Icono del sitio TribuTV

Dos formas de narrar la memoria: entre el viaje íntimo y la imagen que insiste

Casa Rodante de Gustavo Oña

Capítulo 6

Mi padre tenía una casa rodante. No sé con qué expectativas la compró, ni cuando lo había hecho, si habrá sido parte de un negocio o de una esperanza, una alianza. Lo que sí recuerdo es que estuvo en casa desde siempre, ahí, en el patio cerca del gomero y a expensas de la intemperie, un poco decorando, otro poco abandonada. Dos veces nos fuimos de vacaciones en la casa rodante y en ninguna de esas oportunidades nos había acompañado mi madre. No sé si habrán estado peleados. No sé si nuestro padre habría considerado esas salidas como una oportunidad para acercarse a nosotros, sus hijos, una especie de salida de hombres, u hombrecitos. Una vez fuimos al Durazno. La otra a Ascochinga. Tengo ligeros recuerdos, efímeros destellos, una caminata, un raspón en las rodillas, una pelea con mi hermano, el agua fría del río, los sapitos y el olor a café de la mañana que preparaba mi papá en una ollita de lata.

La idea que me había sugerido mi hermano me daba vueltas en la cabeza. Sacarlo a mi padre del geriátrico e irnos juntos unos días a las sierras en la casa rodante. Me gustaba. En realidad, lo que más me entusiasmaba era alejarme un poco de Laura y tomar distancia de mis días y de mi monocorde trabajo, de mis horarios y de mi mundo. Alejarme, en realidad, un poco de mí y de los fastidios que yo emanaba. En principio uno quiere armar su mundo, y después abandonarlo. Estaba tomando un café en el bar del frente del registro y en una servilleta de papel me puse a dibujar una casa rodante, no recordaba de qué color era la de mi padre. Toda una infancia jugando que era una nave espacial y no me acordaba los colores. Le llamé a mi hermano.

—¿En qué estado estará la casa rodante? —le pregunté.

—El verano pasado el inquilino de la casa de papá me llamó para consultarme si podía usarla para irse un fin de semana a las sierras. Le dije que sí, calculo que debe estar bien.

Esa misma mañana le hablé al inquilino para acordar un día y un horario para ir a ver la casa rodante. Quizá por su frialdad no me animé a preguntarle por el estado de la misma, a lo mejor le había sorprendido mi llamado y había supuesto que lo que me motivaba era supervisar el estado de la vivienda. Iría el sábado a la mañana, a primera hora.

Ni a Laura ni a Ignacio les había contado sobre mi idea, en una cena tuve ganas, pero me quedé callado. No quería exhibirla y desconozco los motivos. A lo mejor porque era una idea mía, pero sobre todo nueva, un pequeño espacio de libertad que había decidido. A mi padre se la conté.

—¿Qué te parece papá la idea de irnos un fin de semana a las sierras?

—¿A las sierras?

—Sí, en la casa rodante, la que es tuya.

Pareció no importarle y siguió comiendo su alfajor de maicena. Me visualicé con él en el interior de la casa rodante cambiándole los pañales y me pareció una locura, pero me resistí a la imagen pensándonos sentados en unas reposeras, uno al lado del otro, mientras mirábamos el fuego, desandar el tiempo sin expectativas, implantados en un paisaje en compañía.

Laura se despertó el sábado a primera hora y, como casi todas las mañanas, salió a caminar. Abrí la puerta del garaje y volví a imaginar una cama, una silla y a mi padre escuchando música clásica o a Gian Franco Pagliaro. Agarré la bicicleta de Ignacio y salí. La idea era sorprender a Laura, no sabía que el sorprendido sería yo. ¿No eran grupales los entrenamientos? ¿Quién era ese hombre con el que entrenaba en la plaza? Ese que de su bolso sacó una toalla y le secó el sudor de su cuello mientras le decía algo al oído. ¿Quién era ese con el que después de estirar los músculos se sentaron a conversar y a tomar agua? Los miré sentado en la bicicleta escondido detrás de un arbusto. Les saqué una fotografía con el celular y amplié la imagen. Sonreían.

Llegué a la casa de mi padre y toqué la puerta. El inquilino se asomó por la ventana para indicarme que vaya por el portón del garaje que daba paso directo al patio. La casa rodante estaba donde siempre, debajo de un pequeño tinglado de chapas. Blanca con líneas rojas y verdes. Se apoyaba sobre dos troncos, estaba cubierta de tierra, la puerta de entrada desencajada y las telas mosquiteras de las ventanas estaban perforadas. Arriba en el techo había unos neumáticos viejos y una bicicleta oxidada. Le di una vuelta completa y supuse que sería imposible dejarla en condiciones.

—¿La usaste el verano pasado? —le pregunté.

—No, hice presupuestar los arreglos con un hombre del fondo del barrio y haciendo números me convenía alquilar una cabaña.

Abrí la puerta para asomarme y me repulsó el olor.

—¡¿Huele a podrido?!

