"Si hablo todas las lenguas de los hombres y hasta las de los ángeles, y no tengo caridad, soy como el metal que resuena en el vacío, o como un platillo vibrante. Y si tengo el don de profecía, y conozco todos los misterios, y domino las ciencias, si no tengo caridad, no soy nada" (Lili Boulanger).
Era una niña conectada con lo sagrado. Si la forma de la música no es otra cosa más que la materialidad fónica de la migración ininterrumpida del espíritu por cuerpos, tiempos y lugares diversos, si es improbable distinguir un fenómeno paranormal, una abducción extraterrestre en Capilla del Monte o los besos punzantes del vampiro con esa disposición mística de la geometría y la acústica, si la urdimbre sensible de la humanidad traza las líneas paralelas, los renglones, en los que descansan las figuras del pentagrama para que sobreviva alguna notación o huella como reliquia, o testimonio de la obra de las santas y santos, si cualquiera en un momento de alegría desesperada o lacrimógena desesperación tiene como única salida repetir una oración o ruego, que toma rápidamente la métrica de un verso y de ahí acontece, por mera insistencia y variación, el canto que conjura o celebra, pero lo importante es que llama a los muertos y a los no-natos para que se integren al presente, porque la conmoción es el tiempo de todos, aunque no sea el mismo tiempo; la música es la lengua del alma. Lili Boulanger vivió apenas 24 años, entre 1893 y 1918. Su tiempo es el ocaso del siglo XIX, justo antes de que la Primera Guerra Mundial acelerara el ciclo de tecnificación y horror que caracteriza al breve siglo XX. Lo raro es, entonces, que Boulanger sea una mística del piano y la palabra cantada; tiene sentido que Bach y la corte de barrocos manifiesten su religiosidad, ya que dependían económica y políticamente de mecenas de la nobleza, una clase que solo justifica su dominio por la caprichosa elección de un dios antojadizo. Las relaciones entre religión y música son inestables pero permanentes en la historia de la humanidad; en esa vecindad de órdenes que a primera instancia parecen intraducibles anidan los fundamentos de la práctica y el sentido musical. Creo que haríamos mal en reducir la religión a un tema o contenido que tiene alguna música, también sería insuficiente reducir el vínculo a la relación económica de vasallaje que tienen los compositores e intérpretes del clero durante gran parte de la historia, tampoco basta con recurrir a la sed insaciable por el rito de la iglesia ni es reducible a la noción de "uso". Religión y música son amantes desde hace mucho, y todo parece indicar que, a pesar de la secularización creciente o los retornos de la mística —pero privada de afectividad comunitaria— al mundo integrado por el capitalismo en su fase de aceleración técnica, se siguen encontrando a veces de forma pública en algunas obras notables, pero la mayor de las veces se rozan a las apuradas y a los apretones en el deslumbramiento cotidiano de quien descubre en una melodía algo que ya sabía y todavía no le cantaba; en eso que despierta la caridad y la fuerza del obrar del cuerpo también está la música, ese lenguaje que comunica la carne y el alma.
La figura de Lili Boulanger lleva todos los signos de una divinidad: la precocidad —tanto en el talento como en la muerte—, el martirologio —la tuberculosis, ese antiguo accesorio del cuerpo de los héroes románticos que empiezan a desvanecerse, y el Crohn, la enfermedad intestinal autoinmune que arrastró hasta el final, marcaron su cuerpo y el ritmo de sus fuerzas vitales— y la misión —su padre, Ernest Boulanger, que tuvo algún éxito en tanto compositor de ópera después de ganar el Prix de Rome en 1836, premio que Lili recuperó para el clan Boulanger en 1913, convirtiéndose en la primera mujer en recibir el galardón, a pesar de que su hermana Nadia estuvo cerca años anteriores, por su cantata Fausto y Elena. Tomó temas del simbolismo. Se destacó tanto en la composición de piezas instrumentales como en música vocal. Su hermana Nadia tuvo, por suerte, una vida extensa en la que se dedicó a la pedagogía, conocida en el medio argentino por ser una de las formadoras de Astor Piazzolla; también pasaron por su doctrina Philip Glass y Gershwin, Bernstein y Copland. El aporte desde la instrucción, quizás menos visible, menos espectacular, más profundo, más paciente, de Nadia Boulanger a la música académica, es uno de los capítulos más interesantes para trazar las líneas que conectan el jazz, el minimalismo y las vanguardias con la tradición postromántica.
