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Vinilo Editora: dos escenas de lo íntimo y lo imaginario

FRAGMENTO DE “ARCHIVO MADRE”, DE SANTIAGO LOZA

1.

L me cuenta que se encontró con mi Padre en un sueño, le dijo que me avisara que estaba bien. Lo vió contento.

Mi Padre apareció varias veces en sueños propios y ajenos, mi Madre no.

¿Madre, seguís enojada?

Digo Madre y se levantan los huracanes.

Le cuento a L que voy a escribir sobre mi Madre, que nunca lo hice, no pude, no quise. Ella se ríe; nunca escribí sobre otra cosa.

Acá voy, como si hiciera falta, como si hubiera algo que agregar.

Este es mi archivo redundante.

Poco que agregar a todo lo que se ha escrito sobre madres.

Si digo Madre tres veces, como Candyman… ¿vás aparecer acechante desde la dimensión de los no vivos?

Soy un hombre que se vuelve viejo mencionando a una Madre que no se hizo anciana.

Digo Madre y se parte la tierra.

Tenías los ojos claros, casi transparentes, no recuerdo si celestes o verdes y una mirada punzante. No recuerdo el color de los ojos pero sí la mirada. No se olvida nunca la mirada de la Madre.

Digo Madre y aparecen nuevas pestes.

Pensé que tendría mucho para escribir y me quedo en blanco.

Me pasaba así, me quedaba azorado, perplejo, enmudecido, aturdido, vulnerado, ahora que te escribo aparece la crisis del escribir sin un para qué.

Escribo sobre un hueco. Ahora mismo me quedo en silencio, caigo entre una palabra y otra.

Quisiera escribir con humor pero creo que no me va a salir.

Me hubiera gustado hacerte reír.

Digo Madre por cuarta vez y el mundo sigue ahí.

2.

Madre, te pido prestada la segunda persona del singular por un rato.

Caminaste perdido buscando su casa.

Todo estaba igual y al mismo tiempo lo que mirabas te resultaba extraño.

Adentro había un silencio.

No lloras en los velorios.

Te abrazan, rezan al lado tuyo, te ofrecen café y sanguchitos.

Todas las miradas te acusan, esperaron al segundo entierro para confirmarlo. En el entierro de tu madre murmuran, no lloró, se mantuvo seco.

Ahí está como una piedra el que no sabe sentir.

De no morir nunca los padres se mueren de repente. Un año de diferencia. Casi la misma fecha. Tal vez era invierno.

Después podés volver a este punto, ahora te vas.

Eso también repiten, siempre se está yendo. Nunca se queda, no sabe duelar, no habla con los parientes, no sostiene una charla.

Tomás un avión y cruzás los mares.

Ni bien llegás se te va la voz, te quedás más que afónico, mudo.

Te pasean por callecitas incomprensibles.

No podés dar ni las gracias que sobreviene fiebre y un calor sofocante.

El departamento de alquiler para turistas sin ventilador, la heladera rota, cada hora da un pitido, entre el ardor y esa alarma es imposible conciliar el sueño.

Todos te acusan, la heladera también te acusa.

Ahí está ese que no llora, el prófugo, el que no quiso saber de hospitales y cementerios.

Suena la heladera, habría que caminar descalzo y arrancar el cable, electrocutarse, quedar frito, no dormir más.

Como escapado de un susto.

Me quedo en blanco.

No habrá Madre preguntando qué comí en el viaje.

Si hacía calor o frío. Si estaba todo muy caro.

Queda el desorden, la heladera desenchufada.

Sobrevuelan algunas moscas.

Valencia es la ciudad, hasta recién no me acordaba.

La voz regresa de a poco, también se va la fiebre.

Digo, hace diez días murió mi Madre

y es una fecha que ya nunca logro retener.

Final de viaje, aduana, migraciones, hijo de tal y cual.

Huella dactilar.

Me saco los anteojos para la foto.

Bienvenido a casa.

