Icono del sitio TribuTV

Habitar lo incompleto

Interpretar la Sinfonía n.º 8 “Inconclusa” de Franz Schubert implica, primero que todo, tomar una posición. No frente a la historia —que ya se ha expresado demasiado sobre este tema— sino frente a la obra tal como existe en el presente: aprobada, escuchada y transmitida como un todo que nunca se cierra.

Durante mucho tiempo me resultó inevitable pensarla desde lo que le falta: lo que no está, lo que pudo haber sido, lo que la tradición intentó explicar. Pero en el trabajo concreto, en el ensayo, en el sonido real de una orquesta, esa perspectiva no tiene sentido. Porque lo que aparece con claridad es otra cosa: en esos dos movimientos se encuentra lo esencial de una obra de arte.

El primer movimiento no necesita una justificación como inicio de algo mayor. Desde ese gesto inicial, dramático, oscuro y contenido, la obra ya consolida un mundo completo. No hay promesa: hay afirmación. La tensión no apunta hacia adelante, sino que se instala. Y como intérprete, la decisión es clara: no conducir ese discurso como si estuviera incompleto, sino mantenerlo como si ahí estuviera todo.

El segundo movimiento no resuelve ese mundo. Lo transforma sin disiparse. Su aparente calma nunca es descanso pleno; hay una agitación que permanece, una respiración que no termina de asentarse. Ahí es donde la tentación interpretativa aparece con más fuerza: buscar equilibrio, ofrecer cierre, ordenar lo que la música deliberadamente deja en suspenso. Resistir es, tal vez, el verdadero trabajo.

Porque el problema no es que la obra esté incompleta. El problema sería intentar completarla.

La tradición interpretativa ha oscilado constantemente entre esas dos fuerzas: aceptar la interrupción o disimularla. Pero en la experiencia directa, esa dicotomía pierde sentido. No hay nada que disimular. La obra no pide ser terminada: pide ser sostenida en su propia lógica. La Sinfonía Inconclusa posee una dramaturgia perfecta.

Cada vez que la dirijo, la decisión vuelve a aparecer, inevitable. No como una duda, sino como una responsabilidad: no imponer a la música una forma que no le pertenece. Permitirle existir en ese estado de apertura, donde el final no clausura, sino que simplemente deja de avanzar.

Ahí es donde la obra encuentra su forma más precisa. Y también, su mayor exigencia. Porque dirigir la Sinfonía Inconclusa no tiene que ver con resolver un enigma o un acertijo. Es aceptar que el enigma es su personalidad.

Salir de la versión móvil