En una colección de ensayos de título elocuente, Los demasiados libros, el mexicano Gabriel Zaid escribía hace ya muchos años que, como venía la mano, íbamos hacia un mundo con más autores que lectores. Un mundo con más libros que ojos para leerlos y bolsillos para comprarlos. ¡Hay demasiados libros¡, alertaba Zaid, y a ese ritmo lo único que se lograría serían pilas gigantes o contenedores de ejemplares que volverían a ser pasta reiniciando un círculo vicioso. ¿Acaso la solución no sería detener las máquinas, frenar la mano?
Fue uno de esos días o de esas noches de encierro e incertidumbre pandémica. Junto a Manuela Orosz, por entonces una piba de veinte y pocos, empezamos a pergeñar una manera de contradecir al mexicano Zaid. Imaginamos que la casa de Unquillo a la que llamamos “Ranchito” podía convertirse en una madriguera de publicaciones artesanales. Pensamos si sería posible recuperar la vieja idea de casa-taller, es decir un lugar que fuera a la vez refugio y sitio de trabajo. Techo y comida. Nos respondimos que sí. Buscamos un nombre intrigante. Así nació (parece un chiste fúnebre) Vaca Muerta Ediciones.
La piedra fundacional fue un abrazo entre padre e hija. Teníamos entusiasmo, adrenalina, pavor por lo que parecía el fin de la humanidad o de la vida más o menos como la conocíamos. Nos dijimos: “A coser que se acaba el mundo”.
Arrancamos, y ahí estamos, con una idea muy concreta de hacer libros: imprimirlos a escala hogareña, manufacturarlos, coserlos, encuadernarlos. Ese primer impulso le otorgaba al hacer un sentido, digamos, rotundamente material. No queríamos ser editorxs. Sí queríamos, perdón, pero la carga de anhelo se recostaba más que nada en el impulso de trabajar en el ámbito doméstico y meter mano. Manosear la materia vibrante de la que están hechos los libros.
En uno de los primeros posteos en el que contábamos el inicio de la aventura dijimos que aprender a hacer libros con las manos era como haber adquirido el don de obrar milagros. Ahí vamos.
Compramos hilos, agujas curvas, papel rosado de 220 gramos color rosa Aspirineta, papel para los interiores, una impresora que a veces se clava, una plancha de corte, una cuna de encuadernación y un punzón, una marca de cola vinílica como la que usan los carpinteros (al cabo de muchos libros entendimos que no es la que va, porque una cosa es encolar un lomo y otra pegar un mueble).
Una frase famosa de Kakfa dice: “A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar”. A ese punto llegamos cuando hablamos con la escritora e investigadora cordobesa Candelaria de Olmos, y le pedimos el libro Irremediable. Ya lo conocíamos, habíamos leído el manuscrito con asombro y emoción. La llamamos por teléfono y le contamos de qué iba la cosa: que recién estábamos empezando, que no sabíamos hacer casi nada pero que estábamos enamorados de aprender a hacer lo que no que conocíamos, que nos veíamos juntes en una maratón con final incierto y que no íbamos a tener ISBN (la sigla en inglés de International Standard Book Number, una especie de DNI de los libros sin el cual hacés libros que son como indocumentados en un país extranjero), ni distribuidora, quizás alguna presencia tímida en librerías y quizás algunas ventas por Instagram y Facebook. Era como invitarla a treparse a una versión serrana de la nave de los locos, un barco sin timón pero con viento de cola. La respuesta de Candelaria a esa maraña de actitudes desmotivantes, como decía Carlos Busqued, fue: “Me encanta, me subo al barco”.
Y la nave va. Hace unos días, un escritor nos escribió para preguntar sobre la posibilidad de publicar en Vaca Muerta Ediciones. En la respuesta le decíamos que no queríamos pensarnos bajo esa figura de autoridad del editor o de la editora que es como un aduanero o un oficial de migraciones que permite que una cosa pase de un lado a otro. Que es necesario inventar algún proceso de encuentro. Tenemos algunas intuiciones claras y distintas, como se dice en filosofía. Sensaciones, corazonadas, deseo de rozarnos: hacer libros (disculpen la insistencia), coserlos a mano, presentarlos, tomar cerveza, bailar si la gente se prende. Ayudar a darle forma al capricho de autoras y autores, como decía Diego Cortés que era el rumbo de la editorial Llanto de Mudo. Para hacer libros tenemos que cobijar los monstruos de los otrxs.
