El cantautor catalán Joan Manuel Serrat volvió a poner en agenda el debate sobre el lugar de las personas mayores en la sociedad, al reclamar mayor respeto, visibilidad y condiciones dignas para esta etapa de la vida.
Durante el cierre del Congreso internacional “¿Un derecho civil para las personas mayores?”, realizado los días 12 y 13 de marzo en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, Serrat —de 82 años— reflexionó sobre el envejecimiento desde una mirada personal y social. Allí cuestionó los prejuicios que asocian la vejez con la falta de capacidad y advirtió sobre el avance del edadismo, una forma de discriminación cada vez más extendida.
En su intervención, defendió el valor de la experiencia y el aporte de las personas mayores, y rechazó cualquier intento de relegarlas a la invisibilidad. En ese sentido, lanzó una frase contundente: prescindir de los adultos mayores “es como quemar los libros”, ya que implica perder la memoria colectiva y el conocimiento acumulado.
Serrat también planteó la necesidad de que este grupo sea escuchado y tenido en cuenta en las decisiones sociales, remarcando que vivir más años no debería implicar hacerlo sin dignidad. A pesar del paso del tiempo y las limitaciones propias de la edad, sostuvo que mantiene intactas sus ganas de vivir y de sentirse útil.
El encuentro, que reunió a especialistas para repensar el marco jurídico y social vinculado al envejecimiento, puso de relieve un desafío creciente: construir sociedades más inclusivas frente al aumento sostenido de la población mayor.
En ese contexto, la voz de Serrat se sumó como un llamado a reconocer el valor de la vejez no solo como etapa vital, sino como parte esencial de la memoria y la identidad colectiva.
El discurso completo de Serrat
Me llamo Joan Manuel Serrat. Algunos de ustedes me conocerán. Escribo canciones y las canto. Tengo ochenta y dos años, gozo de buena salud y un estado de conservación más que aceptable.
¿Ochenta y dos años? Sí, ochenta y dos.
“Está muy bien para su edad”. Eso me dicen, esperando que les devuelva el cumplido. Será que la gente quiere lucir joven, verse en el retrato de Dorian Gray.
De momento, yo estoy encantado de estar aquí, compartiendo la clausura de estas jornadas de reflexión acerca del colectivo al que se conoce como la tercera edad, las personas mayores, en fin, lo que llamaremos en confianza los viejos.
Con el tiempo he llegado a eso que Pascal Bruckner llama el veranillo de la vida, o sea, ese tiempo de propina en que, a menudo, el alma suele conversar con sí misma.
Este es un buen momento para soltar el alma. Soy un hombre agradecido con la vida y acepto el hecho natural de envejecer y los inconvenientes que la naturaleza y el tiempo demoledor me imponen con el paso de los días.
Con raspones, con abolladuras, aún conservo buena parte de mis ilusiones y convivo con mis achaques, con la ayuda de los fármacos y de las prótesis, las gafas, los audífonos, en fin, esas cosas. Me gusta la vida, me gusta estar vivo y sentirme útil.
Por eso me rebelo contra un mundo donde se identifica a los viejos con la falta de capacidad, de talento o de preparación.
Los viejos resultan incómodos para una sociedad que potencia el gasto y busca beneficios fáciles y rápidos, en tanto que a ellos, a los viejos, los tienen marginados porque consumen menos, porque tienen menos necesidades.
A los viejos se les abandona en la soledad, porque la soledad, dicen, es algo inherente a la vejez y han de acostumbrarse a ella.
Pero una sociedad sin solidaridad entre las generaciones es una sociedad empobrecida. Prescindir de los viejos no solo es un acto criminal e imbécil, es como quemar los libros, es destruir la memoria.
Vivir más años no significa vivir mejor, pero tampoco vivir a rastras. Envejecer es la única manera que hemos encontrado de vivir una larga vida y queremos hacerlo con dignidad.
Los viejos somos un colectivo que aún tiene mucho que aportar. Que no nos hagan invisibles, que escuchen y respeten nuestras preferencias, que empaticen con nuestros problemas y con nuestras dificultades, que nos tengan en cuenta en sus decisiones.
Hacer otra cosa sería tirar piedras al tejado propio.
