Una fecha que no nos deja
El 24 de marzo de 1976 siempre está volviendo. Más cerca de algunos, más lejos de otros, en forma de recuerdo, de pesadilla o como una extraña persistencia del presente.
A medio siglo, lapso que casi coincide con el transcurso de una vida (la mía, que lo excede en pocos años), la inclinación es sistematizar de algún modo las percepciones. Pero esa operación corre el riesgo de pulir demasiado los bordes, de volver inteligible lo que, en su momento y aun hoy, cuando la fecha retorna, fue tan brutal como incomprensible.
Quienes fuimos niños en aquellos años crecimos bajo una realidad afectada. Aprendimos a percibir el clima antes que las palabras. Los silencios de los adultos, las conversaciones que se interrumpen, los gestos que indicaban hasta dónde se podía preguntar. Así como se ve en las películas que recrean la época. Más tarde, muchos reconoceríamos esa atmósfera en la frase de Charly García, cuando cantó aquello de “yo que crecí con Videla”. Se hablaba poco o nada, se susurraba lejos de nuestros oídos, se partía sin mayores explicaciones, y no había nada de romántico ni de épico en eso. Siempre García: “los amigos del barrio pueden desaparecer”. Y nadie avisaba.
Había signos materiales del miedo. Yo vi autos sin patente, más de un Ford Falcon, por el centro de Córdoba, donde residía. Particularmente recuerdo uno rojo, subiéndose a una vereda, abriéndose el baúl para que en su interior unos hombres armados empujen a una persona. Vi los Falcon varias veces y pude identificarlos con la fauna oscura de la ciudad.
La escuela, primaria o secundaria, reproducía muchas veces la lógica de la imposición. Quizá suene superficial frente a tanta sinrazón que aún espera esclarecimiento, pero era muy duro para quienes, por su rendimiento, eran designados para portar la bandera. Llegué, en esa condición, a odiar -literalmente, odiar, aborrecer- la absurda rutina de actos eternos, de desfiles frente a personajes entonces adulados, para los que el tiempo -y los tribunales- finalmente hicieron justicia. Pero faltaba mucho para eso cuando debíamos permanecer de pie durante horas, lejos de nuestras casas, trasladados en camiones Unimog, en escenarios tan ajenos a la vida de un niño como una plaza de armas, recibiendo gritos de maestras aterradas por la presencia de tal o cual general: si, esos mismos que hoy son famosos por asesinos y mesiánicos.
Rigor porque sí, autoritarismo sin justificación. Cualquier queja era sinónimo de rebeldía. Y cualquier rebeldía, castigada con dureza. El pelo de los varones no debía tocar el cuello de la camisa. El guardapolvo de las mujeres debía cubrir las rodillas. No se podían decir ciertas cosas. Podías perder el banco por decirlas. Sin embargo, incluso allí germinaban formas precarias de disidencia: pequeños gestos de rebeldía que, con el tiempo, se volverían formas de lenguaje
Desde la perspectiva ciudadana, la dictadura fue también una escuela de resentimiento. Desde el poder se incubaba la desconfianza: todos debíamos sospechar de todos. En la delación permanente, te inflamabas de paranoia y perdías la fe. Pero el arte, fue refugio y anticipación. Las prohibiciones, paradójicamente, intensificaban la vigencia de lo prohibido. En la lectura o la música apareció la experiencia colectiva de escuchar, de reunirse, de reconocerse. El “se va a acabar” empezaba a encontrar coro.
La dimensión humana es la más difícil de narrar porque no admite generalizaciones. Cada familia y cada grupo, sector o institución civil o estatal, tiene su historia, sus pérdidas, sus zonas de sombra. Para algunos, la violencia era apenas un rumor; para otros, irrumpía en la puerta de la casa. Las razzias, las visitas nocturnas, la revisión de bibliotecas como si los libros fueran pruebas incriminatorias. El miedo de dejar a mamá sola después de una visita extraña de varios soldados en una mañana cualquiera. La pregunta insistente por nombres propios (la prohibición de mencionarlos). Todo eso formaba parte del día a día.
A nivel social, el “inconsciente colectivo” -otra vez el querido Charly como antena- fue dejando marcas que luego encontrarían su forma explícita. La Guerra de las Malvinas pareció condensarlo todo. Los 74 días de combate en las islas fueron la culminación trágica de la omnipotencia convertida en desventura. De la improvisación y el delirio como política de Estado. La narrativa del poder se resquebrajó de manera irreversible.
La recuperación democrática apareció como una estación posible. Tuvimos que reaprender a hablar, a confiar. Empezamos a escuchar o a leer sin temor, lo que tantos habían sufrido. No fue de un día para el otro.
Con los años, la perspectiva intelectual agrega complejidad. La dictadura deja de ser una “larga noche” o una “locura” militar para revelarse como una trama más amplia, en la que confluyen actores civiles, económicos, judiciales o mediáticos. Encontrarse con artículos, columnas, solicitadas de la época; revisitar textos sociales o jurídicos publicados en revistas especializadas, ayuda a precisar causas, consecuencias y responsabilidades. Se madura cuando se abandonan las explicaciones cómodas y se enfrenta lo incómodo.
A cincuenta años, la memoria no es botín ni pertenencia; tampoco puede ser un ritual vacío. ¿Qué hicimos con todo lo que pasó? ¿Cómo seguimos después de esos siete años? ¿En qué cambiamos? ¿Qué formas contemporáneas adopta hoy el desprecio por los derechos? ¿En qué discursos reaparece la tentación de la omnipotencia? ¿Qué silencios actuales podrían ser leídos, en el futuro, como complicidad?
La prospectiva exige reconocer que la democracia es perfectible y que el destino de un país está sujeto a tensiones constantes. Un proyecto de nación se sostiene en instituciones, pero también en hábitos, en aquello que los estadistas del siglo pasado llamaban “cultura política”: disposición a debatir, vocación de canalizar institucionalmente los conflictos, rechazo a la violencia como método, defensa de la alteridad, de la dignidad del otro.
Porque si algo enseñó aquella infancia -en la que los recuerdos de cualquier niño se mezclan, inevitablemente, con momentos muy tristes ligados a la dictadura- es que la injusticia no es eterna. Como esa fecha que siempre vuelve recordando el inicio de un tiempo que terminó, la historia insiste en cerrarse y abrirse, probándose a sí misma y probándonos a todos.
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