En junio de 2022 recorrimos de civil la feria de editoriales independientes Tilde, en carácter de público quiero decir, con un prototipo de Irremediable guardado en una bolsa de súper. Se lo mostrábamos medio a las escondidas a gente amiga que estaba feriando. Soñábamos con la Manu estar del otro lado de los puestitos. Al cabo de un puñado de años, Vaca Muerta Ediciones peregrina por el país con una valijita de libros y un paño para feriar que se fue enriqueciendo.
Al libro Irremediable, un conjunto de relatos que se disparan en todas las direcciones de la vida a partir de episodios de consumo de medicación, le siguieron La aparición de Ettie Yapp, de Carlos Schilling, una fantasía alucinante inspirada en el amor imposible de Stephan Mallarmé; Todo lo que un textil puede, un artefacto poético-visual de las artistas Soledad Simón y Constanza Ruibal; Los dingos, una novela tremenda sobre la carne herida y las mentes lastimadas de personas alojadas en un hospital de Bell Ville, de Natalia Monasterolo; Mecanismos primitivos, una microdosis de la punzante narrativa de Waldo Cebrero; San Jorge y el dragón, poesía y dibujos de Guiomar Barbeito; Me contaron, me acuerdo, vi en una foto, herencia, imagino, un dispositivo de rememoración de Carolina Curtino en el que recupera escenas fragmentarias a partir de la muerte de su padre, cuando la autora tenía cinco años; Que reine la paz en tu día, un cuento triste que escribí hace mucho tiempo sobre la relación singular entre dos hermanas.
Lo que viene, en días nomás, es La indicación de la luz, un puñado de cuentos muy crudos de Leticia Martínez.
Nuestra manera de intervenir en el campo cultural se sostiene en las prácticas artesanales como un proyecto existencial de amplio espectro. Nos concebimos, un poco en broma, como una editorial con tracción a sangre. Construimos objetos (no sólo contenidos) que buscan hacer impacto en planos creativos, económicos y políticos. El taller donde los libros se confeccionan a mano es un lugar en el mundo, a la vez casa y trinchera para una comunidad de semejantes, como diría el sensei de la edición artesanal Eric Schierloh.
Vaca Muerta Ediciones hace un poco de alarde de lo “artesanal”, digamos todo, como experiencia íntima, casi secreta, pero además apuesta laboriosamente a la construcción de catálogos singulares en la línea de trabajo para una expansión de la librodiversidad. A diferencia del concepto de bibliodiversidad, un término que migró de la biología al campo editorial para designar contenidos (básicamente textos) que por diversos motivos suelen quedar fuera del sistema industrial de publicaciones, la noción de librodiversidad refiere a una variedad material, a la posibilidad de hacer libros en formatos divergentes, con materias primas y técnicas inusuales o amparadas en procesos que no son ni quieren ser los de una imprenta.
Hoy somos, junto a Manuela, un proyecto cultural, sentimental y filosófico. Somos un viaje. Encontramos en Vaca Muerta Ediciones una manera de estirar el tiempo juntxs. Fin.
Demian Orosz
Botiquín
Cuando yo era chica, mi madre guardaba los remedios en una caja que había sido el costurero de mi abuela o de mi bisabuela. Era una caja pequeña, de madera, rectangular. Tenía dos compartimentos para hilos y agujas y un alfiletero cuadrado pegado en la cara interna de la tapa. La caja y el alfiletero estaban forrados con una tela estampada con rositas rococó. La tela había virado al sepia o había sido siempre de ese color. Como costurero, en cambio, madre usaba una caja también rectangular, también de madera, pero grande y tosca. El interior estaba forrado con un paño verde como de mesa de billar y no tenía ninguna sofisticación de costurero: ni compartimentos, ni alfiletero, ni nada de nada. Para organizar el contenido, madre se valía de más cajas: en una lata vieja de tabaco guardaba los hilos; en otra, los botones; en otra, las cintas. Sueltos quedaban: la tijera, el centímetro enrollado como un gusano y las bobinas del hilo que era para bordar y no para coser. Nada me gustaba tanto como ordenar el costurero: desenredar la telaraña multicolor que los hilos habían tejido en secreto, eliminar los botones que ya no usaríamos y que rebalsaban la lata, volver a sujetar la lengua amarilla del centímetro en un rollito apretado. El botiquín, en cambio, quedaba fuera de mi jurisdicción, no era asunto mío, no era asunto de los niños. Y no le decíamos “botiquín”: le decíamos “la caja de los remedios”.
