Córdoba

La alegría del romanticismo: Svetlana Smolina en el Teatro Libertador

En su paso por Córdoba la pianista rusa Svetlana Smolina ofreció un recital de piano solo en el Teatro Libertador en el marco de la apertura del ciclo a cargo de la Fundación Pro Arte Córdoba, cuyo programa previsto para el año corriente de abril a noviembre anuncia y promete encuentros deliciosos con la música académica (pero también la popular) reuniendo distintos solistas de Europa, América y Asia, bandas sinfónicas y solistas. El programa que se pudo disfrutar el pasado jueves incluyó obras de Tchaikovsky, Chopin, Liszt y Balakirev; que Smolina conoce a la perfección y de las cuales ha dejado una grabación en su primer disco Romantic Journey. También integraron el programa algunas de las danzas de Alberto Ginastera, algunas simpáticas piezas de Gershwin, Lecuona y Moszkovsky. En el marco de la actual gira por Argentina y Chile que Smolina viene llevando a lo largo de marzo, el romanticismo visitó Bariloche, Neuquén, Rosario, Buenos Aires además de la Ciudad de Córdoba.

A primera vista el programa que Smolina ejecutó en el Teatro Libertador nos sitúa en una serie romántica, ligeramente americana y siempre popular. Si bien todas las piezas en cuestión son parte del canon pianístico y son reconocidas por el virtuosismo técnico que demandan, son también en algún sentido periféricas; no hubo espacio para el clasicismo, el barroco, ni el renacimiento; no hubo compositores alemanes, italianos, ingleses ni franceses. Salvo Liszt, no hubo en el programa una representación típica de lo occidental o por lo menos del canon centroeuropeo germánico.

Por otro lado, la presencia de Gershwin y Ginastera, con sus archivos del blues o el gospel en el caso del primero y de los aires camperos en el caso del segundo, le di al recital una sensibilidad popular, subalterna y periférica, aún cuando se trata de un piano, de una música totalmente académica, de todos esos signos que connotan la fantasía de una alta cultura pura. En los bises Smolina volvió al Tchaikovsky inaugural, una suerte de cierre circular. De Rusia al continente americano y de nuevo a su tierra natal.

El programa de este concierto puede leerse tanto a nivel narrativo o transición entre climas y tensiones de un discurso musical, pero tambien como viaje por algunos temas románticos, principalmente, la recuperación de elementos de las tradiciones populares, el imaginario nacionalista de obras icónicas como la polonesa heroica op.53 de Chopin; pero sobre todo, un gran sentido del humor. Smolina es graciosa. Es una pianista excelente, no se puede creer que tenga tanta música dentro, que pueda atravesar algunos de los fraseos más intrincados de la literatura para piano, que tenga calma en la velocidad y fuerza sensible en la lentitud, así y todo es graciosa, divertida, ¿popular?

Hace unos años la lengua cotidiana, sobre todo a partir de su mediatización y la cultura digital elaboró una modulación particular del significante “romantizar”. Si bien desde el siglo XVII hay en distintas lenguas latinas algunas variantes del término, hoy subsiste como lengua memética, argot o contraseña de la conversación pública digital, un uso del término relativamente novedoso. Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la plasticidad de la lengua, que con pérfida ironía nos dió a la vez la mutabilidad e inmutabilidad. Me interesa sin embargo algo que ocurre en ese tráfico de valores y sentidos en torno a la materia del romanticismo, sospecho que una cierta noción de época puede cifrarse en las torsiones de la lengua, por más frívolas -o sobre todo por eso- pueda haber. Tampoco me quiero ir lejos del concierto de Smolina. El romanticismo, hoy, y dos de sus componentes centrales -el nacionalismo (o la imaginación de una comunidad delimitada a partir de ciertos mitos y memorias) y lo popular- es uno de los objetos culturales de mayor dinamismo y tensión en nuestra cultura. En algún sentido, Smolina, con su genialidad de intérprete y con los recorridos de lectura de la tradición musical que propone el programa de su concierto forma parte de estas tensiones.

Los límites de la OTAN, la legitimidad de Estados Unidos para intervenir en Irán o Venezuela, la posibilidad de que la Revolución Cubana llegue a su fin, la posibilidad de que China se integre definitivamente con Taiwán, la posibilidad de que Rusia anexe de nuevo a Ucrania, noticias de los movimientos bélicos de nuestro tiempo, son imágenes feroces del empequeñecimiento del espíritu humano. Quizás no tan distintas a las que el nacionalismo musical del romanticismo europeo tuvo por dentro en su tiempo. Lo que Smolina trajo a Córdoba es tan actual como cualquiera de los últimos lanzamientos de la industria musical.

El romanticismo es algo más que una pasión eufórica, que el amor alucinado a mitologías como la tradición y la patria, que un imaginario de fetiches canónicos o la sensación del arrebato y la desesperación. Solemos pensar el romanticismo como una ceguera, como la estupidez de la que brotan todas las idealizaciones que permiten tener una identidad. Quizás esta es la experiencia de los siglos anteriores. Hoy siento el tufillo de las pasiones tristes en la desconfianza al romanticismo.

Si hay una vida alegre, una forma distorsionada de vivir el presente, que no sea escapismo, ni cinismo, puede ser esta vía de escape musical a todo lo que tiene de cotidiano y chato el mundo. La experiencia estética de estos emblemas que ejecutó Smolina, tan lejanos al clasicismo, tan fronterizos entre lo moderno y lo contemporáneo, tan anacrónicos, indecisos e indecibles, sin Brahms o Beethoven pero tampoco sin Stravinsky o Bartok, me contagiaron una alegría, una cierta imagen de infancia del mundo, una sentimentalidad emancipada de productividad o promesa, el refugio cómico de los Scherzos, la orientación coreográfica o lúdica de estas piezas originalmente construidas para Ballet o inspiradas para la danza, dieron una torsión a lo que se puede entender por romanticismo en nuestros días, una posibilidad de llamar al cuerpo, de convocar sus humores más cómicos, interpelar más allá del tono trágico o de la necesidad de indignación. Nadie dejó su asiento en el Libertador mientras tocaba Smolina, pero si escuchamos música para bailar.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba