En la mañana del sábado, el Suquía de la ciudad de Córdoba circula furioso por el centro, con una textura aceitosa y tono lóbrego, delata que su lecho se va un poco con él. Con su impulso irrefrenable por moverse quién sabe con qué destino, qué futuro, nos vomita un poco de toda la basura que le tiramos. Desde los autitos que transitan furiosos por donde pueden (la costanera se mantiene cerrada esperando una calma que podría no llegar), nadie intuye que la energía del principal “accidente geográfico” del que disponemos, tiene la potencia suficiente como para derrumbar todos los puentes hechos, o inclusive, que todavía no se hicieron.
Desde este panorama, que sensatamente obliga relativizar el peso que asignamos a instantes y los que disponemos para tratar de comprender la forma que tendrán las décadas o años pasados en la conciencia, trato de responder incógnitas que proponen Laso y Sosa en su homenaje a Horacio Guarany previsto para la noche, suponiendo que la luna a que le aullaba “el pueblo” ya no ilumina la misma ciudad, esa que se despertaba muchas veces solo para enterarse de más persecuciones y matanzas, que festejaba en comunidad extendiendo la noche de verano, o sentía obligada, aunque sea por un momento, a ver en la extensión de su país y sencillez de su cultura popular, algo que podía apuntalar positivamente una identidad en el marasmo de tormentas crecientes de un mundo invariablemente amenazante.
Y es que esa cultura popular se me figura ahora como cauce, acuoso, resbaloso, siempre dispuesto a facilitar un tráfico que solo consigue pulirlo un poco más, habilitando el discurrir de los que vienen detrás y sumando vértigo para los que ya llegamos a la correntada principal. Evidentemente, la poesía de Guarany guarda algo que la emparenta con la desmesura que toda expresión de este tipo necesita para unir en un amor que no reniega la frescura de la improvisación, aprestando una filosofía centrada en el reconocimiento pleno de la sed incontenible como recurso vital, o impúdica demostración de un deseo casi sin límite por el cuerpo y la compañía del otro.
La propuesta de Laso y Sosa se alimenta sin tapujos de este potencial, apostando por recrear una cercanía hoy difícil de conseguir por muchas causas, tratando de revivir épocas en muchos sentidos extintas, a partir de la obra colosal de un autor que consumió sus días inmerso en pasiones de todo tipo, conduciéndolo desde el exilio cruel, a su transformación en ícono de la fiesta popular en que la mayoría se reconoce como entidad palpitante. En un reparto acertado de roles, la primera retiene el desgarro de la vida del cantautor perseguido por enemigos tenaces, que, no obstante, no ceja en provocarlos espectacularmente desde un sitial de artista imposible de acallar, la segunda, por su parte, enfundada en un traje ceñido al cuerpo y rematado en un par de zapatos rojos de tacón que casi asustan, captura la entrega desaforada, su romanticismo lleno de tragedias, desencuentros y plenitudes ahítas de pena y tristeza.
Entre boleros, chacareras y recitaciones, Guarany es invocado con una lealtad que conmueve, acaso porque no desprecia ni siquiera los aullidos, que tantas desventuras le aseguraron en vida; además de los paisajes pletóricos de contrastes, tan violentos como los que encontramos sin esfuerzo alguno en sus descripciones de amigos y enemigos. Pero también del énfasis permanente en la dinámica indetenible del cambio, que se festeja, aunque hasta allí no lleguemos más que hundidos en el más profundo de los dolores por las conseguidas pérdidas.
Ayer en la memoria, aunque hace mucho, como el acompañamiento musical del boliche del pueblo y tomando coca cola con sándwiches de miga y las piernas colgadas de otra silla de plástico rajada, viendo al tío saludar sus socios de la mala vida y toda una plétora de borrachos que no esperaban las “doce” para tomar vino con soda, o en la madrugada en el 147 blanco, antes de empezar con el cassette de Sumo y repartiendo pan con el conductor más irresponsable del mundo amenazando todos los perros que se le cruzaban por la calle, en un tándem de auto y acoplado que todavía me hace reír, Guarany a todo volumen conquistándonos un poco más; o compartiendo y “dándonos confianza” con los amigos del secundario en alguna noche de salida de fin de semana, o en los reparos de la mami, que le gustaba tanto “la negra” Sosa que trataba imposiblemente de despreciarlo. Siempre Guarany, como una parte importante del cauce que compone la cultura popular y por el que nos deslizamos como otro litro del agua que el Suquía lleva quién sabe dónde, a ver qué paisajes, mientras tanto nos oscurecemos y agitamos, haciendo nuestro muy fácilmente mucho o poco de ese detrito fecundo que evidentemente nos acompañará para siempre.