En mi casa, en mi casa de adulta, quiero decir, también hay costurero y hay botiquín. También el botiquín es una caja pequeña: rectangular, de madera lavada. No sé de dónde salió. Empujada por mis inclinaciones a la decoración y al bricolaje, en la tapa le escribí la palabra “Home” con ayuda de un esténcil en letras vintage y de alguna idea que habré copiado de Pinterest. No habla bien de mí que el botiquín sea el “Hogar”. Igual, frecuento más la caja de herramientas y, en algunas épocas, el costurero. Como el de mi madre, mi costurero es una caja que contiene otras cajas: la de los hilos con la huella del piecito de seis meses de mi hija –regalo del jardín maternal para mi primer día de la madre– la de las cintas que es una lata de chocolates Mamuschka; la de los canutillos, otra lata de algo que vino del costurero de mi otra abuela. A veces hay que ordenar el costurero. A veces hay que limpiar el botiquín. Limpiarlo como se limpia la casa en enero: tirando a la basura todo eso que venció, que ya no sirve.
Abro el botiquín. Ahora, en este preciso instante, y ¿qué encuentro? Hay una caja de Decidex Plus que mi hija tomó durante su última congestión. Hay otra de Paracetamol Grip vencida hace seis meses. Hay una latita de Vicks Vaporub Crema que les pongo a mis hijos: en el pecho, para aliviar la tos y debajo de la nariz, para aliviar los mocos.
También en el costurero hay una latita de crema que mi amiga D. me trajo de Alemania cuando nació mi hija: “Penaten-Creme” dice en la tapa. Letras azules sobre un fondo dorado. Agoté la crema en paspaduras de pañal. La latita, ahora, contiene alfileres. Si la agito se comporta como una maraca enloquecida y metálica.
(…)
Debajo de las cajas de Ibuprofeno 400, hay una caja de gasa esterilizada número cinco. ¿Para qué habré comprado gasa? ¿Alguna conjuntivitis que requirió de gotas y manzanilla? ¿O será la gasa que quedó del último nacimiento, del último ombligo que hubo que curar hasta que esa tripa asquerosa se puso negra y cayó y dejó toda la piel lisa y suave impregnada todavía de olor a fluidos, lista para recibir mis besos maternales? Mi hijo más chico es muy joven. La gasa, en cambio, está muy vieja. ¿Se vence la gasa? La caja dice que sí, que venció hace cinco años. Entonces, sí, debió ser la gasa para ombligo y postparto. Me resisto a tirar el único sobre que queda: porque me parece que la gasa se puede usar aunque esté vencida y porque es el souvenir que me queda de mi último puerperio. Si mi hija fuera chiquita le coseríamos un velo de novia a la Barbie con esa gasa. Pero mi hija ha crecido: ya no juega con muñecas: ni Barbie ni Kent.
Todavía la recuerdo con cuatro años, en Villa Gesell. Aquella vez, la niña conoció el mar, remontó un barrilete, se perdió en la playa y nos encontró, hizo un castillo y un monstruo de arena, juntó caracoles, trepó al muelle y miró de reojo las aguas vivas que el frío y la corriente de vaya a saber qué trajeron los dos últimos días de nuestra estadía. De ese viaje trajimos: una vincha de colores, una foca de peluche, el barrilete y unas sales de rehidratación sabor a frutilla que, en un exceso de previsión, había comprado antes de viajar y que, por suerte, volvieron intactas. Siguen aquí. Es hora de tirarlas.
