los predicados se borran o se reemplazan por “nada” o por “todo”: no quiero nada, quiero todo, no quiero sino a Dios. Por el hecho de la desaparición de los predicados particulares, la proposición se inclina del lado de la relación entre el sujeto y el verbo, bajo la modalidad el querer,
que pone en tela de juicio la fuerza del compromiso del locutor con su enunciado
(De Certeau: La fábula mística)
Un mundo caprichosamente obsesionado con el supuesto clasicismo que no deja de hostigarnos dulcemente, obliga a ir (otra vez) al “grado cero”. Para llegar allí es imprescindible volver a Coltrane y su Amor Supremo, que es el de todos, además de una de las pocas salidas que nos queda en este mundo, que parece renegar más que nunca del amor por considerarlo debilidad imposible.
Entre el conocimiento, resolución y persuasión, los solos de batería y bajo de Elvin y Jimmy Garrison, y circunloquios de McCoy, vamos entendiendo que la era contemporánea se empecina en otra vuelta para arribar a un territorio feliz, aquel que nos remarca una cosa: sin amor es imposible resolver la vida, absurdo intentar seguir, y en su expresión suprema no deja de presentarse sino como la única salida y salvoconducto que precisamos.
En su salmo, ásperamente desintegrador de nociones que no hayan nacido de la conciencia más plena, una declaración de fe ciega en un humanismo que ya se hace obligatorio, acaso como expediente para abordar una existencia que arde entre los fuegos de la violencia y discriminación más absoluta; Apuesta que se había hecho prematura, a propósito de los incidentes que dieron forma a la performance televisiva de “Alabama”, que, entre todas, tuvo la virtud de adelantar el fenómeno inconmensurable de “Love Supreme”, vemos el despliegue de un artista que ya es capaz de derrumbar cualquier barrera interpuesta entre la voluntad de los seres humanos por integrarse: por ser, con otros. En esta línea, Coltrane retoma la música para probar la tesis de Buber de que “ser Yo y decir Yo son una sola y misma cosa” y lo hace recurriendo a una expresión pletórica de un virtuosismo poético que no deja casi lugar a dudas.
Esto es posible porque la forma de dirigir su banda y uso del instrumento desmantela una tras otra las posibilidades de recurrir a pedestres analíticas equilibradas en el imperativo de la revisión técnica, que, por su parte, ya habían quedado despejadas definitivamente con la publicación de “My Favorite Things”, años antes. El Amor Supremo, se constituye entonces en ejercicio de comunicación que trasciende el código establecido por el recorrido del jazz como género musical, para configurar, en cada uno de sus compases sincopados, otra variante del discurso místico que acompaña a occidente desde los inicios de su modernidad, tal vez necesario antecedente, probablemente futura caja de pandora y coetáneo de sus estados nacionales, o pulverización de su iglesia.
Así, el Amor Supremo aspira otra vez reconstituir una unidad perdida día a día desde allí, y lo hace desde su periferia, utilizando como vehículo algo así como el epítome del hombre que lucha por integrarse desde la adversidad más repugnante. Efectivamente, si Coltrane es tan querido por el establishment, seguramente será porque no reniega de tradiciones propias y ajenas en su propuesta artística. Sin embargo, en su porfía por “ingresar” hace temblar –o mejor dicho tensa con cada vibración de sus notas cristalinas- todos los valores que reafirma, en aras de extender las fronteras de sus posibilidades, recurriendo a un lenguaje que a partir de allí se generalizará a otros autores, transformándolo en maestro en el sentido más pleno de la palabra.
Éste, indica que la cultura, y específicamente la música nacida de la segunda mitad del siglo XX, pueden funcionar como punto de reunión universal, apelando a un mensaje que reconstituye el deseo por el otro, entendido como camino privilegiado para arribar al Uno, la fuente de todos los sentidos. Y es que el “Amor Supremo” no deja de ser aquel destinado evidentemente a Dios, pero los solos que introducen y devienen del desempeño de Coltrane, destacan que esta tarea se hace imposible sin pasar por instancias mediadoras, que necesariamente remiten al Otro en la riqueza de su variedad y brutalidad de su contraste.
Éste representa el camino, inicio de la resolución y motivo de persuasión sistemática, que se intuye fantásticamente en los coros sobrios que sus músicos profieren no bien su tarea entra en un impasse y mientras también su líder calla, destacando la superior existencia como determinación del amor, oficiando aquí como elemento articulador de la propia tarea llevada adelante, pero también la realidad social que describe su música.
Mientras el siglo XX avanza sobre sendas que lo llevan de una catástrofe a la otra, hasta transformarlo en la era más sangrienta -y prolífica- de la historia de la humanidad, el amor supremo de la performance suprema de Coltrane late en su interior, recordándonos que la infinitamente penosa lucha del hombre negro no acabará sino con la integración definitiva, pero también que el destino de todos es sumarnos a un tipo de proyecto común capaz de impulsarnos al futuro, inclusive sobre una pila de cadáveres, una plétora de injusticias, que lo encuadran de la misma manera que los solos acompañan la interpretación que resuelve su autor.
Si el Amor Supremo sigue siendo una obra clave, es porque reivindica todo lo que seguimos queriendo ser sin poder conseguirlo: un avance venturoso a tono con la época más amargamente violenta de la historia, el testimonio que todo lo bueno solo puede nacer del lugar más alejado de lo que consideramos valioso y que por ello lo hace inapreciablemente distinto, evocando todo lo que intentamos comprender todo el tiempo, sin poder conseguirlo nunca, pero no por ello dejando de intentarlo. La evidencia incontrastablemente conmovedora y preñada casi hasta estallar de potencialidades, del sonido de ese desbordamiento fecundo, que proviene del último lugar donde anidan todos los sentidos: la experiencia definitiva de la vida compartida con otro.
