Córdoba

Guy Debord: hermosa vista la montaña

1.

Guy Debord escribió, hizo películas y participó de la vida social de su época desde el otro lado del mar, en la década del 60 y más adelante. En un mundo que, además, era otro mundo. ¿Cuál es el sentido de retomar a este pensador que nació en París en 1931 para interrogar la experiencia contemporánea y en estas latitudes?

Empiezo yo, María Eugenia Boito. Voy a narrar fragmentos de mi experiencia. Cómo me encontré con la obra de Debord y cómo aún sigue conformando mi punto de vista para pensar, sentir y actuar. Obviamente en otro tiempo y lugar: en el escenario urbano cordobés contemporáneo.

En el año 1995 estaba terminando la carrera de Licenciatura en Comunicación Social. Vivía con mi pareja de entonces y no teníamos medio peso. Escribía en una Olivetti portátil -que seguía siendo una novedad y una alegría para mi espalda su portabilidad, en comparación con su vieja y dura antecesora- el trabajo final de grado, bajo la supervisión del Profesor Héctor Schmucler, en la escuelita de Ciencias de la Información (ECI).

Llevaba para su supervisión mi trabajo final. Habrá sido en octubre del 95. El tema de mi trabajo se titulaba “La escisión razón sentir en el programa “Hora Clave” de Mariano Grondona”. En el programa había mesas de especialistas y mesas de testimonios que me llamaban la atención, ya que siempre estaban en bloques distintos, separados. Por un lado, el pensar y el saber que portaban quienes no estaban atravesados por variadas situaciones problemáticas, por el otro, el pathos que expresaban aquellos que las vivían en primera persona. Esa división, la recurrencia de esa separación, me interesaba (y lo hace hasta hoy).

La ECI era chiquita y yo llegaba en moto a la consulta con mis hojas mecanografiadas. O esperaba las correcciones y devoluciones del profesor de la entrega anterior. El profesor valoraba el avance en cada entrega pero siempre, siempre, siempre; me sugería otras lecturas. También acá puedo decir que se trataba de otro mundo. Las nuevas generaciones no saben que cada presentación implicaba volver a escribir todo de nuevo en la Olivetti portátil. Ahí apareció en la lista de libros a comprar y leer “La Sociedad del Espectáculo” de Debord. Una edición con prólogo de Christian Ferrer quien había trabajado con Schmucler en la creación de la cátedra “Informática y Sociedad” en Buenos Aires años atrás, tras la vuelta del exilio de Schmucler. El libro en la edición argentina recién salía y lo hacía un año después del suicidio de Debord.

Lo compré. No sé por qué elegí ese libro de la amplísima sugerencia que había recibido. No recuerdo. Quizás le dije a Schmucler que no tenía medio peso y que iba a comprar solo alguno, quizás fue él quien me sugirió esa única compra. Pero lo importante es que no pude parar de leer. Y releer. Salí a ver si había más libros de Debord en las bibliotecas de otras facultades para un préstamo interbibliotecario. Pero nada había en ese tiempo.

Terminé la tesina y me recibí el 26 de diciembre del 95. Pero desde ese espacio/tiempo hasta hoy no he dejado de volver una y otra vez a esas doscientas veintiún tesis aforísticas que me arrojan agua a la cara en cada lectura.

2.

Había leído a Debord para indagar un programa de televisión, pero estaba claro que la potencia interpretativa del pensador francés fue mostrar que la sociedad del espectáculo no remite a los viejos medios masivos /televisión, radio/ que él tenía ante sus ojos, sino que “espectáculo” fue el adjetivo que usó para caracterizar a esa fase de reconfiguración del capitalismo, que implica la creciente mercantilización de la vida y la mediatización sin pausa de la experiencia. O sea, el espectáculo no estaba en los medios; esto solo es una “abrumadora manifestación” de superficie. El espectáculo es una “ley social”, un “régimen de visibilidad y de ocultación” que opera en la vida social -sistematiza Ferrer en el prólogo y nos ayuda a vincular las tesis debordianas-. Aquí acaba mi experiencia biográfica y se inicia el proceso de compartir con otros (estudiantes, colegas) los ejercicios de lectura sobre la obra de este pensador.

Debord además hizo algo que se fue perdiendo. Interpela a pensar “la sociedad” como totalidad desde ese adjetivo /espectáculo/ que no solo es un rasgo sino la dinámica /espectacularización/ de la Comunicación/Cultura de su tiempo hasta hoy. Veinte años después continua con lo mismo, preguntándose por la persistencia e insistencia de un objeto de pensamiento/sentimiento/acción. En los 80, Debord publica “Comentarios sobre la sociedad del espectáculo” (1988) distinguiendo diversas formas de lo espectacular: difuso, concentrado e integrado. Es decir, hay una ley social que comparten las sociedades totalitarias y democráticas, desde la derecha hasta la izquierda. El espectáculo supone hablar de la Alemania de los años 40 de Hitler pero también de Stalin o de Francia en los 80 durante la presidencia de Mitterrand. Cinco son los rasgos de la sociedad del espectáculo.