(…)
El peor susto de mi vida no me lo dio la espalda, no me lo dio la piel. Me lo dio el corazón una tarde que se desbocó y empezó a palpitar enloquecido como si yo estuviera corriendo una maratón. Sucedía que yo estaba muy sentadita surfilando individuales en mi flamante máquina de coser que dice “Singer” justo arriba del selector de puntadas. En el costurero hay una lata negra que también dice “Singer” en letras blancas hallada en un anticuario de Güemes. Sirve para guardar las bobinas que me gusta manipular con aires de bioquímica: cada vez que tomo una para meterla en la lanzadera, juego a que es una placa de Petri con la que hago experimentos importantes. Conforme avance la presbicia necesitaré un microscopio para enhebrar la aguja.
Al principio me hice la tonta con las palpitaciones: el pataleo no dolía pero tampoco paraba. Podía seguir con mis hermosos individuales. De pronto recordé un artículo que había leído hacía poco sobre los síntomas del infarto en las mujeres: nada del dolor de pecho que sufren los varones; en el caso de las mujeres, el infarto empieza con un dolor de espaldas. Entonces me di cuenta que me dolía la espalda. Llamé al servicio de emergencias y saqué la llave de la puerta por si me moría antes de que los médicos llegaran. O, con más razón, por si no llegaban nunca y me moría así: sin asistencia, sin haberme doctorado, sin haber leído el Ulysses, sin haber visto la aurora boreal, sin haber terminado los individuales, sin una segunda oportunidad sobre la tierra, lejos de mis hijos y de mi pareja que estaban en la casa de mi suegra, lejos de los amigos, los hermanos, los padres que estaban cada uno en la suya sin saber que yo me moría de un infarto de miocardio.
El tiempo que transcurrió hasta que los médicos llegaron me pareció una eternidad. Finalmente, entraron como si fueran un grupo comando: eran cuatro, armados hasta los dientes de botiquines y aparatos. Cama. Estetoscopio. Tensiómetro. Una pepa sublingual para bajar la tensión y las palpitaciones. Preguntas. Algunas un poco raras: ¿Qué estaba cosiendo? ¿Y por qué no había ido a la casa de mi suegra? ¿Me llevaba mal con mi suegra? ¿Por qué estaba sola? Estaba sola porque quería estar sola, porque últimamente quería cada vez más estar sola y no me animaba a estar sola, a tomar las decisiones que me garantizaran esa soledad que de pronto se me había vuelto tan necesaria. Cambiando la pepa sublingual de lado, dije solamente que no me llevaba mal con mi suegra. Ellos me aseguraron que no iba a morir. No ese día, al menos.
(“¿Voy a morir?”, le pregunté una vez a mi ginecóloga que miraba con el ceño fruncido unos quistecitos mamarios bellamente fotografiados en Diagnóstico por imágenes. Y ella: “Te tengo una mala noticia: no solo vos. También yo y toda la gente que está en la sala de espera, nos vamos a morir. No ahora, algún día. En cualquier caso, vos no vas a morir de esto”).
Al episodio cardíaco que tampoco me llevó a la tumba, le siguió una muy burocrática lista de consultas médicas: fui al cardiólogo que pidió electro y ergometría. No encontró nada y me mandó al clínico. Fui al clínico que pidió análisis. No encontró nada y me mandó a la endocrinóloga. Fui a la endocrinóloga que me hizo estirar las manos, me palpó la tiroides, me miró a los ojos, me preguntó si estaba por separarme y cuando vio que puchereaba me mandó a la psicóloga.
Mi endocrinóloga protesta cuando la visito porque no la visito. No con la frecuencia que ella quisiera. Cada vez que voy repetimos el ritual: mis manos estiradas hacia adelante para chequear que no tiemblen, sus manos en mi glándula tiroides para chequear que no haya crecido, mi cuerpo sobre la balanza para chequear que no haya crecido todo el resto. Después nos sentamos frente a frente. Ella sonríe siempre. Con la boca y con los ojos. Nunca hablamos de los hijos. En cambio, hablamos de nuestras respectivas madres que se conocen porque se dedican las dos a esa disciplina que a nosotras nos resulta un poco ajena. Todo eso mientras ella completa mi historia clínica tecleando hábilmente con sus dedos de niña. Después me extiende las órdenes para los análisis que, como los remedios en el botiquín, acaban por vencerse y nunca me hago. Mi tiroiditis de Hashimoto permanece, desde hace años, más inexplorada que Urano y la República de Sajá. En el ritual solía entrar la pregunta por mi hermana. Ahora mi endocrinóloga le pregunta a mi hermana por mí. Dice que ya no soy su paciente.