Las hermanas Boulanger fueron criadas en una familia de una vasta cultura musical. El padre, además de compositor, trabajó como docente en un conservatorio, pero fue su madre, la cantante Rissa Myshetskaia, una supuesta princesa de origen ruso caída en desgracia, la que influyó de manera más decisiva en la formación musical de sus hijas. Ernest murió cuando Lili tenía seis años. El círculo social de los Boulanger contaba con una nómina de amigos, familiares y socios de amplio recorrido en el mundo de las artes musicales que es improbable no identificar como un factor que favoreció y acentuó el talento de estas hermanas. En las tertulias de los Boulanger no era poco usual que asistieran compositores de la talla de Camille Saint-Saëns, Claude Debussy y Gabriel Fauré, entre otros. Pero quien acompañó de más cerca el talento de Lili fue Raoul Pugno.
Además de estar inscripta en una posición relevante en el campo de la música, Lili se crió en un medio católico. Así como algunos niños del punk debutan en una plaza robando luz de la municipalidad o en un galpón de chapas a la vera de la precariedad y la belleza, la primera presentación pública de Lili fue en una misa en Notre-Dame du Bon Secours a los ocho años.
La música francesa modernista, esa del cambio de siglo, de donde vienen Satie y Debussy, tan dépouillé, al punto que solo parece moverse siguiendo los instintos de un cuerpo que tiene frío pero no pudor; la melodía se estremece y se deja caer en acordes glaciares, como una mano desnuda que se sumerge en un río helado buscando una joya perdida. Así también, impresionista, diáfano, una experiencia de la textura, suena Boulanger. Cuando ganó el gran premio de Roma, Claude Debussy escribió que su experiencia en las distintas formas de componer música parecía mucho más madura que la de alguien que tiene recién los 19 años que tenía Lili al momento de la competencia, y que "aquí y allá hay muchos pequeños hilos con los que se entrelazan los extremos de las frases", y que en ese tipo de obras "solo Mademoiselle Boulanger emplea más y más juegos de manos sutiles".
Cuando murió, el nombre de Lili Boulanger no era completamente desconocido para la vida pública francesa; la prensa de la época destacó su delicadeza y su talento juvenil. Pocas figuras que pasaron de manera tan apresurada por la escena cultural pueden dejar impresiones reconocibles. Su hermana Nadia la sobrevivió y, además de construir su propia obra, mantuvo vivos el apellido y el legado con la memoria de su hermana.
Lili no fue una compositora de vanguardia, aunque su obra da cuenta del lenguaje musical impresionista de su tiempo; tampoco fue una beata devota y doctrinal, aunque su filosofía es de alguna manera cristiana y su piano religioso. Integró fuerzas disímiles: un catolicismo emancipado o un modernismo místico; o quizás, para tomar una forma de Rozitchner, podemos llamarla un materialismo ensoñado. Leer esta obra implica poder leer las series del catolicismo y las vanguardias en el medio francés juntas, en tanto ambas enciclopedias y mundos culturales fueron materiales reunidos por exponentes diversos en todas las artes.
Parece que Igor Markevich dijo alguna vez que Lili Boulanger se caracteriza por su soledad, su insubordinación a las modas y el aislamiento del mundo exterior. Otra imagen la dibuja como ocurre con las caricaturas de Alejandra Pizarnik, torturada y oprimida, atestada de los signos del malditismo. Y otra destaca su feminidad y transforma su precocidad en pionerismo. La mitad de las obras de Lili tienen tema religioso; concedo que ese dato puede leerse como cierto anacronismo, pero las formas y el lenguaje musical, tanto en sus óperas como en Tema y variaciones, dan cuenta de una compositora receptiva al medio de su época. Quizás el mito no debería comerse a la sociedad, a la historia, a la cultura, porque así se perderían las tensiones que esas obras discuten y desarrollan.A nivel personal, pienso que si hay un lamento en la obra de Boulanger, si hay una respiración que se extingue, si hay una miasma fúnebre en sus melodías, es el espíritu de Europa que muere. Nadia y Lili fundaron un comité francoamericano de ayuda a soldados una vez que empezó la guerra; Lili intentó ser enfermera en el frente de batalla, aunque no pudo por sus condiciones de salud preexistentes.Su vida, un himno a la caridad y la misericordia; su obra, un incendio en las partituras del impresionismo francés. Así, Lili Boulanger destaca como una artista estelar, dentro y fuera de la moda, saludable y parasitada por las tradiciones y las vanguardias, pionera y totemizada.
