Nuestra Tierra: Lucrecia Martel desanda la negación a los pueblos originarios en Argentina
El 12 de octubre del 2009, el líder indígena de la comunidad Los Chuschagasta en Tucumán, Javier Chocobar, recibió un disparo en la pierna derecha mientras resistía un desalojo. La hemorragia produjo un deceso casi instantáneo. Quien gatilló fue Darío Amín, un empresario que reclamaba la posesión de las tierras habitadas por los comuneros. Esa tarde, lo acompañaban dos policías retirados, Luis Humberto Gómez y José Valdivieso, quienes capturaron el homicidio en un video actualmente publicado en YouTube. Lucrecia Martel admitió la impresión de injusticia que le causaron esas imágenes y, durante casi 15 años, se dedicó a recolectar las fotografías, documentos y entrevistas que hoy componen Nuestra Tierra, su primer largometraje documental.
Durante su presentación en Córdoba, la directora salteña confesó que la idea no siempre estuvo clara. Al principio, concibió el proyecto como una película esencialmente de archivos. Las imágenes se grababan sin pensar que luego serían incluidas en un producto final aclamado en festivales locales e internacionales. La dificultad radicaba en cómo abordar un tema en el que, históricamente, pocos están dispuestos a escuchar y entender; un tema que incomoda al Gobierno y a la sociedad en general, incluida la propia Martel. El resultado de tantos años de trabajo es sorprendente: un documental que parte del asesinato de Javier Chocobar para desandar el borramiento de los pueblos originarios y la construcción de la idea de nación.
El nombre de la película se justifica desde los primeros segundos, con una sucesión de imágenes satelitales de la NASA acompañadas de un pasaje de la “Misa Criolla”. Nuestro planeta tierra visto desde el espacio, sin divisiones territoriales claras, nos anticipa que lo que veremos a continuación no puede circunscribirse a una única causa o región. El filme inicia con todo su foco en el caso Chocobar, la cobertura del juicio contra los tres implicados y una recreación del crimen. Sin embargo, pronto la mirada se desvía de lo estrictamente policial y privilegia, de forma magistral, el costado más humano de la situación. Prevalecen los testimonios de Los Chuschagasta y las historias familiares, en un proceso que articula pasado, presente y la idea sobre el futuro. Los registros documentales adquieren protagonismo en un doble sentido: por un lado, son el soporte de las anécdotas ancestrales y generan una conexión emocional con el espectador; pero, a la vez, son la prueba fehaciente de la existencia de un pueblo presuntamente desaparecido, cuya relación con la tierra no puede reducirse a un papel. Nuestra Tierra pone en suspenso la naturaleza casi incuestionable de los documentos.
La fotografía es el medio a través del cual se accede a la memoria colectiva de Los Chuschagasta; no obstante, en la administración burocrática parecen tener más validez las firmas, los sellos y los tecnicismos, marcando una desigualdad palpable en el proceso judicial.
En el documental de Martel, la tierra es un personaje más. Los drones capturan la belleza e inmensidad del territorio, testigo silencioso de todas las generaciones que lo habitaron. Es el hilo conductor y el punto de partida de una historia de negación. El crimen de Javier Chocobar en 2009 se originó por un conflicto territorial, pero no se trató de un hecho aislado. Fue solo uno de los engranajes que, desde hace siglos y hasta la actualidad, ponen en funcionamiento un mecanismo de borramiento. Los historiadores, la Iglesia católica y los programas de educación oficial se empeñaron en instalar la idea de una Argentina blanca y europea orientada al futuro, mientras que la visión de los pueblos originarios como remanentes de un pasado obsoleto justificó expulsiones y desalojos. Al fin y al cabo, lo que entra en disputa no es solo una porción de tierra, sino de espacio. Físico, pero también simbólico: un lugar en la narrativa del país.
Nuestra Tierra está disponible en cines.