La política argentina vive una etapa de transformaciones rápidas, y en el peronismo ese reacomodamiento comienza a tomar forma con señales cada vez más visibles. Lo que antes aparecía disperso hoy se vuelve diagnóstico compartido: para recuperar competitividad, el PJ deberá abrirse, reencontrarse con quienes se alejaron y sumar nuevas voces en una convocatoria que exceda las fronteras tradicionales.
El encuentro reciente entre Cristina Fernández de Kirchner y Miguel Ángel Pichetto fue mucho más que una foto inesperada. Funcionó como una pista concreta del nuevo clima que atraviesa al peronismo: la revisión de viejos rechazos y la disposición a integrar actores que, hasta hace poco, parecían definitivamente distantes. Esa reunión habilitó conversaciones que estaban suspendidas y mostró que el pragmatismo vuelve a ser un valor central.
En los bloques internos más relevantes—cristinismo, kicillofismo y massismo—empieza a consolidarse un acuerdo básico: frente al modelo de Javier Milei, no hay lugar para la fragmentación. La amplitud es ahora condición de supervivencia. Pero esa apertura viene acompañada de un límite que nadie discute: la imposibilidad de compartir proyecto con quienes reivindican el terrorismo de Estado. Allí aparece el nombre de Victoria Villarruel como frontera ética innegociable.
Wado de Pedro verbalizó esa idea con claridad hace algunos días, recordando que ningún diálogo es posible con quienes justifican crímenes de lesa humanidad. Su postura refleja un consenso profundo dentro del peronismo: la defensa de la memoria y de los derechos humanos no se negocia.
En paralelo, los espacios ligados a Axel Kicillof y Sergio Massa avanzan sobre una agenda común: producción y empleo, educación pública robusta, ciencia, tecnología y soberanía económica como pilares de un proyecto alternativo al libertarismo. En ese marco, comienzan a explorarse posibles acercamientos con sectores del radicalismo y del peronismo cordobés, imprescindibles para cualquier armado federal serio.
Pichetto, por su parte, se mueve para no quedar fuera de este proceso de relanzamiento opositor. Su exposición pública reciente —reuniones de amplio espectro y actividades conjuntas con Guillermo Moreno— se inscribe en ese intento de reposicionamiento, aunque no todos dentro del PJ le reconocen volumen territorial.
Las conversaciones silenciosas también forman parte del nuevo mapa: el diálogo entre Carlos Bianco y Emilio Monzó es un ejemplo de que los puentes se están reconstruyendo lentamente. No hay acuerdos en puerta, pero sí algo igual de significativo: coincidencias de diagnóstico y voluntad de intercambio político.
El peronismo sabe que la derrota de 2023 dejó fracturas y desorientación. Pero también sabe, por experiencia histórica, que ninguna recuperación nace del encierro. La reconstrucción, cuando llega, siempre lo hace desde la capacidad de convocar, debatir y sumar.
Hoy la discusión ya no pasa por si hay que abrir las puertas del peronismo, sino por cuán grande debe ser esa apertura. Y de esa respuesta dependerá buena parte del tablero político argentino de cara a 2027.
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