Por razones obvias, el nombre de José Honorio Ortega captó inmediatamente mi atención cuando topé con él, años atrás. Es un nombre que se repite en mi familia generación tras generación, como ocurre en esas sagas latinoamericanas donde la memoria traza el argumento y repite el destino, tallándolo en documentos, placas o lápidas.
Se trata de un conscripto, en realidad un soldado, caído en Malvinas. No tenemos vínculo alguno. Pero en su hoja de vida pareciera anidar una historia más amplia, que nos abarca.
José Honorio Ortega nació en Río Gallegos, hijo de José Bernardino y Sonia. Cumplía el servicio militar obligatorio desde el 1º de febrero de 1982 en el Regimiento de Infantería 25, con asiento en Sarmiento, Chubut, cuando el gobierno militar puso en marcha la llamada Operación Rosario, que culminó con el desembarco argentino en las islas el 2 de abril. Ese regimiento recibió un entrenamiento especial previo a la operación y uno de sus instructores fue el entonces teniente coronel Mohamed Alí Seineldin.
José visitó por última vez a su familia el 18 de marzo. No dio detalle alguno. Poseía una instrucción militar previa, por haber cursado la escuela secundaria en el Liceo Militar General Roca, en Trelew (Chubut).
Mientras tanto, la dictadura militar iniciada el 24 de marzo de 1976 atravesaba una crisis profunda. A fines de 1981 la economía estaba en recesión, la inflación anual superaba el 160 por ciento, la deuda externa había crecido de manera acelerada y el desgaste político del régimen era inocultable. Nacía la Multipartidaria, que reclamaba una salida democrática, en un escenario marcado por el agotamiento del gobierno militar.
En diciembre de 1981 la Junta Militar reemplazó al presidente de facto Roberto Viola (había reemplazado a Jorge R. Videla en marzo) por el jefe del Ejército, Leopoldo Fortunato Galtieri. Cobró fuerza un antiguo proyecto impulsado principalmente desde la Armada: recuperar las islas Malvinas mediante una operación militar rápida que obligara al Reino Unido a negociar la soberanía bajo presión.
La coyuntura política terminó por acelerar esa decisión.
El 30 de marzo de 1982 la CGT Brasil convocó a una movilización contra la dictadura en la Plaza de Mayo y en diversas ciudades del país. Se estimaron 30 mil participantes y fue duramente reprimida. Hubo cientos de heridos y detenidos. Un manifestante murió en Mendoza.
Tres días después la historia tomó otro rumbo.
José Honorio Ortega llegó a Puerto Argentino el 2 de abril, en el rompehielos ARA Almirante Irízar, procedente de Bahía Blanca. Horas antes las tropas argentinas habían reducido a la pequeña guarnición británica el gobernador colonial, fue destituido. Desde el 3 de abril Ortega participó de las operaciones destinadas a asegurar las posiciones en el istmo de Darwin y Pradera del Ganso. Era radio operador de su unidad (también tirador) y se instaló con algunos compañeros en un galpón de la zona.
La recuperación de las islas contó con un amplio respaldo popular. El 10 de abril la Plaza de Mayo volvió a llenarse. Miles de personas se congregaron para escuchar a Galtieri desde el balcón de la Casa Rosada. Fue la plaza de la exaltación y del engaño.
Mientras tanto, el escenario internacional se configuraba de otro modo. El presidente estadounidense Ronald Reagan había advertido a Galtieri que el Reino Unido respondería militarmente. La ONU exigía el retiro de las fuerzas argentinas y el cese de hostilidades.
Del otro lado del Atlántico, la primera ministra Margaret Thatcher tomó rápidamente la decisión de recuperar las islas por la fuerza. El 5 de abril zarpó desde Portsmouth una poderosa fuerza naval integrada por más de cien buques.
Fue en ese contexto que miles de jóvenes conscriptos argentinos como José fueron enviados a las islas. Más de la mitad de los 23 mil efectivos desplegados (y un 72% de los muertos en la guerra) pertenecían a las clases 1962 y 1963, pasando sin escalas de hacer lagartijas en un cuartel a la experiencia abrupta de una guerra real. El 24 de abril, José Honorio Ortega juró la bandera en las islas. Las cartas que envió a su familia reflejan la emoción de aquel momento.
