Icono del sitio TribuTV

Sobre Maniobra de inclinación, novela de Ramiro Galarraga

La última novela editada por Borde Perdido Editora se llama Maniobra de inclinación, primer libro de Ramiro Galarraga (Córdoba, 1988). Consultado por la novela, Sebastián Maturano, su editor, comenta que “Maniobra de inclinación es una novela coral, que construye su historia desde diferentes perspectivas: las de sus personajes (Quique, María, Agustina) y la de un narrador omnisciente. Galarraga narra con paciencia y se toma su tiempo para ir sorprendiendo al lector con sus giros: giros de estilo, giros de la historia.”

Por su parte, el filósofo Emmanuel Biset escribió: “Maniobra de inclinación es una novela sobre la amistad. Sobre cómo nuestra vida se va diseñando con algunas personas con las que nos cruzamos. Desde el colegio a las vacaciones, desde amores a recitales, desde funerales a caminatas. Eso que somos, que no podemos dejar de ser, como composición frágil de encuentros que se sostienen en el tiempo. Maniobra de inclinación es una novela sobre el movimiento. Sobre cómo caemos y no volvemos a ser lo que somos. Sobre el vacío donde los cuerpos sueñan con aquello que pudieron ser. Maniobra de inclinación es una novela sobre la escritura. Sobre la lectura como inclinación sobre el texto, sobre palabras en reposo y movimiento.”

También el periodista y escritor Gustavo Pablos escribió sobre el libro: "Maniobra de inclinación es una muy buena novela sobre la amistad, la memoria y la solidaridad. Y sobre cómo las voces y los cuerpos se distribuyen aleatoriamente la tarea de decir o de callar, de mostrar o de ocultar."

Dos fragmentos Maniobra de inclinación (Borde Perdido, 2026), de Ramiro Galarraga

Detienen la mirada en el mar que se mueve despacio durante las horas finales de la tarde. La Piedra del Águila tiene veinte metros de altura y está rodeada de plantas que esconden la magnitud de su tamaño. Para llegar a la cima nadaron desde la costa y rodearon los corales hasta alcanzar las rocas ubicadas en la base del morro. Escalaron por un sendero angosto y repleto de pozos que esquivaron con la mayor precaución posible. El agua transparente comienza a opacarse, el sol reposa sobre la piedra y a lo lejos se alcanza a ver un círculo de personas que cantan ensimismadas alrededor de los tambores. Agustina, Quique y María no adivinan quién tendrá el coraje de lanzarse primero, durante las vacaciones observaron a otros arrojarse y desaparecer en el aire. Presenciaron las demoras y los gritos de emoción tan exagerados como inevitables. El oleaje es incesante. Tres pájaros sobrevuelan el paisaje atentos a lo que sucede debajo. Cada minuto aumenta el vértigo de manera contraproducente. Depositados en la boca del precipicio, el compromiso tácito obliga a no dar marcha atrás. Queda poco del verano, la intensidad y la calma que cada uno trazó hasta llegar hasta este día se perciben igual para todos. Los sonidos de la ciudad se transforman sin interrupción, las bocinas se vacían y emergen las sirenas, en la playa el murmullo de la gente muta hacia los planes de la noche próxima. Al final, Quique debe dar el primer salto para no continuar la demora. El viento aumenta la ansiedad y acurrucados entre sí los tres repasan nuevamente la distancia, advierten las rutas del agua y las gotas que se desprenden con el choque de las olas. Agustina cree ver noctilucas de colores que bordean la superficie de los corales, son puntos blancos y amarillos que proyectan líneas dispersas. No puede estar segura, quizás se trata de su imaginación que le devuelve otra realidad para compartimentar la naturaleza que los rodea. Impulsados hacia abajo podrían ser águilas suspendidas en la caída, capaces de detenerse en el aire y planear con la facilidad de las alas extendidas. Los pies de Quique se tensan sobre la piedra, los dedos se agarran a la superficie con esfuerzo, aprietan cada milímetro de roca que raspa la piel. Da unos pasos hacia atrás y sonríe. Cruje los huesos de las manos mientras se percata de que la malla con estampado floreado está mojada después de la última zambullida. Toma envión en un espacio reducido para evitar el desequilibrio de una carrera larga y clava el último paso al costado de sus amigas. Agustina acompaña el salto tocándole la espalda. Desciende por el aire en solo segundos, la columna erguida y los brazos alrededor del pecho. No se agita, no grita, no exagera. Desde arriba su cabeza se hace cada vez más pequeña hasta hundirse en el mar. El impacto es seco, apenas audible en la lejanía. Los segundos se condensan, las olas parecen más desafiantes. Quique no sale del mar y la espera se prolonga. Agustina y María no distinguen entre la exageración del peligro y la alarma temprana de la búsqueda. La luz no alcanza a alumbrar lo que debería. Gritan pero no hay respuesta. El entorno es una cápsula al vacío que engulle cualquier sonido. Gritan pero no hay respuesta. Los llamados se convierten en un ruego discontinuo y desesperado. Gritan pero no hay respuesta. El tiempo pasa más rápido que antes.

*

Desde hace tiempo no duermo bien. Me desvelo y en las horas muertas termino en el baño o en busca de un vaso de agua. Trato de correr más kilómetros para llegar cansada a la noche, pero no funciona. Afuera escucho grillos, el verano recién empieza. Aunque pasaron diez años, volver a Garaboa es como cargar un arma de doble filo, Quique y María aparecen por toda la casa, como si fueran el revés de las cosas que toco. Desde entonces no sé cómo unir los fragmentos y el tiempo en el que la suerte se echa a perder.

La casa vacía es una bestia feroz que puede ronronear. La madera de los muebles está desvencijada, la galería acumula polvo, quizás fue un error venir. El encierro se huele detrás de las persianas que ocultaron la luz de todos estos años. Prendo el ventilador de techo para remover el aire, despabilar la cabeza y ahuyentar los bichos. Me veo a mí misma como una criatura pequeña que no puede concebir la totalidad del entorno. La humedad del techo sigue, la calle de tierra también.

La ropa adentro de la valija está arrugada. María siempre fue más metódica que yo para organizar las cosas. Tiendo la cama, antes sacudo el polvillo que se esparce hasta el piso. Las patas rechinan levemente y el colchón se hunde en el medio. Una muestra más de que las cosas envejecen. En uno de los cajones encuentro una foto de mis abuelos en la que posan serios. Después agarro una tijera frente al espejo, me miro y recorto un mechón sin pensarlo, sin dudarlo, sin criterio.

Apago las luces y me acuesto. Siento frío y calor en la espalda, tiemblo un poco, me sacudo entre las sábanas. Doy vueltas de una punta a la otra de la cama, me quejo de la fiebre si es que tengo y de los alcances de la sugestión. En este estado no puedo distinguir si la temperatura sube o si afuera hay un incendio. La oscuridad es plena, no se filtran los faroles del patio ni la luz de la luna. Acomodo la almohada intentando encontrar una buena posición aunque ninguna da resultado.

Salir de la versión móvil