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Coloquio del pudor: Historia de los trances de El pasado

A veces, en aquellos años de imbecilidad romántica, asediado por la melancolía en que se sumergen los adictos al museo personal de las causas amorosas perdidas, los adolescentes que se bautizan en la precariedad de las fantasías eróticas en las que todo es a la vez sexo, exceso, conocimiento, las pequeñas anécdotas del fracaso que nutren los temas lentos de la cultura popular (ya sea en tango, bolero o blues), se le manifiesta como una alergia que lo asfixia en la teatralidad del espasmo y el llanto, o un sarpullido que se adjudica la tarea de marcar su piel con los signos de la enfermedad y el error, un libro, una especie de enciclopedia sagrada o la tierra natal del discurso del duelo amoroso, que siente la compulsión de leer como un poseso, buscando no la identificación, ni una explicación del malestar que se irriga en su sangre, más bien, con perversión, con sadismo, de experimentar por medios literarios lo que ya vive en carne propia; ese texto es El pasado. Su devoción es tan conspicua, tan patológica, tan desesperada, que lo que hace no puede tipificarse o diagnosticarse como lectura; se trata de algo menos placentero, menos cultural, menos hermenéutico; quizás su actividad, su credo de un solo creyente, encuentre familiaridad con los modos abyectos de la pericia extravagante y la reclusión inevitable que caracterizan a esos criminales que remiten a un modus operandi, un eterno retorno a la escena de esa muerte —la del amor— en su vida.

Cada vez que la fatalidad del amor toca a su puerta, corre a la biblioteca a buscar ese mismo mamotreto; a cada amante que deja o lo deja, dedica nuevos subrayados, intervenciones, manchas, pliegos, neuróticas lecturas por segunda o tercera vez; a cada desgarro o derrumbe del corazón, El pasado crece, las marginalias introducen tinta y grafito, señaladores; y así las costuras y el pegamento del lomo deciden renunciar a la tortura a la que son sometidos por esa subjetividad raptada por la compulsión a repetir la lectura; no hay spoiler que lo disuada de buscar otras alternativas textuales a su goce. Para él, la novela de Alan Pauls es el textema definitivo, la unidad, ocurrencia, caso, teratología lingüística y afectiva en la que sospecha se cifra el camino a un paraíso perdido: el de la intimidad excesiva, el de la afectividad desinhibida, el de la intensidad emancipada. Quizás, a la manera de esos lectores decimonónicos y epidémicamente suicidas de Las penas del joven Werther, su reincidencia literaria obedece a un fenómeno barthesiano, quisiera escribir su propia simulación del discurso amoroso del pasado.

Como el cometa Halley, su relectura tiene una periodicidad relativa; en ocasiones, más de una vez al año, tropieza en la aventura del romance y en la lectura de El pasado; así, a cada encuentro o visita, como en un balneario al que se conoce a fuerza de tenacidad y monotonía turística, encuentra en ese paisaje textual nuevas escenas, frases, imágenes que lo seducen al punto tal de que desarrolla una colección secreta e inmaterial de souvenirs, como el calendario magnético que se adhiere a la superficie tersa y ferrosa de una heladera, o las efigies fantasmales de santos o animales marinos que se destiñen premonitoriamente ante la arbitrariedad climática, funcionando como objetos en miniatura, pequeños artefactos casi útiles que recuerdan metonímicamente a verdaderos instrumentos de reconocimiento del tiempo, tanto en el sentido atmosférico como de inventario de fechas de la palabra. Así empieza a clasificar a las personas que la providencia celestina o el flechazo de la contingencia le acercan a su deseo ("¡Guarda!, que esa es una Sofía de manual; las cartas que te entrega pueden ser emotivas, pero una vez que sea una ex, puede volver a tu vida para robar tu primogénito y terminar de arruinarte", "No seas cruel, esa chica es una clásica Vera; lo va a dejar todo, aunque a veces tenga la estela de toxicidad celopática de quien carga con un pasado desintegrado", "Esa es una movida típica de Rímini, las taras del cobarde y la manipulación"). La lectura es una corriente continua.

En su primera lectura, veloz y luminosa, se deja llevar por el encanto inevitable de los incisos teóricos o culturales, esa irrupción de la crítica y de las huellas que otras obras diseminan sobre El pasado como esquirlas de una bomba erudita que pasa por el cine italiano, el americano, el arte pop, la filosofía francesa contemporánea —Fragmentos de un discurso amoroso y La cámara lúcida—, la impúdica parodia de la deconstrucción derrideana; todos ellos emblemas de la sensualidad intelectual ante la cual es tan débil y a la que se entrega ávido, voraz y abierto, con la curiosidad y la voluntad minuciosa de hacer de ese pequeño gabinete de curiosidades un diorama del mundo, un inventario de lo existente, una guía azul para atravesar las mitologías de las diversas pero caprichosas geografías estéticas que se reúnen en ese libro.

