Odiar para vivir
Atravesando la guerra de Malvinas, cuando las radios sólo pasaban música en castellano y los rockeros juntaban multitudes en el Festival de la Solidaridad Latinoamericana o -unos meses después- en la cuarta edición del B.A.Rock (con disco doble en vivo y película incluida), la figura de mimo de Juan Carlos Baglietto, y su música, sencillamente nos conquistaron.
Tras su consagración en el Festival de La Falda, al frente de la llamada “Nueva Trova Rosarina”, irrumpió con una fuerza inesperada. En menos de un año editó dos discos que marcaron una época y dejaron canciones inolvidables como Mirta de Regreso, Era en Abril o La vida es una moneda. A su alrededor explotó una generación de músicos extraordinarios -Fito Páez, Rubén Goldín, Silvina Garré, entre otros- que renovó la sensibilidad y el lenguaje del rock argentino.
Canciones que sobrevivieron a su tiempo porque lograron trascender no sólo la coyuntura, sino las grandes etapas históricas. Describieron un sentido muy profundo del espíritu argentino. Y por eso, décadas después, siguen funcionando como un espejo para mirarnos.
Eso ocurre con Actuar para Vivir, la canción compuesta por Páez que da nombre al segundo disco, que el público recibió con los brazos abiertos (aunque los “porteños conservetas” de la revista Pelo lo hayan calificado como apenas “correcto”, “marcadamente depresivo” y “monótono”). Escuchar el tema hoy produce una sensación extraña. Si bien mantiene vigencia, parece provenir de un mundo culturalmente lejano.
La canción nació -y creció- en un ámbito analógico, donde era posible subir y bajar un telón, existían escenarios y plateas claramente delimitadas o se prendían y apagaban las luces, sobre actores y espectadores.
En aquella Argentina donde la dictadura se derrumbaba y empezaba la transición democrática, “actuar” tenía múltiples significados: podía ser protección, disimulo y una forma de atravesar el sufrimiento; pero también adaptabilidad y supervivencia, un puente que permitiría recuperar tiempos y modos perdidos.
Roles invertidos
Eran épocas de recitales, programas de televisión, actos públicos, entrevistas. Se palpitaba la posibilidad del reencuentro. Pero varias décadas después, esa lógica parece haber quedado atrás. El mundo digital exige disponibilidad continua. Las redes sociales y la hiperconectividad demolieron las fronteras convencionales: todos somos simultáneamente autores, actores, espectadores, comentaristas y mercancía, sobre un escenario permanente desde el cual resulta cada vez más difícil encontrar un “afuera” o imaginar el final de la función.
Estamos impulsados a opinar, reaccionar y multiplicar contenidos, dentro de sistemas diseñados para capturar atención instantánea, todo el tiempo y en toda circunstancia.
Y pocas cosas atraen más que el conflicto.
Aun cuando las redes deberían permitir ampliar las voces y desarrollar nuevas comunidades, en ellas la indignación puede -habitualmente- más que la curiosidad. La humillación, la agresividad o el resentimiento producen más circulación que la moderación, la duda o la complejidad. El enojo y la burla fidelizan usuarios. El antagonismo incrementa interacciones. La polémica, cuando se nutre de insultos de grueso calibre, genera permanencia.
Volvemos sobre el odio (denominador común de muchas actitudes y matices), abordado tantas veces. Identificado con la ignorancia, el temor, la irritación o el prejuicio, hace tiempo que dejó de ser una pasión para convertirse en un insumo. Existen hoy verdaderos “ecosistemas” (económicos, sociales o políticos) creados a partir del resentimiento y la animadversión.
Medios de comunicación, dirigentes políticos, influencers, streamers, consultores, operadores y usuarios usan al conflicto irreductible como combustible. La rabia colectiva es su plataforma.
En este nuevo escenario, la antigua frase de Páez y Baglietto (que asumimos todos) parece haber mutado a odiar para vivir. El desprecio social, la ironía humillante, la cancelación, el tribalismo ideológico, la indignación pseudo moralista, la búsqueda compulsiva de enemigos, construyen identidades por enfrentamiento.
La legitimidad, la mediación institucional, pierden capacidad de ordenar la dinámica social. En su lugar emerge una disputa fragmentada y profundamente reactiva.
¿Pueden las sociedades y sus instituciones sostener indefinidamente niveles extremos de excitación emocional negativa? ¿Es factible la convivencia social sin una agenda profunda de elementales consensos compartidos (que parecieran reemplazarse por los odios que de algún modo coligan a unos frente a otros)?
Los grandes actores de la cultura digital, tienden a diseñar sistemas “binarios” que acotan la reflexión, sortean las posiciones intermedias, premian la simplificación y restringen la chance de dudar. Cada debate exige posicionamiento inmediato. Cada suceso adverso se convierte en contenido. El odio, así presentado, parece ofrecer ventajas comunicacionales evidentes para sus manipuladores: reduce la realidad a pocas opciones, produce sentido instantáneo. Y erosiona gradualmente la convivencia.
No es un hecho nuevo. Cada tanto reaparece, y hoy se despliega en este formato. Aunque la experiencia debería habernos enseñado que cuando el grueso de las diferencias se traduce en enemistad, se esfuman los espacios comunes, surgiendo tensiones inmodificables. Y, lo sabemos bien, este fenómeno tiene consecuencias políticas profundas: claramente algunos ganan con ello, mientras otros pierden.
En los años ochenta, cuando había que actuar para vivir, todavía existía cierta distancia entre actor y espectador. Hoy, cuando parecía posible, finalmente, cruzar al otro lado del puente; cuando los avances tecnológicos podrían permitirnos pasos impensados, el odio y sus sucedáneos representan un obstáculo frente a formas auténticas de comprensión colectiva.
Y quizás allí resida la gran paradoja contemporánea.
Nunca hubo tantas posibilidades tecnológicas de comunicación y, sin embargo, nunca pareció tan difícil construir entendimientos públicos genuinos.
Nunca existieron tantos canales de expresión y, al mismo tiempo, tantas dinámicas que empujan hacia el reduccionismo emocional.
Quizás por eso volver a escuchar Actuar para vivir, produce una profunda emoción y sirve de antídoto frente a los oscuros tiempos que transitamos.
No solamente porque remite a la transición democrática argentina o a la sensibilidad urbana de la Trova Rosarina. También porque pertenece a una época donde todavía parecía posible distinguir entre vida y representación.
Y donde la sociedad todavía conservaba la esperanza de encontrarse, alguna vez, fuera del espectáculo.
Quizá, pese a tanta cerrazón, esa utopía todavía nos esté aguardando.
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