FRAGMENTO DE “INTRODUCCIÓN A LA AMISTAD”, DE ANDRÉS GALLINA Y MATÍAS MOSCARDI

Conozca más

Una tarde de agosto de 1995 estoy mirando la tele en mi casa como cualquier otro día hasta que una imagen parte el mundo por la mitad: el último número de la revista Conozca Más incluye ¡el video de una autopsia a un extraterrestre! ¡¿Qué?!

Ya estoy arriba de la bici. Pedaleo a máxima velocidad hasta mi kiosco amigo, en San Juan y Berutti. Todavía con la batucada de una taquicardia traqueteando en el centro del pecho, intento hacerme entender con frases desinfladas por el ahogo: “Estoy buscando la última Conozca Más”. El kiosquero me clava una estalactita en el corazón:

—Está agotada —dice en seco, como un médico acostumbrado a dar malas noticias.

Con esta ducha fría, mi depresión hace alianza con la ansiedad. Esto quiere decir que todavía tengo la energía suficiente como para buscar otro kiosco. Repaso mi cartografía mental del barrio y lo encuentro: Avenida Jara y Rejón. Llego hasta ahí consumido por los nervios. Repito la pregunta al nuevo kiosquero, esta vez sin palabras, haciendo señas de náufrago. Parezco Bernardo, el ayudante del Zorro. Recibo un segundo embiste, más duro que el anterior por ser la duplicación exponencial de mi desesperanza:

—Está agotada —vuelven a decirme.

Me niego a creerlo. Tengo que ver esa autopsia. Vuelvo al mapa del barrio que habita en mi cerebro, el prototipo precario de un GPS borroso con información reducida. Busco a machetazos el recuerdo de un kiosco de diarios. De pronto fulge, con el aura iridiscente de una revelación divina, la imagen de un kiosquito naranja, diminuto, al que nunca fui pero que siempre veo al pasar desde la ventanilla del auto de mi papá: está en Falkner y Dardo Rocha. Me la juego. Pedaleo hasta ahí. Llego al borde del desmayo, pero cuando reconozco la tapa de la última Conozca Más entre las otras revistas, la adrenalina borra con su liquid paper el dolor del ácido lácteo en los gemelos. El asma y la depresión parecen acontecimientos datados en la prehistoria de mi vida.

La imagen de tapa es perturbadora: el encuentro fortuito de un cuerpo alienígena en blanco y negro, sobre una mesa de disección, con las órbitas de los ojos muy grandes, pelado y cabezón, con una de sus piernas que parece una pata de jamón serrano achurado para el servicio de lunch. Arriba, en letras azules enmarcadas entre dos líneas rojas dice: Conozca Más. Pero eso no es todo. Hay una notita a modo de aviso en amarillo: “Reclame su video”. Al lado del cuerpo sin vida del extraterrestre dice: “Investigación especial. ET. Toda la verdad”. Me baja la presión. El kiosquero se compadece y me ofrece un mate. No me gusta el mate pero acepto. Sorbo con excesiva confianza, está hirviendo, me quemo la lengua. Mi cuerpo agradece la herida. El ardor en las papilas chamuscadas aviva mi sistema nervioso. Pego y reclamo mi video. Me subo a la bici cross. En el camino de regreso, voy leyendo el punteo debajo del titular:

Me dan palpitaciones, como si acabara de tomarme una pileta olímpica de café. Pedaleo. Puedo leer y a la vez voy atento al tránsito. Todos mis sentidos están alertas. El resto de las notas parece un chiste al lado del extraterrestre muerto:

Religión. Los grandes enigmas de la Biblia.

Física. ¿Qué es la luz?

Lingüística. Cómo nacieron los idiomas.

¿A quién le puede importar todo eso ante la evidencia irrefutable de vida en otros planetas? Llego a casa y lo primero que hago es llamar a dos amigos que comparten conmigo la pasión por lo paranormal: Damián Ezequiel Vales y Juan Pablo Zabala. Ellos no tuvieron suerte, no consiguieron la revista. Cuando les digo que la tengo en casa, no termino de pronunciar la frase que ya escucho el timbrazo. Llevo esa tarde grabada. Estoy esperando que inventen la descarga de memoria en forma de video para sacármela de la cabeza.

