Cuento publicado en Todo lo que tapamos con un cuerpo, de Claudia Huergo, con Ilustraciones de Juli Vicente.
Waterworld*
Molloy es interpelado por un policía. “Usted se llama Molloy, dijo el comisario. Sí, dije, acabo de acordarme. ¿Y su mamá? dijo el comisario. Yo no comprendía. ¿También se llama Molloy? dijo el comisario. ¿Se llama Molloy? dije yo. Sí, dijo el comisario. Yo reflexioné. Usted se llama Molloy, dijo el comisario. Sí, dije yo. ¿Y su mamá? dijo el comisario, ¿también se llama Molloy? Yo reflexioné”.
Jean Oury & Marie Depussé. A qué hora pasa el tren.
Los viernes ellas ranchan en el vestuario. Ocupan todo el espacio con sus mochilas. Trato de acomodar mis trastos sin mover sus cosas mientras abro la ducha. La música que llega del pasillo y las conversaciones del vestuario quedan en segundo plano hasta que se me van destapando los oídos. Me muevo con cuidado debido al leve mareo que me genera pasar tiempo en el agua.
Mery y Nilda tardan en cambiarse. Mery parece concentrada en las manchas de moho que suben por la pared. Está sentada sobre el banco de madera del vestuario, completamente desnuda. Encandila el contraste entre la piel blanquísima y el matorral oscuro, impenetrable, de su pubis. Está sentada con la misma naturalidad con que podría estar sentada en el banco de una plaza, tomando el sol, ajena a su propia desnudez. Está sentada como un ave, o algún otro animal de dos patas. De su mochila a medio abrir brotan unas crocs verdes, el traje de baño y el gorro. Alrededor de la mochila, la ropa que se acaba de sacar forma una montaña inestable.
Nilda se acerca con una muñeca que sostiene del cuello con su antebrazo, como si la estuviera ahorcando. A veces habla como una señora o un grupo de señoras. No habla: parlotea. A veces pregunta el nombre de alguien. Vuelve sobre lo mismo, pasado un rato. Insistentemente.
—Y vos, ¿cómo te llamas?
Casi siempre Nilda viene ya cambiada desde su casa, con la malla puesta bajo la ropa, como les recomienda la coordinadora. Vestirse y desvestirse es una gestión complicada y azarosa para todas, lidiar con los temblores, con la rigidez, con la enormidad de articulaciones y recovecos que tiene un cuerpo. Nilda deambula controlando el estado en que se desarrollan las cosas. Desde su metro setenta lanza una voz aniñada, en falsete.
—¿Te ayudo con el gorro?
Mery no contesta. Tiene el gorro en la mano, y la cabeza no se sabe.
Mientras ellas se preparan para entrar a su clase, yo acabo de terminar la mía. En general interrumpo la parte de los estiramientos unos minutos antes que mis compañeras para conseguir una ducha vacía.
La música siempre está fuerte. Ojos así, de Shakira, retumba en los parlantes colgados a ambos extremos del pasillo entre los vestuarios y la pileta.
Abajo del agua la música y los sonidos llegan distorsionados. Es lo que más me gusta de nadar, ese silencio acuático plagado de ondulaciones y cánticos tan oscuros y antiguos como el origen de la tierra. Me gusta imaginar el desarrollo de un lenguaje cetáceo, uno que comunique las oportunidades y los peligros. Poder prescindir de la vista para localizar la ubicación de otros nadadores en el carril. Evitar que te sorprenda la patada, la brazada que pasa demasiado cerca.
Cuando me sumerjo, la visión de las piernas pataleando en el agua me transporta a una de las escenas de la película Tiburón. Desde un fondo oscuro, entre el sonido de las burbujas de aire, emergen mandíbulas fuertes, que se abren descubriendo la rosada piel de las encías. Dos hileras de dientes que parecen trenzados, interminables, atrapan la carne blanca que comienza a despedir hilos de sangre hasta teñir por completo el agua. Una pierna se desprende del resto del cuerpo y cae hasta hacer base en esa tierra más profunda, donde viven los barcos hundidos y las mantarrayas.
Salgo de la ducha y la mayoría de mis compañeras de turno ya se fueron. Mery y Nilda todavía siguen ahí, boyando. Por el pasillo se escucha el tac tac del bastón de la coordinadora. Su voz llega antes.
—No lo voy a repetir: la que no entra a la pileta se queda sin merienda.
Nilda se apura y lanza unos grititos siguiéndole la corriente a la coordinadora.
—¿Ves, Mery? ¿Ves lo que lográs?
Ahora habla como una mamá, como se le habla a una muñeca: vamos que la vas a hacer enojar a la señora, le dice.
El contingente de Mery y Nilda suele llegar media hora antes de su clase. Algunos son traídos por algún familiar, otros llegan en una trafic directo desde el centro de día al que concurren. Comparten en la entrada mates o tereré según el clima. Son descaradamente ruidosos, se hacen bromas y simulan peleas con los acompañantes que se meten con ellos a la pileta.
Cuando Nilda está de buen humor se acerca al vidrio empañado, dibuja corazones y animales de dos patas, saluda a la gente de mi clase. Despide a su mamá con un beso.
—No tomes frío —dice la madre—. No tomes frío —responde ella en espejo.
Sus presencias, sus voces, sus cuerpos imantan. La profe de mi turno aprovecha nuestra delectación para acotar:
—Que Dios me perdone, pero para mí es culpa de las madres.
Nos mira esperando reacciones. Somos alumnos rehenes. Alguien le contesta que sí.
—Sí, seguro.
—Pobrecitos —dice—. Me dan una pena.
