Nadie puede olvidar la versión desgarrada de Llámame cuando amanezca que Laso grabó en 2022 para Cabeza Negra o Canción del Adiós de 2021 para La Caldera. A pesar de lo que nos quiso hacer creer, que ella es recién una iniciada en el canon Guarany, sabemos, tenemos las pruebas de que es una de sus mejores invocadoras; ella es la copa en la que podemos beber el vino reencarnado de ese fantasma y su potencia, canciones como ríos, como lágrimas de felicidad y rabia.
Aparecieron en el escenario Julieta y Camila, unas mesas, algunas sillas, solo una botella y unos amigos en la guitarra y la percusión para, en la cerrazón temprana del otoño apenas nacido, hacer algo que quizás no pueda repetirse nunca.
Se saben de manera unánime tres o cuatro cosas sobre el presente, no mucho más. Que muchos viven mal y pocos viven bien; que todavía quedan algunas flores y vicios para sobrevivir la densidad de todos los días; que la música es la guarida del espíritu y el amor; que Camila Sosa Villada es la artista más importante de la Ciudad de Córdoba, de la provincia, del país, del sur y de los planetas que giran alrededor del sol. Quizás genérico el sentido de ese carácter (importante), queremos decir: Camila Sosa Villada es una escritora inteligente, delicada, atenta; una actriz a la que no le falta el duende, y una de las intérpretes musicales más audaces y generosas que se puede ver en los escenarios de hoy.
Basta ver cualquiera de sus libros, por ejemplo: Soy una tonta por quererte, para ver que hay algo que cruza de manera original todas las líneas de tensión de la escena literaria argentina; cualquier proyecto de escritura en torno al New Weird o, en el extremo opuesto, del realismo sentimental del espacio íntimo (por mencionar dos polos, dos tradiciones más o menos reconocibles y enfrentadas en las poéticas del presente), tiembla ante la verdad del estilo de los cuentos de Sosa Villada. Su literatura integra tanto el fantástico y todas sus tradiciones, como distintas formas del realismo, de la narrativa latinoamericana y europeo, del relato de anticipación y el histórico, de la crónica y el cuento, domina las formas y los géneros más diversos, además de por qué es una escritora juiciosa, una gran lectora, quizás de las mejores (esta digresión no tiene justificación más que la intuición de que no siempre se repara en cierta omnivoridad cultural de los materiales que trabaja la obra de Sosa Villada, y se la suele encasillar en el “boom latinoamericano” si quien la lee es cierta cosificación de hispanistas tercos; ella es mucho más, por eso puede hacer Guarany con Laso de una manera inesperada, insolicitada y avasalladora). De su actuación, tanto en cine como en teatro, se ha escrito tanto, nunca del todo suficiente, quisiéramos tomar una expresión que Santiago Loza para describir Tesis sobre una domesticación de la que dijo es una “película ovni”. La literatura de Sosa Villada es ovni, su actuación también. Ella es la artista ovni. Voladora y no identificada o identificable, rara y extraterrestre, acuariana y desconocida. Los encuentros cercanos de cualquier tipo con artistas como Sosa Villada no dejan a ningún humano igual. Y su canto… de eso tenemos algunas impresiones sensibles, raptadas por la fascinación.
Pienso que Camila, como Borges, es una escritora implacable, pero sobre todo una lectora creativa, contagiosa, capaz de producir acoplamientos que estimulan el horizonte cultural de este país. Nuestra deuda con Villada, no sé si podremos pagarla, es conocer mejor de qué se trata este país, con sus momentos de crueldad, con su fantástica cultura popular, con sus villanos y las pacientes criaturas de la ternura que sostienen la vida; ese rostro bifronte de esta tierra es algo que podemos captar de manera más precisa gracias a artistas como ella. Sosa Villada es una artista genial por varios motivos técnicos y espirituales; quizás el que pensamos que se nos hizo más patente en el Teatro Comedia fue la lectura, esa operación de trabajo sobre la tradición, hurto y tráfico del archivo, lubricación de las pulsiones vitales que persisten en el pasado, el deseo como memoria vibrante. El 14 de febrero pasado, Camila empezó Masácrame, recital junto a Franco Dall'Amore, cantando "Voy a dejar esta casa, papá" de Gabriela; una canción de 1972 que podría pasar como contemporánea. Puede ser un lugar común subrayar el anacronismo e inmortalidad del arte. Sin embargo, hay algo en la manera en la que Camila organiza sus programas musicales (Gabriela junto a Vanoni y Almodóvar, Guarany en compañía de Julieta Laso) que introduce nuevos sentidos en esas canciones; hay una apropiación total.
Entre el público más joven que asistió al Teatro Comedia a escuchar a Sosa Villada y Laso, escuchamos en distintas voces y frases la declaración de que, si no fuera por el nivel de las intérpretes, no se hubieran acercado a la obra de Guarany; y ante esa instrucción, esa entrega, ese desvelamiento, se expresaban agradecimientos. A veces la costumbre, la distracción, el olvido o la desatención nos pueden llevar a perdernos de ideas y sentimientos tan potentes como los que se cifran en la obra de Guarany. Hace unos meses, Camila dijo en una entrevista con Soledad Toledo que, además de canciones de amor, hay canciones de contemplación, y qué Pescador y guitarrero era una de ellas. Lo que ocurrió en el Teatro Comedia es, en el terreno de la música, un milagro similar a la publicación de Evaristo Carriego, la ejecución de un programa estético como el populismo criollo de vanguardia del primer Borges. Un uso de Guarany que habilita, que abre y reparte, que se derrama copioso, inundación de afectos reclamados al ocio y el vicio, a la virtud rescatada de lo improductivo, a lo que en el vino o el fuego hay de efímero y cotidiano, pero sobre todo de real.
No faltaron canciones de amor, de protesta, de contemplación; quizás esas tres estrellas, tres cicatrices de los cuerpos que se aventuran a la vida; esos son los misterios que más estamos buscando; que dos mujeres tan talentosas como Julieta Laso y Camila Sosa Villada nos los compartan y nos acerquen, aunque sea un momento, trae la posibilidad de soportar algo de la materia terrible de este mundo. Quisiéramos tener pruebas para saber si estas apreciaciones son compartidas; creemos que el zapato que arrojaron a Laso, las voces del público de Salta, Rosario y otras localidades del interior de Córdoba y del país que viajaron para verlas son algunos gestos de agradecimiento que dan cuenta de la intensidad con la que se disfrutó esa noche.
Hubo grandes momentos: los recitados y la performance de Camila (el momento sublime es cuando la música popular folklórica argentina se cruzó con el jazz; las tretas de nuestra Santa Sor Camila son de una fortaleza tal que permiten tales prodigios), algunas intervenciones cómicas y declaraciones afectuosas de Laso. La técnica del Teatro Comedia es quizás un orgullo fundamental para Córdoba que no deberíamos dejar de lado. La iluminación de la puesta en escena fue fundamental; se vieron cuadros de profundidad y pliegues de luz sobre cuerpos vivos que, incluso desde la última butaca, transmitían el calor de una ceremonia pagana. El final definitivo no fue con un texto de Guarany, sino con el tango, otra música popular e indomesticable; con un clásico de Gardel, Razzano y Flores, Laso y Sosa Villada (se) cantaron Mano a mano.