(Recuerda un incidente decisivo; en una de esas separaciones que lo llevan a la recaída en el textema, tiene también que atravesar el despojo de su biblioteca; allí su ex le solicita una elección que solo puede resolver por medio de la locura: o se queda con Fragmentos de un discurso amoroso o con El pasado; prefiere conservar la novela y no la teoría, la ficción en desmedro de la crítica, el enunciado segundo —a veces paródico, a veces irónico, siempre atestado de referencialidad— al original; esa persistencia es la prueba glorificante de su obsesión.)
En su primera reincidencia, el embrujo no viene de figuraciones, temáticas, o de la poderosa eficacia del ritmo narrativo para construir una sensación de peligro y una enigmática sensualidad de los acontecimientos; más bien, lo que empieza a sembrar el deseo de persistencia son la sintaxis y la frase, el desarrollo hipertrófico de estructuras parentéticas, las matrioshkas de metáforas que introducen pequeños relatos parásitos de una nave nodriza de la prosa marciana que puede encadenar incisos y subordinaciones. Cualquier oración de El pasado puede leerse como se recorre un dark room o un calabozo: el deleite acecha en cada sílaba, y cuando la puntuación introduce una desviación o torcedura, el sentido llega al clímax, pero nunca del todo satisfecho, vuelve a comenzar; así, cuando lee de trasnoche o cansado, debe buscar cuál es el sujeto o el verbo de la oración, y a veces se deja llevar por la música, por la cadencia de esa voz que parece emanar sin límites, como una vertiente milagrosa para la sed de los extraviados en la pasión literaria.

En una jornada de exploración por los pabellones del aburrimiento y la escritura casta o ascética, pero siempre labrada con la paciencia sacrificial de sus autores esclavizados, o cifrada en la lengua vanidosamente yerma de la institucionalidad —es decir, un repositorio digital de trabajos doctorales—, encuentra allí a otro que, como él, lleva a cuestas el carácter, la sujeción, más bien, ya que no se trata de un síntoma o rasgo de personalidad sino de una fuerza: la del avasallamiento sintáctico de frases exquisitamente desplegadas por los bordes de la caja del texto, invadiendo la página más con la táctica militar de una guerrilla —veloz, irregular, silvestre— que con la de un gran imperio decadente. El documento se llama "Los contratiempos del dandi. El anacronismo como forma del dandismo contemporáneo en la narrativa de Alan Pauls" (recientemente publicado por Eduvim en una adaptación al formato más exogámico del libro); su autor, Rodríguez Montiel, le permite volver a leer El pasado en un ejercicio de crítica literaria —tan difícil como raro, diría Spinoza—: se abren ante él conspiraciones, trampas, rumores que habían permanecido inertes en sus anteriores vagabundeos por el textema. Es el descaro del grafómano que acuña esas frases lo que ama, su elegancia, su vértigo gramatical.

A partir de aquí, si alguien le pregunta, su capítulo preferido no son las manías toxicómanas de la vida del traductor o las secuencias de suspenso ante los arrebatos de Sofía; ni los falsos tratados de crítica plástica sobre el sick art o la carnavalización de los tótems del (pos)estructuralismo, sino, más bien, la recuperación de Rímini por medio del tenis. La frase es la instancia enunciativa en la que se corrobora, sin lugar a dudas, que la escritura es una práctica que, como toda disciplina del cuerpo o arte de sí, se fundamenta en la equilibrada sucesión de movimientos complementarios de inhalación y exhalación; que la estructura sintáctica no es más ni menos que el ritmo de la respiración.

En algún punto, entiende que la creencia que sostiene el textema va más allá de la naturaleza del tiempo o el amor; El pasado lo persuade de que todo se transforma, que lo esperable es la discontinuidad: una vida puede ser una secuencia de virajes, postulado que el discurso del duelo amoroso no puede más que forcluir para sostener esa pátina de absurda fijación libidinal con los objetos del amor que se alejan, se pierden, se van; pero que vuelven modificados, o que serán reemplazados por otros. El textema termina por ocupar en él el lugar de la literatura, el fundamento básico de la narración: todo pasa, nada permanece.

Por esos golpes del azar que terminan por erosionar la forma y circunstancias de su vida, le otorgan el don de hacerle una entrevista al autor del textema, al individuo que dio origen a ese parásito que lo habita por dentro; su lengua materna, el estructuralismo, lo predispone a ignorar cualquier curiosidad por la materia humana y empírica del autor literario; prefiere sumergirse en la obra y sus procedimientos, en sus relaciones intertextuales; a lo sumo le interesa la posición en el campo artístico e intelectual del autor, porque no termina de desconfiar de las condiciones de producción discursiva que como una mina de carbones extraños, los cuales, después de ser trabajados, pueden servir, nunca como reservorio de piedras preciosas en bruto que ofrecen un sentido prístino, sino como la muestra de un gen o la posibilidad de una familia, falansterio, complot de secuaces del autor, ese espécimen bello y singular, amado al punto de ser percibido como un eslabón perdido, yermo y huérfano a la vez, tal es la fantasía celopata de la sociología de la cultura.

La noche anterior a la entrevista, asiste a un asado; el verano ofrece la clemencia y las brisas que permiten la ingesta sostenida del vino, la carne y la conversación; el exceso de las pulsiones orales —que logra afectarlo a pesar de que es tímido, vegano y abstemio— lo lleva a depositar en la almohada un inconsciente alterado por el gregarismo y la ansiedad. Sueña que se levanta como todas las mañanas, pero esta vez lo despierta la voz de Alan Pauls cantando su nombre desde otro lugar de la casa. "No basta con un cuarto propio para soñar; hace falta alguien que cante en la habitación de al lado"; con esa idea, concurre a la entrevista dispuesto a gozar otra vez del coloquio con el creador que admira y plagia en formas iguales, aspirando a que lo juzguen bajo el imperio de una ley ecuménica: "Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón".

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