Los días que no tengo otra actividad después de la pileta me quedo un rato mirando el comienzo de su clase. Nadan bien, a buen ritmo. Veo cómo se mueve Mery en el agua, casi con gracia. Como si ese cuerpo que en el vestuario no logra encontrar la cabeza donde va el gorro, de repente en el agua, se armara.
La profe aprovecha mi quietud frente a la escena.
—¿A vos no te molestan, ¿no?
La miro simulando no entender.
—Que sean así. Porque a algunas personas no les gusta cruzarse con ellos en la pileta. Les da miedo, o impresión. Yo les digo que hay que ser comprensivos, que no es su culpa.
Cuando me anoté en esta pileta lo hice un poco por la cercanía, puedo ir y volver caminando desde mi casa. Otro poco también porque ya había tenido problemas con la gente de mi turno en la pileta anterior. Solía pensar que no hablar me hacía invisible, pero es todo lo contrario. La gente se inquieta, pide señales, quiere saber quién la toca, quién se arrima.
Me preocupa la profe. Trabajo sutilmente para que su disfraz se sostenga, siga siendo creíble. Una vez que la avalancha de piedad y miedo se desencadena, no hay forma de hacerle barrera. La sangre llama a los tiburones, ya se sabe. Lo mío no es bondad, sino defensa propia.
Lo de Nilda en cambio es astucia. Ha geolocalizado bastante bien a sus predadores. Se sabe presa, blanco fácil, receptáculo cómodo donde la gente deposita sus buenas intenciones. Si no huye, es porque no hay adónde huir. Entonces, se adelanta. Imita el tono de voz, el mismo graznido con que se dirigen a ella. Encuentra algo, algún punto donde hacer palanca, alguna renguera por donde entrarle a la superioridad del otro.
—Y usted, abuelita, ¿cómo está? ¿Le duele mucho la cadera hoy?
Mery en cambio es más directa y sigilosa, como un ninja. Siente la lengua empalagosa venir sobre ella:
—Callate, vieja puta.
La mudez en mi caso no es sólo una defensa, también es un placer. Un modo de sonar y resonar. No es infalible. La profe ya me descubrió, y no me va a dejar en paz.
Del otro lado del vidrio la clase ha virado a una especie de juego de la mancha. Los que son predadores nadan con una mano sobre la cabeza simulando una aleta.
No va a pasar mucho tiempo hasta que Nilda sea alcanzada por el banco de tiburones, suelte sus últimas burbujas de aire y se entregue al festín.
Yo voy a sentir el cuerpo muy cansado, porque el agua cansa. Shakira en cambio nunca se va a cansar de sonar. Voy a mirar el reloj de pared y hacer el gesto de agarrarme la cabeza y sacudir una de las manos como diciendo: se hizo tardísimo.
Mery va a alcanzar el borde con su última brazada, lo que la pondrá a salvo durante unos segundos. El tiempo suficiente para guiñarme el ojo cetáceo, tomar aire y volver a sumergirse.
Dos entradas de la bitácora El velo negro, de Anny Duperey, con fotografías de Lucien Legras.
Hagan llorar a los niños
Ahora que reconozco –tan tarde– el camino que tomé y que me llevó a escribir este libro, un camino que nadie, quizás, podría haberme impedido tomar, tan poderosa era mi resistencia al sufrimiento y mi instinto de bloquearlo para negarlo, quiero decir algo..
Uno espera siempre que lo que escribe pueda ser útil a alguien, aún a una sola persona, que lo que uno sacó de sí con pena no quede como un monólogo estéril. Si no, valdría más tomar estas páginas y encerrarlas rápido en un cajón.
Entonces, por si acaso…
Si ven frente a ustedes a un niño golpeado por un duelo, encerrarse violentamente sobre sí mismo, rechazar la muerte, negar su pesar; háganlo llorar. Hablándole, mostrándole lo que ha perdido, incluso si eso parece cruel, incluso si él se defiende tan brutalmente como yo lo hice, incluso si él vaya a detestarlos por eso… (pero lo que digo acá es imposible de hacer… Escribiendo esto tengo frente a mí los ojos de mi abuela, tan llenos de dolor y de vergüenza después de mostrarme el rostro de mis padres, veo las lágrimas en sus ojos, sus manos temblorosas y afanadas en consolarme y escucho su voz desgarrada pidiéndome perdón. Ella nunca habría podido volver a hacerme sufrir así, una persona amante tiene ganas de proteger. Y sin embargo…). Sin embargo, atraviesen su resistencia, vacíen de su pesar para que no se forme en el fondo de él un absceso de dolor que le subirá a la garganta más tarde. Ese pesar encerrado no se drena solo. Crece, se emponzoña, se nutre de silencio, en silencio envenena sin que se lo sepa.
Hagan llorar a los niños que quieren ignorar que sufren, es el más caritativo servicio que se puede prestarles.
Retrato intemporal
Es el último retrato que mi padre hizo de mí, probablemente no mucho tiempo antes de su muerte. Lo encuentro extraordinario.
Es mi foto. Resume todo lo que soy profundamente, sin defensa. Esos ojos son los que veo en el espejo treinta y cinco años después cuando estoy sola conmigo misma, sin máscaras, sin esfuerzo por aparentar.
Así a veces veo a mis hijos, en momentos de gran cansancio o abandono, veo fugazmente –¡tan fugazmente que hay que vivir con la cámara en la mano para captar eso!– esa cara rostro intemporal superpuesta a la figura infantil. Su mirada y su expresión reúnen en un segundo lo que son profundamente y todas las edades de sus vidas. Sus rostros.
Y luego eso se escapa, el abandono se quiebra, regresan, ríen, disimulan, vuelven al momento.
Mi padre me captó en uno de esos segundos en que el ser está concentrado. Hizo mi retrato intemporal. Ahora bien, data de antes de su muerte y yo ya era eso…
