Córdoba

La pulseada de los gestos

La comunicación gestual, o no verbal, puede ser de mucha ayuda a veces. Sobre todo, en política internacional, cuando cuesta tener información de primera mano, o no hay posibilidades de un off the record (fuera de grabación, una información confidencial de la que no se puede revelar la fuente). Esto sucede especialmente en política internacional, porque no estamos en el lugar, porque no podemos levantar un teléfono y hablar con los protagonistas. Ahí es cuando hay que analizar todo, lo que se dice entre líneas, lo que no se dice, y también las posturas corporales, las caras, todo.

Esto aplica a la visita de Donald Trump a China y sus reuniones con Xi Jinping, de las cuales está pendiente el mundo, ya que son las dos mayores potencias, y hay mucho en juego, sobre todo en torno a la guerra con Irán y sus graves consecuencias económicas y comerciales. En estos dos días de reuniones, las caras dicen mucho. Xi aparece siempre en las fotos sonriente, aunque no exultante, con esa tranquilidad que da la seguridad. En cambio, Trump siempre con gesto adusto, como enojado con él mismo, con la vida, con el mundo, como incómodo. O como dando un mensaje subliminal a su base política en su país, como diciendo: “No se preocupen que seguiré pensando y diciendo que China es el enemigo”. Algo así.

Pero eso está muy lejos de la actitud de un estadista, muy lejos de la diplomacia, del comercio internacional con mayúsculas, y de la política internacional, que tiene un axioma que dice: “No hay enemigos ni amigos permanentes, lo que hay son intereses que van cambiando”. Hoy por hoy, el interés de Estados Unidos, tanto o más que el de China, es limar asperezas para beneficiarse con el comercio internacional. Trump lo debería entender, porque su país ya no es el hegemón que dominó el mundo luego de la caída del Muro de Berlín, hoy el mundo es multipolar y China, en muchos aspectos (económico, tecnológico, militar, y hasta en influencia política) ha superado a los Estados Unidos.

Pero resulta que, paradójicamente, la necesidad de llevarse bien la entiende Xi y no tanto Trump, a juzgar por los gestos y por las pocas declaraciones que se conocieron. El presidente chino, dijo, entre otras cosas: “China y los Estados Unidos pueden ganar con la cooperación y perder con el enfrentamiento. Deberíamos ser socios, no rivales… Deberíamos ayudarnos mutuamente a tener éxito, prosperar juntos y encontrar la forma correcta para que los grandes países se lleven bien en la nueva era… El éxito de uno es una oportunidad para el otro, y una relación bilateral estable es buena para el mundo… Los hechos han demostrado una y otra vez que en una guerra comercial no hay ganadores, que la esencia de las relaciones económicas y comerciales entre China y Estados Unidos es el beneficio mutuo y el éxito compartido, y que, ante las divergencias y los roces, la consulta en pie de igualdad es la única opción acertada”. Mientras Xi decía este tipo de cosas, Trump miraba con gesto adusto y el ceño fruncido.

El presidente estadounidense viajó a Pekín acompañado por ejecutivos de algunas de las mayores corporaciones tecnológicas y financieras de su país, entre ellas Apple, Nvidia, Tesla, Meta, BlackRock, Boeing, Visa, Mastercard, Goldman Sachs y Citi. Les interesa vender y no comprar, sin entender que el comercio, a estos niveles, tiene que ser de ida y vuelta, porque a China no le pueden imponer condiciones como están acostumbrados a hacer con países subordinados. En la agenda de Trump también está comprarle a Pekín tierras raras, fundamentales para la producción de nuevas tecnologías, las baterías para vehículos eléctricos, las pantallas de los celulares y la industria bélica. Y China es el principal productor de tierras raras, con aproximadamente el 60% de la extracción, el 90% del procesamiento y el 95% del refinado a nivel global.

En materia de geopolítica, aparece como tema excluyente la guerra contra Irán que comenzó Estados Unidos, a instancias de Israel. Y, sobre todo, la situación del Estrecho de Ormuz, hoy controlado totalmente por Teherán. Trump espera que Xi pueda presionar al gobierno iraní para que abra el estrecho, por el que pasa el 25 por ciento de los hidrocarburos del comercio mundial. Por su parte, China tiene la capacidad de presionar a Irán para intentar eso, pero quizá no tenga la urgencia. Hoy por hoy, el gigante asiático está sufriendo esta crisis energética y el aumento del precio del petróleo, mucho menos que el resto de los países. Por un lado, porque ha diversificado lo suficiente sus fuentes de suministros, y, por otro lado, porque ha acumulado reservas que le bastarían para 7 meses de sus necesidades energéticas.

China, por su parte, impone un tema que considera esencial en su relación con Estados Unidos: el de Taiwán. Para Pekín, la isla es una provincia rebelde, parte inalienable de su territorio y de su unidad nacional. China espera que Washington cambie su actitud en torno a la “isla rebelde”, porque Trump sigue vendiendo armas a Taiwán y eso molesta sobremanera a Pekin. Al respecto, Xi fue clarísimo frente a Trump: “La independencia de Taiwán y la paz en el estrecho de Taiwán son incompatibles… Mantener la paz y la estabilidad en el estrecho de Taiwán es el mayor denominador común entre China y Estados Unidos”.

Taiwán se gobierna por su cuenta desde 1949, luego de la Revolución de Mao y formación de la República Popular China. Pero nunca se declaró independiente. Por el contrario, Taiwán dice representar a todo el país, bajo el nombre de República de China, en contraposición a la República Popular China. Hasta 1971, Taiwán representó a China en la ONU, pero ese año, la administración estadounidense de Richard Nixon cambió de postura y Pekín ocupó su lugar. Hoy, sigue siendo un tema central y una línea roja.

Un dato curioso a tener en cuenta: cuando se saludaron, el apretón de manos de los dos líderes fue inusualmente largo. Duró 15 interminables segundos, durante los cuales Trump intentó atraer la mano de Xi hacia su cuerpo sin éxito, y en dos oportunidades le puso la mano izquierda por encima. El chino mantuvo el pulso firme, sin inmutarse, y sin alterar su tranquila sonrisa.

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