—Sí, la gata tuvo cría en el interior de la casa y ni el vinagre ni la lavandina pudieron sacarle el olor.

Le pedí el contacto y el nombre del hombre que le había pasado un presupuesto para arreglarla. Me pasó el número y me dijo que se hacía llamar MacGyver, y eso me gustó. Salí de la casa de mi padre y antes de subirme al auto llamé a MacGyver, le conté en dónde estaba y lo que necesitaba.

—Venga a buscarme y vamos a ver la casa.

Era un taller de chapa y pintura. Toqué el portón y un perro empezó a ladrar, escuché que alguien lo llamaba Murdoc y le pedía que se calmara.

—Buenos días —me dijo y me estiró la mano—. Yo soy Mac. ¿Así que quiere arreglar la casa rodante?

—Sí, para irme con mi padre unos días a las sierras.

—Bueno, vamos a ver la casa —me dijo.

—¿Ahora? —pregunté.

—Sí, ahora —confirmó.

Fuimos juntos a lo de mi padre en mi auto y el inquilino, algo molesto, se quedó conmigo mientras MacGyver revisaba la casa rodante. Se tiró al suelo, la sacudió e hizo anotaciones en un cuaderno.

—¿Qué le parece? —le pregunté cuando cerró el cuaderno.

—A la casa ya la conocía, creo que vale la pena intentarlo —contestó y quedó en llamarme en la semana.

El lunes a la mañana mientras Laura se cambiaba para salir a caminar le conté que tenía pensado hacer arreglar la casa rodante y pasar algunos días con mi padre en las sierras. No me dijo nada y tuve ganas de preguntarle por el hombre con el que la vi mientras entrenaba el sábado a la mañana. Tuve ganas de decirle, Laura, te seguí. Tuve ganas de darle un beso. Tuve ganas de decirle te quiero. Tuve muchas ganas de cambiar y ser otro, o ser ese al que le daba sus sonrisas. Tuve ganas de revisarle las cosas. Tuve ganas de entrar de alguna manera en su intimidad. Tuve ganas de que me quieras, Laura.

Capítulo 18

…Hacía tiempo que no nos interesábamos por la vida del otro, hacía tiempo que lo nuestro se había terminado y quise saber cuándo, pero ciertos finales tienen la capacidad de esconderse en lo cotidiano, de acomodarse sin ruido en los asientos del medio esperando que uno tome la decisión de ir a buscarlos, una sala de espera donde habitan las decisiones que ya fueron tomadas y aguardan intranquilas ser llamadas y ejecutadas…

Anexo tres

¿Estará mal repetir tantas palabras? Antes creía que sí, ahora no lo sé, la verdad que no lo sé. Cada vez sé menos. Está bien repetir, sí, está bien. Me sale más fácil, siempre. No toda repetición es buena, aunque sí funcional.

Quiero escribir sobre el amor. ¿Hay otro tema que no sea el amor? ¿En dónde está el amor cuando no sé de qué escribir? La novela que no voy a escribir sobre el hombre odioso, es una novela de amor. Y voy a escribir algo que no sea muy extenso. No tengo paciencia, ni talento, ni dedicación, pero me gusta andar y entonces voy a escribir repetitivo y corto y mal y con ganas y de noche y de día, cuando pueda en realidad y un poco allá y un poco acá. Escribir, como dice mi analista, es la principal mudanza, y a mí me gusta instalarme en otros lugares, aunque siempre sean los mismos, pero diferentes. ¿Qué es una mudanza? ¿Qué es escribir? ¿Dónde se escribe? ¿En los mapas nunca olvidados del cuerpo que a la corta o a la larga te llevan en sus olas a otras orillas sin más valijas que la vida entera?

Es lindo hacer largas algunas cosas, me gustan los rodeos, sospecho que a veces así armo el deseo, otras creo que de esa manera le escapo. ¿Qué hace uno en los rodeos? Esquiva e increpa, ¿toma carrera?

Fuimos con los chicos a hacer las compras al almacén del barrio. La pasamos bien. Había viento e imitamos las coreografías de los árboles que bailaban y como todos saben que el piso es lava intentamos ponernos a resguardo de múltiples maneras. Hay muchas formas de pasar el rato, de salvarse. Conteníamos la respiración para salvarnos de la lava. Caminábamos marcha atrás para salvarnos de la lava. Saltábamos en un pie para salvarnos de la lava. Me gusta jugar con los chicos. A veces jugamos juntos y otras veces separados.

Juego. Las palabras me entretienen y otras veces me lastiman, pero están siempre al servicio de las cosas de las que estoy y estaba hecho.

A veces le arrojo una palabra suelta a mi pasado para ver si regresan más amables ciertas insistencias.

