Superficie de contagio
La semana pasada fui infectado. En ocasión de un encuentro del ciclo Alta fidelidad, que organiza la UNC, entré en el mundo de la icónica banda de los ‘80 Virus. Si hay algo que no se puede es entrar en un virus, lo sé. Por esa razón, me tocó, en todo caso, ser su huésped.
La consigna era clara, conversar sobre Virus en el marco del quincuagésimo aniversario del Golpe de Estado Cívico Militar de 1976. Y, claro, cuando uno lee a Virus no encuentra la impronta aguerrida de “La marcha de la bronca” de Pedro y Pablo o la poética densa de la metáfora del país de Alicia de Serú Girán. No. Virus es otra cosa. O, expresado en mejores términos, Virus hace otra cosa.
El punto de partida siempre es el nombre y la designación traza un destino. En este caso, la medicina nos explica el carácter profético de la denominación elegida para la banda de los Moura. Entre los agentes infecciosos es común confundir a los virus con las bacterias; sin embargo, son esencialmente diferentes. Las segundas son entidades vivas, conformadas por células —unidades mínimas de la vida— y por lo tanto, además de poder ser atacadas con antibióticos, que les podrán provocar la muerte, gozan de la existencia de un núcleo. Los virus no. Un virus es una configuración molecular que se adhiere a la superficie de una célula, a la que convertirá en su huésped y de la cual tomará las funciones vitales para propagarse infinitamente. El virus no es, el virus hace.
Los Virus hicieron eso. En un contexto en el que las alternativas parecían ser la resistencia profunda o la aceptación del régimen dictatorial, ellos eligieron hacer otra cosa: descentralizar la discusión. Correr el problema de las esencias o núcleos y moverlo hacia las formas y las superficies. Claro, estaba escrito en su nombre.
Al programa encarnado en el bautismo de la banda se sumó la estética de su poética. La lírica de Virus es heredera de la rudimentaria pero efectiva poética de los juegos infantiles y las canciones de ronda. Versos cortos, rimas, juegos de palabras que se pegan en la memoria. Y palabras inventadas —wadu wadu— donde la sonoridad manda por sobre cualquier significado estable. Uno las canta antes de entenderlas, y eso no es un defecto: es el mecanismo. Ferdinand de Saussure, el lingüista suizo que fundó la lingüística moderna, enseñó que el signo tiene dos caras: el significante, que es la forma sonora, y el significado, que es el concepto. En Virus, esa relación se inclina radicalmente hacia el primero. La palabra no está ahí para transmitir una idea; está ahí para circular, para pegarse, para contagiar. Un signo que es, ante todo, superficie. Si juntáramos al lingüista con los infectólogos, podríamos decir que hay algo profundamente viral en esta idea: un signo que se propaga sin necesitar un núcleo de sentido que lo justifique.
En esos versos cortos de la banda platense, además, se impone la secuencia textual descriptiva, también considerada por la lingüística del texto como la más simple o superficial. El yo poético de Virus no explica, no argumenta y poco narra. El yo que ellos construyen presenta, performa.
Todo en esa simpleza produjo un interesante y potente efecto. Porque si en algo estamos de acuerdo, desde la pandemia del Covid 19 al menos, es que un virus puede cambiar la vida de las mayorías. Del mismo modo, esta banda se propagó y generó un fenómeno tan popular como transformador, en el cual la apelación al cuerpo, al deseo y a las superficies del placer, habilitaron una propagación por rizoma. Nuevamente es preciso recurrir a la metáfora biológica, como lo hizo Deleuze, lo rizomático en el mundo botánico refiere un modo de crecimiento en el que las plantas no desarrollan una raíz bulbar que se proyecta profundamente al interior, por el contrario: son especies que operan su multiplicación al borde de la superficie, como lo hacen las cañas de bambú. Mediante esa forma de crecimiento y reproducción, como con los virus y los Virus, es imposible encontrar un núcleo o raíz que porte su esencia. Lo que tiene lugar, entonces, es una descentralización del fenómeno.
Retomemos el marco de esta conversación y los interrogantes sobre el rol de la banda en el ocaso de la dictadura y el amanecer democrático. ¿Cómo opera la tensión entre superficialidad y profundidad en la discusión política? Virus no escapa de esta discusión, no elige la superficie como un espacio de banalidad que le permite huir de la arena política. Virus disloca lo político desde la descentralización. En su obra, lo político es encarnado en la conversación sobre las formas, sobre la alegría, sobre el deseo y sobre el movimiento de los cuerpos. Ellos mismos lo dijeron, con la precisión de quien no necesita teoría: “hay que salir del agujero interior”. No es una metáfora de evasión. Lejos de ser un escape del conflicto, emerger a la superficie se presenta como una política en la que el propósito ya no es responder al poder, sino infectarlo.