Damián, Juan Pablo y yo éramos fervorosos lectores de Conozca Más y Muy Interesante. Nuestra amistad estaba atravesada por el interés acerca de la vida en otros mundos y los misterios de este. Cuando estábamos juntos, se armaban debates filosóficos y pseudocientíficos sobre los pros y contras de cada caso: el Monstruo del Lago Ness, la existencia del Yeti, la misteriosa Esfinge de Marte, el avistamiento de ovnis, el experimento Filadelfia, el Triángulo de las Bermudas, la Atlántida. Nuestras charlas eran un capítulo de Los expedientes secretos X. Algunos fines de semana, asistíamos a unos encuentros con sede en la Biblioteca Pública Municipal Leopoldo Marechal, en el que un grupo de adultos exponían sus encuentros cercanos del tercer tipo con extraterrestres y otras misteriosas entidades como si hablaran de lavar los platos.

Estamos juntos. Tengo el VHS en la mano. Todas nuestras conversaciones sobre vida en otros planetas desembocan acá, en una catarata total. Los chicos acarician el casete como se acaricia la imagen bendecida de un santo: con fe. Nos hacemos una chocolatada intensa, con muchas cucharadas de Nesquik, el whisky de la infancia. Estamos en la cocina de mi casa en la calle Strobel y Pasteur. Los azulejos celestes, la tele sobre una mesita de madera que abajo tiene un estante con la videocasetera.

El video comienza con un relato explicativo: el 2 de julio de 1947 un plato volador se estrelló en un rancho de Roswell, en Nuevo México. En la nave encuentran un cuerpo sin vida. Lo rescatan y le hacen una autopsia. Hasta ese día, el material había sido celosamente custodiado. El video, en blanco y negro, no es muy interesante: dos tipos encapsulados en trajes antirradiación inspeccionan el cuerpo de un enano siniestro, lo abren por la mitad y extraen sus órganos. No hay mucho más. Pero para la mente de unos niños de doce años que viven en 1995 esa es la Verdad revelada. Imagínense ustedes estar ante la Verdad revelada. ¿Cómo se sentirían? El video dura 17 minutos. Cuando terminamos de verlo, nos preparamos una segunda tanda de chocolatadas y comentamos el caso. Los tres estamos de acuerdo: sin dudas es real y no estamos solos en el universo.

A las pocas semanas, el video salió por televisión. Lo pasaron en el programa Siglo XX Cambalache, con Fernando Bravo y Teté Coustarot. Nosotros nos jactábamos de ya tenerlo visto y haberlo estudiado mil veces. Pero al toque pasó algo. En su programa Memoria, la visionaria imaginación de Chiche Gelblung mandó a confeccionar un alien de utilería y propuso recrear la autopsia en vivo y en directo para demostrar que era falsa. Había invertido cuatro mil dólares en la escena. El video es uno de los hitos periodísticos de la Argentina menemista. Parece dirigido por un Orson Welles de la devaluación. Lo que vemos es, en blanco y negro, la autopsia al extraterrestre hasta que, de pronto, ¡aparece Chiche metido adentro del video! Le imprime unas amistosas palmaditas en la cabeza al muñeco, como si su cráneo fuera un bongó. De golpe, la escena pasa a ser en color, los actores se sacan las máscaras, se presentan y proceden a señalar todas las falencias de la autopsia. Luego, se explica cómo ha sido confeccionado ese ET berreta de plastilina, desmitificando el suceso por completo. Serio y grave como una piedra, se lo puede ver a Chiche –con traje gris, camisa blanca, una corbata amarilla con rayas bordó y una inexplicable lapicera en la mano– exponiendo el caso con el fiambre del alien a sus espaldas. Tengo que confesar que la idea supera incluso la autopsia al extraterrestre: una verdadera puesta en abismo.

Al día siguiente, en el colegio, no comentamos nada. Cada uno tenía en claro que los otros dos habían pasado por la aplanadora de Chiche. Y los tres sabíamos que Chiche tenía razón.

Cambiamos de tema. Guardamos luto por unos meses. Pero quedamos atentos al cielo. Esperamos ver, de noche, alguna lucecita moviéndose, de manera irregular, entre las estrellas.

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