A fines de abril las tropas británicas recuperaron las islas Georgias (al mando de un tal Alfredo Astiz) y el 1º de mayo comenzaron los bombardeos sobre posiciones argentinas en Malvinas. Un día después el submarino nuclear británico Conqueror hundió al crucero ARA General Belgrano, provocando la muerte de 323 tripulantes.
A partir de entonces se sucedieron combates navales, ataques aéreos y llegó la hora de los enfrentamientos terrestres. El 21 de mayo fuerzas británicas desembarcaron en la bahía de San Carlos y establecieron una cabeza de playa desde la cual iniciaron el avance hacia el interior de la isla Soledad.
Uno de los primeros grandes enfrentamientos terrestres ocurrió en Darwin y Pradera del Ganso. Entre el 26 y el 28 de mayo tropas argentinas y británicas se enfrentaron en un combate intenso. Los soldados argentinos, es sabido, llevaban semanas mal alimentados y contaban con escaso equipamiento. Las fuerzas británicas, ciento por ciento profesionales, disponían de mejor logística y armamento.
En la madrugada del 28 de mayo los paracaidistas británicos avanzaron sobre las posiciones argentinas. Desde la noche anterior la sección a la que pertenecía José Honorio Ortega había marchado hacia Pradera del Ganso en medio de la oscuridad, hundiéndose en el barro y soportando temperaturas extremadamente bajas.
En horas de la mañana, replegados entre las ruinas de un caserío, con la orden de contraatacar (38 efectivos contra 250 británicos) enfrentaron el avance de dos frentes de fuego. José Honorio Ortega murió en combate antes del mediodía.
La guerra se extendió todavía durante dos semanas más. El 14 de junio de 1982 las fuerzas argentinas se rindieron. Tres días después Leopoldo Galtieri renunció a la presidencia y la Junta Militar se disolvió. La guerra, paradójicamente, abrió el camino hacia la recuperación democrática que llegaría un año y medio después.
Pero mientras el país iniciaba ese nuevo capítulo, quedaban los muertos. Los cuerpos de muchos soldados argentinos fueron trasladados desde sus enterramientos provisorios al cementerio de Darwin. Durante décadas la mayoría de las tumbas permanecieron bajo una inscripción: soldado argentino sólo conocido por Dios.
En Darwin descansan 237 de los 627 muertos en combate. Quizá esos cadáveres reflejan las profundas dificultades de los gobiernos democráticos para afrontar la recuperación de las instituciones políticas y gestionar las profundas consecuencias internas y externas que la guerra había dejado. La Argentina (estado y sociedad) debió procesar simultáneamente el trauma, la reinserción de excombatientes y la relación civil-militar. Internacionalmente, debía recomponerse la credibilidad y mantener vigente el reclamo soberano sobre las islas. Tras cuatro décadas, el balance es dispar y las deudas son inmensas.
Recién en 2018, gracias al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense y a la lucha persistente de los familiares, entre ellos Sonia, la madre de José, muchas de esas identidades pudieron ser confirmadas.
La historia de José Honorio Ortega no se terminó cuando una ráfaga de ametralladora atravesó su rostro. A los dos meses, nacieron sus hijas mellizas, en Trelew. Siendo el único nacido en Río Gallegos que perdió su vida en las islas, ha sido merecedor de recurrentes homenajes que contaron con la presencia de su familia. También ha dado nombre a calles, escuelas o centros de ex combatientes. En múltiples testimonios, su madre -aliviada por la identificación de los restos de José como por haber visitado su tumba- se sincera: jamás entendió el secreto, los festejos en la plaza, el destrato, las contradicciones, la falta de respuestas.
Al final, las guerras suelen contarse a través de estrategias de generales o decisiones de Estado. Pero es posible mirarlas desde el prisma de personas comunes, que en definitiva son quienes quedan -quedamos- marcados por ellas, tallando su memoria en documentos, placas o lápidas. Basta sólo un nombre para entenderlo.
