Hay certezas: Pablo Neruda nunca estuvo en la Escuela de Ciencias de la Información. Es posible que circularan sus libros. También es posible que, en aquellos días de la Radio de Contrainformación, les estudiantes de aquel septiembre del 73 hayan leído sus poemas a través de los parlantes dispuestos en la Vélez Sársfield, mientras contaban la otra versión del Golpe de Estado contra el gobierno democrático de Salvador Allende. Es posible que con los años, aulas y bosquecitos, su voz se haya convertido en miles de voces. O en palabra escrita, en las paredes el viejo pasillo de la casona de la ciudad universitaria -esa a la que con el tiempo también llamaron Escuelita-, y que aún es parte de la FCC: ahí donde cientos de memorias aseguran que hubo una pintada. Una especie de graffiti. Once palabras. Un espacio de memoria, de resistencia, casi un poema. Sin autor, sin pared en este presente, pero que aún brilla e interpela desde otro espacio del tiempo negándose a ser pasado.
Escribe Neruda: “El mes de septiembre, en el sur del continente latinoamericano, es un mes ancho y florido. También este mes está lleno de banderas. A comienzos del siglo pasado, en 1810 y en este mes de septiembre, despuntaron o se consolidaron las insurrecciones contra el dominio español en numerosos territorios de América del Sur. En este mes de septiembre los americanos del sur recordamos la emancipación, celebramos los héroes, y recibimos la primavera tan dilatada que sobrepasa el estrecho de Magallanes y florece hasta en la Patagonia Austral, hasta en el Cabo de Hornos”. No sabía, no supo el poeta, que ese mes de septiembre, pero de 1973, no solo iba a callar su voz. Si no la de millones. Que desde ese 11 de setiembre su muerte se relacionaría con uno de los momentos más oscuros de este sur del mundo. Cuando comenzaron a segarse de manera brutal las flores de las primaveras incipientes.
“En la vieja escuelita de Caseros y Vélez Sársfield no estaba pintada en ninguna pared, que yo me acuerde. Capaz que sí haya estado en alguno de esos afiches que nosotros hacíamos desde el Centro Estudiantes, desde los Grupos de Base, donde yo militaba”, cuenta Liliana Arraya. La pregunta pasa a un grupo de Whatsapp que tienen los ex alumnos de aquella Escuela de Ciencias de la Información. Lo cuenta Mónica Ambort, cuando le reitero la pregunta. Esas huellas que busca Carmen Colazo, autora del libro Escuelita, éramos el agua. ¿Estuvo la pintada en el primer edificio de Ciencias de la Información?.
“Entre la gente que me buscó estaban dos grandes snobs de la época: Pilo Yáñez y su mujer Mina. Encarnaban el ejemplo perfecto de la bella ociosidad en que me hubiera gustado vivir, más lejana que un sueño. Por primera vez entré en una casa con calefacción, lámparas sosegadas, asientos agradables, paredes repletas de libros cuyos lomos multicolores significaban una primavera inaccesible. Los Yáñez me invitaron muchas veces, gentiles y discretos, sin hacer caso a mis diversas capas de mutismo y aislamiento”, escribe Neruda en Confieso que he vivido. Y deja claro que la primavera, para aquel joven poeta siguen siendo los libros. Los lomos de colores de los libros dispuestos en una biblioteca.
Entonces la narración entra en la Escuela de Ciencias de la Información. En el edificio viejo de la primavera democrática y de los aciagos noventas. Liliana Arraya, celular mediante, le deja la voz a María José Quiroga: “Creo recordar que estuvo escrita en una de las paredes: en el edificio viejo de la ciudad universitaria (dónde fue trasladada la ECI al comenzar la dictadura) más precisamente en el pasillo de ingreso”.
Cientos de viejos estudiantes de la vieja Escuelita quizás ahora la recuerden. Bernardo Núñez recorre los pasillos actuales. Busca el lugar exacto donde pudo haber estado. Una pared que seguramente cayó con las reformas. “Por ahí fue en alguna de las gestiones mías o la de Marita Mata”, dice la profesora emérita Paulina Emanuelli. Lo cierto es que resulta difícil ubicar con exactitud dónde estaba la pintada. Quien escribe la recuerda quizás detrás del kiosco actual. O más allá. Bernardo recuerda otras pintadas. Polémicas. Sin piedad, que por años alimentaron el color de los pasillos de la vieja Escuela de Ciencias de la Información.
“La poesía es una insurrección. No se ofendió el poeta porque lo llamaron subversivo. La vida sobrepasa las estructuras y hay nuevos códigos para el alma. De todas partes salta la semilla; todas las ideas son exóticas; esperamos cada día cambios inmensos; vivimos con entusiasmo la mutación del orden humano: la primavera es insurreccional”, escribe Neruda. Pero la frase exacta insiste en perderse en los recovecos de la memoria.
“No era una frase que aludiera en forma directa al 24 marzo del 76. Tenía que ver más bien con la alusión al contexto político de los 90, la necesidad de enfrentar el menemato. Y cobrada fuerza porque el menemismo vino a arrancar, arrancar la educación pública, a arrancar las empresas púbicas con las privatizaciones y se dio una lucha muy feroz contra la universidad”, recuerda Tri Heredia, presidente del Centro de Estudiantes de la Escuela de Ciencias de la Información a fines de los ochenta y principios de los noventa.
“No solamente circulaba en la Escuela de Ciencias de la Información. Se podía ver en distintas unidades académicas. Es una frase muy ochentosa, pero si me preguntas qué personas que la pintaron, no lo recuerdo. Pero fue por allá por fines de los 80. Estaba en el pasillo de entrada”, confirma Tri. “Era una frase nacional y popular, no la sostenía la izquierda tradicional o la izquierda trotskista. Era algo que tenía que ver con la izquierda nacional y popular como nuestra agrupación”, agrega Heredia que lideró la Nac&Pop, una agrupación con base en el viejo Partido Intransigente, en el que también abrevaban peronistas y progresismos de entonces.
Desde sus memorias, Neruda vuelve para decir: “En esto de las fechas no hay que confiar. El aire del mundo transporta las moléculas de la poesía, ligera como el polen o dura como el plomo, y esas semillas caen en los surcos o sobre las cabezas, le dan a las cosas aire de primavera o de batalla, producen por igual flores y proyectiles”.
Proyectiles o flores. O pintadas. Grafittis que florecen en el recuerdo. A esta altura poco importa que la creencia popular acerca de la frase resulte falsa. Que ni siquiera pertenezca a Neruda. Que en algún lugar de la web se la atribuyan a Octavio Paz, en un poema traducido al inglés. Tantas veces habló el poeta de la primavera,tantas veces la escribió, tantas veces la leímos, que hasta pareciera que el fue el propio poeta el que pintó la frase en aquella pared de Escuelita. Pero, no. Nunca estuvo. Quizás su espíritu sobrevoló cada charla de aquel pasillo, cada pincelada, cada protesta. Hasta que un día, sin que nadie lo notara, ya no estuvo. Se convirtió en polvo. Tierra fértil.
Quizás muchos de aquellos estudiantes que la contemplaron, que la pensaron, que la vieron, repitan ahora en silencio: “Podrán arrancar todas las flores, pero nunca podrán detener la primavera”. Son los mismos que miran alrededor y ven tierra arrasada e indiferencia. Pero que, a pesar de todo, presienten, saben de otros septiembres. Otros octubres. Porque en la memoria de los cuerpos esperan aún colores, olores, brisas. Es que, cuando en este sur cuando el aire se vuelve tibio, es la tierra la que escribe el poema. Y la memoria se incendia. Y regresan palabras insurreccionales, incorrectas. Para ahuyentar el silencio cómplice de esos que prefieren no ver, o que cuando ven, prefieren olvidar. Hasta el próximo poema.
https://que.fcc.unc.edu.ar/neruda-nunca-estuvo-en-la-escuelita/