(…)
Sigo revisando el botiquín menos con el afán de constatar lo que falta que de tirar lo que sobra. Así y todo, advierto que no hay pastillas de carbón. Otra pérdida post separación: para mi ex no debían faltar en el botiquín doméstico. Mucho menos en el botiquín del viajero. Yo raras veces he tomado. En cambio, tuve mi época de laxantes y diuréticos: acompañaban unas dietas muy severas a las que me sometía con tal de perder peso. Chicles y tés que escondía culposa pero convencida de la imperiosa necesidad de no superar los cincuenta y siete kilos. Tenía una disciplina avasalladora que le imponía a mi cuerpo hasta estrujarlo.
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Hay una caja de Supradyn efervescente que compré para mi hija y que ella nunca tomó simplemente porque no le gustó el brebaje. Mejor hubiera hecho en comprar comprimidos como los que tomaba yo cuando ella estaba en mi panza. Hay Novalgina jarabe e Ibuprofeno al cuatro por ciento para las fiebres de mi hijo que también tiene opiniones sobre el sabor de los medicamentos. Hay un Reliverán que es, como se sabe, el campeón de los remedios repulsivos. Hay caramelos antibióticos Fecofar. Esos sí son ricos. Sabor a menta. Son además hermosos. Levanto el blíster. Saco uno. No lo llevo a mi boca. No me duele la garganta. No me duele nada. Atrapada la circunferencia entre el pulgar y el índice de mi mano derecha la pongo a contraluz y la miro: es redonda y translúcida como un botón de nácar. Mejor haría en ir al costurero, pienso. Y entonces, mientras atardece y el calor de enero cede y mis hijos juegan en el patio, abro el costurero, mi caja de pandora textil, y cierro el botiquín que hasta aquí ha sido mi modesta usina textual.
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Evanol
(Clorhidrato Cinamedrina)
Para Gisela Amadey
Tuve mi primera menstruación a los trece años. Sucedió en la escuela. No sé cómo lo resolví. Probablemente el asunto no pasara de una mancha insignificante en la bombacha. Sí recuerdo que volví a mi casa y no sin cierta emoción se lo comuniqué a madre. Madre me abrazó igualmente emocionada. Al lado nuestro, Celia, la chica que ayudaba en casa, planchaba camisas. Creo que también se emocionó, pero no me abrazó. Cuando mi hermana y yo éramos chiquitas y cuando ella tenía ganas, Celia nos hacía jugar, nos hacía reír. Ahora yo ya era grande, no daba para que me hiciera jugar, ni reír, ni para que me abrazara.
La menstruación era algo que las chicas esperábamos como un rito de pasaje a la vida adulta. “¿A vos ya te vino?”. “No, ¿a vos?”. “Tampoco”. Las viejas preguntaban distinto, con un eufemismo que me parecía el colmo del mal gusto y que me reventaba por lo incómodo y lo inoportuno porque generalmente las viejas preguntaban en reuniones familiares, a los cuatro vientos: “¿Y… ya sos señorita?”. Menstruar, indisponerse, tener la regla eran peores que el eufemismo. La elipsis del “te vino” era lo más decoroso. Era como un código secreto.
La primera en menstruar del grado fue A. Tenía apenas once años. Ahora las chicas menstrúan temprano. Alguien me dijo que es por el consumo indiscriminado de electricidad. Otra persona me dijo que es por el consumo igualmente indiscriminado de pollo y hormonas o de pollos inflados a hormonas. En esa época, “en mi época”, no era común menstruar tan temprano. Pasa que A. era primera en todo: primera en matemáticas, primera en lengua, primera en menstruar. En séptimo grado ya era abanderada vitalicia.
