"Mientras dormía, atesorando tu imagen, / soñé la dicha, un espejismo ardiente: / Tus ojos eran más dulces, tu voz pura y sonora, / brillabas como un cielo en la claridad de la aurora".
I.
Un lugar común incordioso sostiene que no hay nada más aburrido que el relato del sueño de otro, o del propio para otro. Por suerte hay amantes (y psicoanalistas, curiosos, neuróticos, semiomaníacos, que buscan detener el movimiento de los astros, los derrames de una copa que se estrella contra el suelo, la indetenible tiranía de la entropía que avanza sobre la materia y el espíritu; aún así, en todo lo que aletea con debilidad, como una polilla, ese humo que son los sueños, hay quien intenta detener el tránsito de la nueva Delhi de los signos gaseosos de la materia onírica). Contra los demonios de la percepción, el impresionismo es el oficio de meteorólogos y rastreadores, guardianes de la manifestación sutil, de la diferencia mínima, pero aún así real, entre un segundo y el que viene. Digamos que Gabriel Fauré fue un impresionista temprano, ya que gracias a él se formó la pléyade de compositores franceses posteriores de esta aventura de la composición musical: Ravel, las hermanas Boulanger, y otres fueron sus alumnos.
Hay tantas explicaciones para descifrar la economía simbólica del sueño, tantas supersticiones, embustes y ciencias. Si acaso se prescribiera la ciudadanía plural de las hermenéuticas del sueño, quisiera pensar que solo se puede soñar aquello que parecería lejano pero acecha desde lo más profundo. A la inversa del aura, que es la manifestación irrepetible de una lejanía, el sueño —como la huella— es el contundente retorno de aquello que está cercano. En la música solo se puede soñar como se hace el amor. Después de soñar adviene una pequeña muerte, una pérdida, un rapto: más como un ser acuático capturado por las redes de un barco imprevisto en medio del océano, que lleva la asfixia junto con el aire, que como un auto que pasa de nafta a gas, simple cambio de ambiente, de atmósferas, de cercanía con respecto al deseo y la realidad. La música debe sonar como el sueño, como una alteración del reino de la noche o del día.
"Tú me llamabas y yo dejaba la tierra / para escapar contigo hacia la luz; / los cielos para nosotros entreabrían sus nubes, / esplendores desconocidos, divinos claroscuros…"
II.
Après un rêve o Después de un sueño es una pequeña canción para piano y voz compuesta en 1877. La letra es responsabilidad del poeta Romain Bussine que adaptó para la ocasión unos versos toscanos anónimos. Posterior a la muerte de Fauré, Después de un sueño integró junto con Hymne y Barcarolle el opus 7 de este autor, editando así un trío de mélodies. El primer acorde es inevitablemente menor, originalmente en Do, hay algunos arreglos que desplazan la tonalidad. El compás de tres cuartos es el contexto sobre el que se dejan caer estos acordes menores como suspiros, la mano derecha buscará un espíritu aterciopelado para esa respiración exangüe y densa que propone la armonía.
Perder una imágen, sentir la orfandad de quien despierta como aquel intruso que es expulsado del cine por un acomodador salvaje e impaciente con los celulares, los conversadores y comensales de butaca, más violento que el imprevisto accidente del cambio de rollo o la desincronización de una pista de audio con respecto al correr de fantasmas, la expulsión del reino de la ensoñación se vive como la puesta en falla de la identidad, entre la vigilia y lo profundo el cuerpo y el nombre caen, solo podemos seguir la sinuosa estela de algo que se parece al amor.
El ruego, la plegaria, la invocación de la noche, tema poético inevitable de la voz desesperada que solo tiene, en la intemperie teológica de las apariencias, al cielo como instancia mediadora entre creer y reventar, entre la imagen y la carne.
"¡Ay! ¡Ay! ¡Triste despertar de los sueños! / Te llamo, oh noche, devuélveme tus engaños, / ¡regresa, regresa radiante, / regresa, oh noche misteriosa!"
III.
El yo del poema siente la llamada del amor como una ascensión, hay algo apocalíptico en esta coreografía, como nunca la voz del sujeto amado ocupa el lugar de la naturaleza, de Dios, del tiempo y el espacio, salvífica concepción del encuentro erotico que es interrumpido por la el intervalo de la vigilia. En algún sentido aquí el otro es una vía de escape y ascensión, la posibilidad de la redención tan anhelada, utopía con la que el sueño parece sujetar la debilidad de quien duerme. Pocas escenas más vulnerables, más íntimas, más bellas que aquellas que reúnen al sueño con el amor. Como nos enternece el descanso de quien amamos.
Quisiera pensar que la angustia del soñador de Fauré pierde más su propia identidad que un objeto/sujeto de amor. Tener un chisme, un secreto, un incidente, no sirve más que para poder contarlo, su valor y sentido residen en el intercambio mismo, no en los efectos que pueda desencadenar. En algún lugar escribió Pizarnik: "No tengo a quien contarle mis sueños. De esto se deduce: no tengo existencia propia". El dispositivo del sueño, por más propio e inalienable que parezca, no puede agotarse en uno mismo, hay una necesidad que ponerlo en sistema o en habla, en carne y enunciado, así pueda quizás articular alguna verdad, así su belleza se vuelve más notable, como guardar una nube en un frasco para después dejarla ir.