“La sociedad modernizada hasta el estadio de lo espectacular integrado se caracteriza por el efecto combinado de cinco rasgos principales que son: la incesante renovación tecnológica, la fusión económico-estatal, el secreto generalizado, la falsedad sin réplica y un perpetuo presente”. (Debord, Comentarios a la sociedad del espectáculo, 1988, afor. V)

A fines de los 80 no había ni celulares ni redes. Tampoco había pantallas mediando cada “conexión”, pero el autor leía incisivamente las tendencias de cambio que habitaban su presente. Así, hoy entendemos que la “fusión económico-estatal” se puede reconocer en la imagen donde aparecen los dueños de las empresas tecnológicas con Trump en su asunción como presidente; la “renovación tecnológica”, en la carrera veloz y sin límite hacia la obsolescencia programada de todo y su inmediato reemplazo; la multiplicidad de plataformas y la imposibilidad de distinguir que es real o no; y el “perpetuo presente“ en tanto resultado de la circulación incesante del infoentretenimiento, que rota en el mismo lugar inmóvil.

3.

En los 90 ya había más libros de Debord, y un estudio valioso sobre su obra, de un jóven pensador llamado Anselm Jappe. En su libro, llamado “Guy Debord”, Jappe una y otra vez trae a nuestro tiempo las ideas de Debord y desarrolla las suyas. Junto a otros pensadores de lo que se denomina la teoría crítica del valor (Robert Kurtz y las revistas Krisis y Exit! configuran mojones necesarios para dar cuenta del colapso de la modernización de este a oeste) indica que es la obra de los situacionistas la que marca que lo propio de una sociedad capitalista es la subsunción de la vida a la lógica de la mercancía. Fue Debord quien señaló, en la tesis 152 de “La sociedad del espectáculo” que una sociedad de las mercancías no es sólo objetos, sino que la experiencia misma muta como “paquete de experiencia” mediatizada, mercantilizada. La vivencia turística de la propia vida, de la vida de los otros, de las especies, del planeta. La sociedad del espectáculo es la sociedad de la pasividad ante lo vital y del movimiento y la aceleración hacia la autodestrucción programada.

Jappe hizo un exquisito estudio sobre Debord, y en sus libros siempre remite a los situacionistas para indicar que fueron ellos quienes plantearon una crítica al hueso de la sociedad de su época. No se aferraron a ningún señuelo para evitar el horror de lo real del capitalismo. Para decirlo en términos de nuestro presente: ya sabían que no hay “capitalismo verde” ni gloriosos treinta años a los cuales regresar (del ‘45 al ‘75), por ejemplo.

Debord tiene un escrito que se llama “El planeta enfermo”. O sea, ya cuestionaba que se había instalado la discusión sobre la contaminación como una moda (es decir, como una expresión de un perpetuo presente que inmoviliza o nos instala en la creencia ideológica que se sostiene en que “hacemos algo”): “Una sociedad cada vez más enferma pero cada vez más poderosa ha recreado en todas partes el mundo concretamente como entorno y decorado de su enfermedad, como planeta enfermo” (cursivas del autor) (2006, p.79).

Al igual que Debord, también Jappe utiliza un adjetivo para describir los rasgos y la dinámica de la sociedad contemporánea, en este espacio/tiempo del capitalismo espectacular: la sociedad es autófaga. El capitalismo es desmesura y autodestrucción dice el subtítulo de esta obra; pulsión tanática que, retomando el mito de Erisictón quien no respetó árboles sagrados y encontró el castigo en la transformación en oro de todo aquello que tenía entre manos, termina comiéndose a sí mismo. Para Jappe, eso es lo que está atravesando nuestro tiempo: todo está marcado por la forma mercancía. Sujetos, especies, agua, tierra, aire. Y fue Debord quien mostró el camino sin salida y la catástrofe del despliegue del capitalismo espectacular integrado a escala planetaria.

“El planeta enfermo” cierra de la siguiente manera: “Revolución o muerte: esa consigna ya no es la expresión lírica de la consciencia rebelde sino la última palabra del pensamiento científico de nuestro siglo” (cursivas del autor) (2006, p.89).

Por ello su crítica al espectáculo es total. Debord se mató en Belle-vue la montagne. El lugar se llama “hermosa vista la montaña”. Para vivir/para morir, la vista de la montaña es una experiencia intraducible. Singularisima. Aurática. Por azar y/o necesidad, hasta el último gesto debordiano desdice la replicabilidad, la repetición, la equivalencia.

