Lecuona y el Capricho español de Moritz Moszkowski donde, extrañamente, los aplausos parecían agradecer la familiaridad de ciertos sonidos.

Aunque el punto mas alto estuvo en lo mas lejano para la intérprete, nos referimos al Ginastera de Danza de la moza donosa y Danza del gaucho matrero, de las Danzas argentinas Op. 2. Ni intérprete -limitándose a ejecutar correctamente- ni actriz -vistiéndose de exotismo complaciente- Smolina enfrentó al compositor argentino atacando el corazón mismo de estas piezas: lo cautivante del ritmo. Y a pesar de ello, en ningún momento dejó de lado las melodías que en ellas pueden escucharse. Eran diáfanos momentos de un arrebato familiar. El cierre, que lamentablemente apeló a lo espectacular con Islamey, de Mily Balakirev, fue vibrante y frenético, surtiendo el efecto esperado en el público: aplausos de pie. Sin embargo, la noche había tenido su punto alto cuando, las gélidas llanuras rusas se confundieron con los aires dulzones de la pampa.

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