Córdoba

El Estrecho de Ormuz, centro de la negociación

La guerra de Irán no tendrá un final inmediato, por lo menos por ahora, y sigue deparando sorpresas. La primera de ellas, por supuesto, es la capacidad que está demostrando la República Islámica para aguantar los ataques de Israel y Estados Unidos, la determinación de resistir política, militar, económica y socialmente, y la decisión de contraatacar, con mucho más poder de fuego del que conocían o imaginaban sus enemigos. Eso llevó a la segunda sorpresa, el giro en lo discursivo de Donald Trump, mostrándose dispuesto a negociar y evidenciando una grieta en la que se creía una alianza monolítica con Benjamín Netanyahu. La tercera sorpresa es que, ante la propuesta y exigencias de Washington, la respuesta de Teherán fue sólida, firme, digna y coherente, mostrando que no se va a doblegar fácilmente y que los persas piensan en términos estratégicos y con otra concepción del tiempo, muy distinta a la de los occidentales.

Básicamente, Irán está pidiendo que un eventual alto el fuego no sea temporal sino permanente y garantice que no le vuelvan a mentir, con un mecanismo que impida que dentro de un año o dos, Israel y Estados Unidos lo vuelvan a atacar. Aquí, hay que tener en cuenta que se venían desarrollando negociaciones entre Washington y Teherán sobre el proyecto nuclear iraní. Esas negociaciones iban bien en Omán, pero nos fuimos a dormir la noche del viernes 27 de febrero, pensando que el lunes se reanudarían las conversaciones, y nos despertamos la mañana del sábado 28 en guerra. De ahí la justificada desconfianza de los iraníes hacia Trump.

Pero, ¿qué había planteado la administración Trump en su promocionada propuesta de 15 puntos? Básicamente que Irán debía deshacerse de tres plantas nucleares, que debía dejar de apoyar a grupos proxis como Hezbollah en El Líbano o los hutíes en Yemen, y que Estados Unidos cocontrolaría el estratégico Estrecho de Ormuz, por donde circula el 25 por ciento del petróleo y el gas del mundo. Esta última propuesta es la más descabellada e inaceptable para los iraníes.

Este punto es fundamental, y vuelve a poner a la geografía como un elemento fundamental para entender la política internacional y la posibilidad de paz en el mundo actual. El férreo control que mantiene Irán del Estrecho de Ormuz es quizá el elemento principal por el que podemos decir que va ganando la guerra, a pesar de sus pérdidas humanas y materiales. Y si Irán se mantiene firme en este punto y lo hace valer en una eventual negociación, hará que lo consolide para el futuro. Eso haría que el Golfo Pérsico sea más pérsico que nunca, y que, en la práctica, las petromonarquías terminen siendo países satélites que tengan que pagar “peaje” a Irán por su comercio. Aquí hay un elemento secundario, pero muy importante, y es el cambio de Irán de los petrodólares por los petroyuanes para su comercio.

Las últimas noticias dan cuenta de que siguen los ataques cruzados. Israel se jacta de haber matado este jueves al comandante iraní del Estrecho de Ormuz, Alireza Tangsiri, mientras que Estados Unidos anuncia el envío a la región de mil marines y coquetea con la posibilidad de una invasión terrestre con presencia de tropas en el terreno, una apuesta peligrosa por la foto que quiere evitar Trump, la de los ataúdes envueltos en banderas de barras y estrellas. Mientras esto pasa, Irán sigue atravesando con sus misiles la que supuestamente era infranqueable cúpula israelí de defensa antiaérea.

Hasta ahora, como dijo el miércoles el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, lo único que ha logrado Estados Unidos en esta guerra es: socavar la legalidad internacional, reavivar los conflictos en Irak y en El Líbano, desestabilizar Medio Oriente, sepultar Gaza bajo el olvido y la indiferencia, hacer de las monarquías del Golfo países más inseguros que antes, incentivar los programas nucleares de Pakistán y Corea del Norte y ayudar a Putín en la guerra contra Ucrania con el aumento del precio del petróleo.

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