(No podemos obviar lo que Debord decía sobre el suicidio en el mismo libro: “El suicidio, que en esta sociedad progresa como es sabido, había descendido en Francia a casi nada durante el mes de mayo de 1968, según admitieron, con cierto pesar, los especialistas. Aquella primavera consiguió también un cielo limpio y hermoso, sin haberse lanzado precisamente a su asalto, porque se habían quemado algunos automóviles y a los otros les faltaba combustible para contaminar. Cuando llueva, cuando haya falsas nubes sobre Paris, no se olviden nunca que es culpa del gobierno. La producción industrial alienada trae la lluvia. La revolución trae el buen tiempo”,p.89)

4.

Por nuestra parte, desde este otro lado del mar y en otro tiempo, compartimos las lecturas y vamos de Jappe a Debord y de Debord a Jappe para interrogar los cambios en el escenario urbano cordobés, desde el año 2003. Las plazas y paseos renovados, “revolarizados”, se presentan como un oasis en la vida urbana. ¿Qué es este cielo limpio/espacio verde, tan innegablemente motivo de festejos? ¿Qué tiene que ver la construcción de barrios ciudad para los más pobres, la remodelación de las fachadas y espacios públicos durante los festejos por el Bicentenario, el crecimiento de la industria del turismo y la pulsión patrimonializadora de lo material y lo inmaterial en nuestro tiempo? ¿Cómo se entiende la inversión pública en la aceleración de la circulación, ya sea en las vías rápidas en la ciudad o vía fibra óptica en las redes? Un mandato de velocidad que aparece a contrapelo de experiencias enclasadas; en un espacio sociourbano que evidencia que se quiere sellar definitivamente la localización del par cuerpo-clase, haciendo imposible la vida con otros en la ciudad.

Y por esto ahora interrogamos las plazas públicas en Córdoba y en algunas ciudades del interior. Plazas remodeladas donde en la mayoría no hay agua en la fuente y de la que han desaparecido los bebederos. Plazas y paseos cercados, con horarios de ingreso y salida. Plazas que reeditan la fragmentación de la ciudad: zonas de juegos (iguales), zonas de paseo (iguales), de mascotas (iguales). El “Yo amo Cba” para sacarse la foto (como un turista) y seguir circulando. Plazas con bancos individuales, de hormigón o materiales reciclados (la esperanza de la basura reciclada que vuelve en obra y nos permite dejar de pensar en lo que algunos llaman “basuraleza” para mostrar lo que no vemos: el lado b de la mercantilización, el cementerio de los desechos).

Y lo que no puede faltar, que ya fue dicho por Juan Schiaretti en uno de los discursos de apertura de sesiones cuando era gobernador: las redes. La inclusión digital es la justicia social en el siglo XXI. Wi Fi gratis.

Pero además de los cambios materiales. ¿Qué hay de nuestra manera de estar en las plazas? Encuentros en pequeños grupos como mónadas, conectados a internet de forma permanente, en una reedición de la sociabilidad de pecera a cielo abierto.

Las plazas y paseos se presentan como las políticas públicas innegablemente bondadosas, igualitarias, inclusivas, democráticas en Córdoba hoy -también las autopistas, pero del “Hormigón. Arma de construcción masiva del capitalismo” (Jappe, 2023) podemos hablar otra vez-. Y, sin embargo, como un tubo de oxígeno muy caro y realmente feo que arrastramos, mantienen la vida urbana contemporánea en respiración artificial. Refuerzan segmentaciones de clase -baste comparar el Parque del Chateau, en zona norte, con cualquier otra plaza de la ciudad-, amplían la renta urbana de sus entornos -llamado para Erisictón-, regulan lo que podemos y no hacer en ellas, desalojan a la noche y sus desbordes de la vida posible, irradian una luz blanca y cámaras que “garantizan” la seguridad momentánea, jamás refieren a la ambiente como algo a ser atesorado, y modulan una forma de vida pública civil, distanciada, apolítica.

En la “fiesta” de las plazas sólo hay lugar para la pseudo-fiesta, construidas como entornos regulados donde “lo público” es una simplificación: lo público es estar fuera de la casa o el depto, pero sin lo diverso, lo político y lo conflictivo. El protagonista real es la re-valorización, “lo verde” y la estetización para ser mirada/fotografiada con la sensibilidad turística. Nuestro trasto oxigenado tiene un cartel secreto: “Pasen, sonrían y sean escenografía para la mercancía”.

5.

La posibilidad de respirar, de vivir, requiere de disponernos desde dentro pero en contra: desde dentro pero en contra de la sociedad espectacular debordiana, desde dentro y en contra de la sociedad autófaga definida por Jappe.

Una canción de guerra contemporánea para recuperar nuestro presente fue enunciada, sin ambigüedades, por Debord en la cita que abre su libro “Comentarios…”:

"Por críticas que puedan ser la situación y las circunstancias en que os encontréis, no debéis desesperar; en las ocasiones en que todo es temible es cuando nada hay que temer; cuando se está rodeado de todos los peligros es cuando no hay que tener miedo de ninguno; cuando se está sin ningún recurso es cuando hay que contar con todos; cuando se es sorprendido es cuando hay que sorprender al enemigo"

Sun-Tsu, El arte de la guerra.

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