La noche según Visconti
Vivimos una época de adaptaciones a raudales con espectadores y críticos que acuden a las salas de cine con dientes apretados, miradas hostiles y ademanes despectivos. “¡Qué va!” -diría la Pilar en Por quién doblan las campanas (Hemingway, 1940)- nosotros podemos escapar a esta disposición y desentendernos de la fidelidad al texto original, la exactitud histórica y a saber qué otras minucias sobre las que ponen el foco los antedichos espectadores y críticos. Lo cierto es que siempre que se habla de una película que trata un tema universal como es el amor debemos enfocarnos en cuestiones como lo inescindible que resulta este del anhelo.
Esto ocurre en Noches blancas (1957), adaptación de la novela corta del mismo título de Fiódor Dostoievski. Se trata de la historia de Natalia y Mario (Marcelo Mastroianni), quienes se topan una noche en uno de los puentes, ubicados sobre el canal, que une los barrios de esta reproducción en estudio de las calles de Livorno. Para el papel de Natalia, Visconti eligió a María Schnell luego de haber sido jurado en el Festival de Cannes, algo que admiramos tanto por la actuación de Schnell y su perfecto italiano como por la destreza del director para filmar rostros femeninos.
Por un lado, el paisaje desolado de posguerra, el cual se muestra artificial adrede puesto que, entendemos, se refiere a un mundo más acotado que aquel de las producciones neorrealistas de Visconti; y, por otra parte, el carácter rutinario de la vida de ambos protagonistas representa aquella grisura característica de los personajes de Dostoievski. Mario es un simple secretario administrativo y Natalia, por su parte, sobrelleva los quehaceres de una modestísima pensión junto a la criada y su abuela, casi ciega, quien pareciera vislumbrar mejor que nadie la condición humana, puesto que dota de una selectividad tal a la pensión como aquella del anuncio buscando inquilino que abre Rosaura a las diez (Marco Denevi, 1955). Natalia es quien lanza primero los dados, lamenta su situación y su soledad, ante lo cual Mario comparte la soledad que él mismo experimenta: ha sido trasladado hace poco a la ciudad debido a su trabajo. En este sentido, a lo largo de esta historia, tácita y concretamente ambos convienen una amistad.
En la primera noche percibimos una atmósfera neblinosa, lograda por Visconti y su director de fotografía usando alumbrado público y poniendo velos sobre las cámaras en ocasiones, así como el papel preponderante del canal y el puente que separa la vida de ambos protagonistas, ejes centrales de este devenir nocturno. Luego de una accidentada velada, Natalia y Mario acuerdan encontrarse en el puente a la noche siguiente. Natalia, una vez más, espía y luego huye de Mario una vez descubierta, revelando su fragilidad ante el contacto con un extraño; luego de aclarada la situación, el tacto está sobre el abrigo de Mario, un tocar que en nuestros días se ha desplazado a lo digital, pero que aquí se refleja en miradas y un caminar incesante, donde las historias se entrelazan, la de Natalia es de una familia de vendedores de alfombras extranjeros venidos a menos, quienes ahora simplemente remiendan unas pocas alfombras, otro signo del cambio de época. Mientras tanto, Mario le da poca importancia a su corriente historia y cede la palabra para que su amiga narre sus penas.
El día de la llegada del inquilino (interpretado por Jean Marais), un atractivo hombre de mundo, este es aceptado sorprendentemente por la abuela, quien duda de todo y de todos, por el solo de hecho de no haber dado rodeos para pagar el alquiler. Natalia queda atónita ante la presencia del inquilino, luego se inmiscuye en su habitación, revisa sus cosas y se fascina con la cantidad de libros que el hombre tiene, éste se los cede generosamente y la monotonía de la pensión se ve interrumpida por la lectura en voz alta de las magníficas historias a pedido de la abuela, al mejor estilo de la editorial Nórdica: un libro al precio de una entrada de cine. Más adelante, el inquilino invita a las mujeres a la ópera con el pretexto de acercarse a Natalia, algo que ciertamente logra y de allí en más comienza la ensoñación de nuestra protagonista, que se extiende más allá de la partida repentina del inquilino y la promesa de regresar por parte de este. Su historia sella un pacto ficcional con Mario cuando ella dice que no espera que le crea tan solo que la comprenda.
Como sabemos, la carga es para aquel que espera, y este peso sobre la existencia es el que advierte Mario, quien, toda vez enterado de que la persona que espera su amiga no es otra que el inquilino, accede a ser su amigo. A esta altura la relación entre realidad y fantasía está instalada de forma definitiva. Así como antes asistíamos a El barbero de Sevilla, ahora ambos protagonistas se ven envueltos en una velada bailando rock & roll, compartiendo la frivolidad de los jóvenes y practicando ese exquisito arte de dejarse llevar. Se produce una epifanía en la que ambos protagonistas consideran que han sido felices en la realidad, luego el hechizo se rompe con la desesperanza de Natalia ante la ausencia de su amante y la incomprensión de Mario, que termina enredado con la prostituta que lo anhela y la trata de una manera tan terrible que le parece un mal sueño. El momento de redención pareciera llegar cuando se calman las aguas y nuestros protagonistas hacen las paces, la nieve y las luces los envuelven como pura ensoñación, entre promesas y confesiones de amor que nunca llegarán a buen puerto.
Noches blancas se presume como un mero drama sobre un amor no correspondido, pero lo cierto es que logra capturarnos con sus planos largos de una cotidianeidad que algunas veces se ve interrumpida con una espontaneidad que nos conmueve.