Nunca olvidaré una vez que en un cumpleaños de doce especulamos sobre la posibilidad de ser abusadas. No era un tema instalado, no era algo de lo cual las chicas habláramos. Tampoco era un tema del cual los adultos nos hablaran. Tanto así que la vez que un hombre quiso que le hiciera un favor sexual (tenía catorce, volvía de la escuela, me interceptó en la calle), tardé en darme cuenta de lo que me estaba pidiendo. Logré escaparme, me fui a mi casa y no dije nada a nadie de pura incredulidad y vergüenza. Esa vez, la del cumpleaños, conjeturamos las consecuencias de una violencia así, de una violencia que llegara a violación. Hablamos de las secuelas físicas, de las secuelas psicológicas. A. dijo: “a mí podría sucederme quedar embarazada porque ya menstrúo”. Fue una especie de revelación brutal: menstruar, embarazarse, embarazarse como consecuencia de un acto violento.
(…)
Yo quería ser varón. Me parecía mucho más conveniente que ser nena, señorita o mujer. Supongo que era porque de pronto había empezado a preferir lo que culturalmente estaba previsto para los chicos y no lo que estaba previsto para las chicas: el azul antes que el rosa; los juegos de fuerza, antes que las muñecas; los piratas de Salgari antes que las mujercitas de Alcott y más adelante: hablar de porquerías antes que de ropa y peluquería. En estos días leo a Virginie Despentes. Ella (me) dice: “Todas las cosas divertidas son viriles, todo lo que hace que ganes terreno es viril”. Y detalla: “Las cosas pequeñas. Las monadas. Femenino. Pero beber: viril. Ganar mucha pasta: viril. Tener un coche enorme: viril. Comportarse, no importa cómo: viril. Tener espíritu de competición: viril. Responder con agresividad a algo que te amenaza: viril. Ser agresivo: viril. No perder el tiempo en arreglarse por las mañanas: viril. Llevar ropa práctica: viril”.
Con los muñecos estilo bebotes había dejado de jugar hacía rato. Seguí jugando con las Barbies como hasta los once o doce. Lo más lindo de jugar a las Barbies era hacer la casita. Si hubiera leído a Walter Benjamin entonces, hubiera justificado esa inclinación con una fascinación por la miniatura que de adulta me hizo recorrer los pasajes de Paris (los mismos de Benjamin) en busca de una instalación eléctrica para una casita de muñecas que le hice a mi hija, con tanto detalle que una amiga me sugirió ofrecerla por Airbnb.
Pero lo más, más lindo de jugar a las Barbies era la interacción con Kent. Por eso, no había como ir a jugar a las Barbies a la casa de mi amiga C. Mi amiga C. tenía, además de la cocinita, la camita y largo etcétera de muebles que en casa había que improvisar con libros como en El Palacio de la luna, de Paul Auster (muebles con libros)… mi amiga C. tenía, digo, a Kent. Desnudábamos a Kent, desnudábamos a Barbie, los metíamos a la camita: Kent se trepaba arriba de Barbie: hacían el amor. A veces, la mamá de mi amiga C. se asomaba: “Chicas… ¿van a merendaaaaaar?”. Rapidito sacábamos a Barbie y a Kent de la cama y así desnudos como estaban los mandábamos a la cocina. Kent no tenía pito. Barbie no menstruaba. Nada podía resultar de esa relación. O todo. Mi amigo R. jugaba al mismo juego con el pesebre: la virgen María se acostaba con los reyes magos. De esas relaciones solo podía resultar el escándalo.
Cuando empezábamos a menstruar dejábamos las muñecas. O antes. Cuando empezábamos a menstruar dejábamos la infancia y la felicidad. Porque, una vez pasada la emoción inicial de la primera menstruación (también inicial e iniciática), la alegría se disipaba rápidamente. Todos eran dolores de cabeza (en sentido figurado) y dolores de ovarios (en sentido literal). Para el dolor de ovarios tomábamos Evanol. El Evanol se llamaba Evanol, no Ibu-evanol. Acaso porque no tenía Ibuprofeno o porque el Ibuprofeno no tenía prensa. Además, el Evanol era uno solo. Como la madre y la quiniela. No había Ibu-evanol Rápida Acción, Ibu-Evanol Max, Ibu-Evanol Forte, Ibu-Evanol-Plus como hay ahora: verde, violeta, naranja y rojo. El Evanol era blanco y era Evanol. Una droga potente, capaz de acabar con el dolor de ovarios más empedernido.