Tengo dudas sobre el personaje. La duda es una certeza a la hora de mi escritura. ¿Quién no quiere cambiar su vida? ¿Y quién no quiere aferrarse a la que tiene? ¿Es una contradicción? ¿Y si escribo un poema? Hay un elemento que me gustaría incorporar en Casa rodante. No me doy cuenta. No sé de qué hablo cuando hablo de la psicología de los personajes. No podría definir muy bien qué es la psicología ni mucho menos qué es un personaje. Soy una suma de tentativas y me muevo por sospechas. Sospechas, lo importante es tenerlas. Tenerlas para todo lo contrario a los problemas. ¿Cuándo y en qué contexto sospechaste por última vez? F.U.S: Fecha de la última sospecha. ¿De qué te sirvió esa sospecha? ¿Uno sospecha como una defensa? ¿La defensa es más peligrosa de lo que uno se defiende? ¿Será la psicología del personaje aquellos rasgos que lo hacen atrapante? ¿La manera en que resuelve determinados conflictos? El hecho en cuestión es, o sería, que el personaje, que no tiene nombre, ¿será un error que no lo tenga?, arrastra una duda. Pero, ¿quién no arrastra una duda? Miles. ¿Estará bien decir en algunos casos que uno empuja una duda? ¿Las dudas desde cuándo corresponden al pasado para tener que arrastrarlas? ¿Cuándo uno duda cosas del futuro las arrastra? El personaje de Casa Rodante tiene una duda, una duda que no lo abandona. No sabe si cuando era niño mató a una persona. ¿Para qué incorporaría ese elemento? Esa duda lo hace sentir un asesino, un culpable, eso lo ensombrece y le entrega una manera tacaña de responderle a las cosas que vive, en algún punto los problemas le parecen pequeños porque nada se compara con haber matado a una persona. No sé si ponerlo. Me parece que no y otras veces que sí, casi siempre desempatan mis ganas. ¿Cuál será la materia prima de las ganas?

Latir y revelar. Fotografía, arte y memoria de Gabriel Orge

El golpe

Vivíamos en una casona antigua, con un hall central sobre el que desembocaban todas las habitaciones. En el ala izquierda se situaba el escritorio, al lado la habitación de mi tío Ovidio, a continuación el dormitorio de mis abuelos Ángel y Ana María. En el ala derecha se ubicaba la pieza que compartíamos con mi hermana Marcela y luego la de mis padres Víctor y Clyde. Desde el techo un enorme tragaluz inundaba el salón iluminando la cuadrícula en blanco y negro del piso. Entre los rituales cotidianos el que me despertaba mayor entusiasmo consistía en regular la entrada de luz según las horas del día. Como si fuera el diafragma de una cámara fotográfica, desplazaba los toldos que -a modo de fuelles- se situaban paralelos al techo y permitían controlar la luminosidad del salón. Confinados a un encierro obligado para no molestar a los adultos, las siestas de la infancia parecían eternas. Esperar, dormir sin tener sueño.

Transcurrir en la oscuridad y el silencio de un tiempo muerto que albergaba el tedio y la fantasía. Jugar en la penumbra discreta con la linterna de mi abuelo, crear paisajes de sábanas con cuevas y socavones.

La rutina de las siestas veraniegas se interrumpía cuando mi tío Ovidio me llevaba al río, algunas veces a la zona del Paso de la Arena y otras al Diquecito. Esas costas eran el terreno ideal para dibujar con una rama en el barro y flotar dando brazadas río arriba. Así aprendí a nadar en contra de la correntada.

En el verano del ‘76 caminábamos con mi tío hundiendo los pies en el barro del Ctalamochita, cuando inesperadamente dos mujeres comenzaron a insultarse delante nuestro. El intercambio de gritos pasó rápidamente a la violencia. La mujer menuda tomó del pelo arrastrando a la más robusta que rápidamente zafó de su contrincante. Manoteó con decisión una varilla de alambrado que estaba tirada cerca de un sauce orillero. Con un movimiento ágil golpeó la cabeza de la mujer más pequeña que cayó desorientada al piso y repentinamente comenzó a sangrar. Sentí bruscamente un calor que invadió mi cuerpo de abajo hacia arriba. Busqué con la mirada a mi tío entre las personas que rodeaban la escena, lo vi dar un paso largo y acercarse a la mujer sangrante. Todo fue tan rápido como un flash, casi sin darme cuenta estábamos en el Chevrolet 400 a toda velocidad rumbo al hospital. Con cada desnivel del pavimento me deslizaba sobre el asiento delantero humedecido por la transpiración. En las curvas, mi cuerpo se ladeaba y giraba mi cabeza levemente intentando mantener el equilibrio. De reojo pude ver a la mujer que sollozaba en mitad del asiento trasero, mientras se teñía de rojo su cuerpo y el tapizado del auto.

El 18 de septiembre de 2014 giré el proyector hacia la ventana, y el rostro de Julio López ocupó el vacío de la medianera de enfrente. Su retrato habitó la intemperie en el anochecer del octavo aniversario de su segunda desaparición. Repetí el gesto de proyectarlo en la barranca del Ctalamochita. Entreverado en las moras y sauces costeros apareció Julio, ahí mismo donde floté por primera vez.

Salir de la versión móvil