(…)
Mis menstruaciones fueron dolorosas al principio. Usaba Evanol a discreción pero sin miedo. Alguna tarde el Evanol me falló y me lo pasé tirada en la cama, las rodillas al pecho, las manos sosteniendo el bajo vientre como si los ovarios fueran a caerse o salirse por la vagina. No era lo habitual. Mi hermana, en cambio, la pasaba horrible: dolores, mareos, presión baja y al cabo, anemias. No era una menstruación, era una sangría, una vampirización, como si en la toallita femenina tuviera al bicho del almohadón de plumas de Horacio Quiroga. Parecía que iba a morir desangrada y sufriendo. No recuerdo si tomaba Evanol.
El dolor, sin embargo, no era la peor tragedia de la menstruación, ni la peor tragedia de ser mujer. Ahora que ya no sangraba por las rodillas sino por la vagina, otra vez quería ser varón con mucha más razón que antes, con mucho más sentido de la injusticia: los hombres no menstruaban, no parían, no se depilaban, no eran silbados, perseguidos, ni acosados, ni violados. Como dice Virginie Despentes que tiene la valentía de contar cómo fue violada: “la violación es lo propio del hombre; ni la guerra, ni la caza, ni el deseo crudo, ni la violencia o la barbarie, la violación es lo único que las mujeres –hasta ahora– no se han reapropiado”.
(…)
La mancha era la mácula: la posibilidad de ser burlada, especialmente por los varones que también querían saber cuáles de las compañeras menstruaban y cuáles no. Pero a ellos no les decíamos. Acaso ya intuíamos que la menstruación en boca de hombres da pésimos resultados: canción de Arjona o chiste machista: “la mujer es el único animal que sangra cuatro días seguidos y no muere”, escuché una vez. Otra vez un novio idiota me preguntó si las mujeres menstruábamos todas al mismo tiempo. Le dije que sí y le pregunté si no había notado cómo a mediados de mes se agotaban las toallitas en los supermercados porque las menstruaciones de todas las mujeres en edad fértil estaban regidas por un ciclo lunar que nos gobernaba a todas por igual.
“¿Querer ser un hombre?”, se pregunta Despentes. Y se responde: “Yo soy mejor que eso. No me interesa el pene. No me interesa ni la barba ni la tetosterona, yo tengo todo el coraje y la agresividad que necesito. Pero claro que quiero todo lo que un hombre puede querer, como un hombre en un mundo de hombres, quiero desafiar la ley. Frontalmente. Sin atajos y sin excusas. Quiero obtener más de lo que me prometieron al principio. No quiero que me cierren la boca. No quiero que me digan lo que tengo que hacer. No quiero que me abran la piel para hincharme los pechos. No quiero tener un cuerpo esbelto de adolescente cuando me acerco a los cuarenta. No quiero huir del conflicto para esconder mi fuerza y evitar perder mi feminidad”.
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Contratapa de Irremediable
Un vademecum experimentado en carne propia, Irremediable despliega un conjunto de relatos sobre las sustancias, los cuerpos, las emociones. Píldoras, gotas, jarabes. Drogas, venenos, preparados sanadores con base científica. Los medicamentos adquieren para Candelaria de Olmos el rango de entidades con las que interactuamos, en procura de calma o euforia, y se instalan como personajes apenas secundarios de un delta de historias que rebotan en los mitos de la infancia, en las inclemencias de las obligaciones adultas, en los tropiezos del deseo o del amor y también en los libros, las canciones, las películas y los programas de TV que ayudan a entender las contraindicaciones de una vida construida como se puede. Elogio subrepticio de la automedicación, de las variadas maneras de hacernos cosas, Irremediable ensaya una veta de autoficción con altas dosis de intimidad desnuda, por momentos tierna, en ocasiones cruda, en un in crescendo que se asoma a los abismos para volver y contar lo que se ve y lo que se siente.
